Carme Riera

14/05/2012 | Neo-Crítica

Naturaleza casi muerta

Carme Riera

Natura quasi morta

Barcelona, Edicions 62, 2011.
ISBN 978-84-297-675-0-6

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Emilio Ramón García
Universidad Católica de Valencia

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El universo de la novela negra barcelonesa, tan admirablemente transitado por escritores de la talla de Manuel Vázquez Montalbán, renovador del género en España a finales de los años setenta, o de Eduardo Mendoza, se ve ahora más poblado gracias a la primera novela negra de Carme Riera, quien se inicia en el mismo usando el catalán como medio de expresión y en el escenario del campus dela Universitat Autònomade Barcelona (UAB) en plena huelga anti-Bolonia, un lugar poco frecuente en la ficción narrativa.

Carme Riera, que comenta haber apostado por el género porque le motiva probarse a sí misma, añade que no repetirá tras esta experiencia pese a venir apadrinada por el experimentado Andreu Martín, quien ha alabado el texto de la mallorquina por considerar que demuestra un “hondo conocimiento de la ortodoxia del género” y un gran control de las normas que se tienen que seguir para hacer una buena novela policíaca. Riera, que se ha inspirado en diversos modelos literarios, como la norteamericana Donna Leon, la sueca Nansa Laarson, la islandesa Mari Jungstedt o los españoles Andreu Martín, Alicia Giménez Bartlett y Francisco González Ledesma, reconoce que este tipo de novela ha sido para ella un gran reto, puesto que “es un género muy difícil en que no se pueden permitir licencias porque todo tiene que estar muy calculado”.

La idea de escribir una novela con un asesino en serie enla Autònomase le ocurrió a la escritora cuando el 13 de noviembre del 2007 se difundió en el campus la desaparición de un estudiante francés, Romain Lannuzel, que vivía en Barcelona y se estaba mudando a un piso de Sabadell para estar más cerca de Bellaterra. Se trataba de un chico atractivo, simpático, que se relacionaba bien con sus compañeros y su familia y sin ningún problema aparente; buenos ingredientes para una novela detectivesca. Se descartó el suicidio o la fuga. Se pusieron carteles, vino su familia, pero tras cuatro años sigue sin saberse nada de él. Ahí termina la realidad y comienza la ficción, pues su novela no tiene nada que ver con este caso real, salvo por el elemento inspirador. Todo es pura ficción. Un portavoz de los Mossos confirma aLa Vanguardiaque el caso sigue abierto. “Lo reabrimos cada año, pero nuestras pesquisas han sido inútiles”. Según los Mossos, Lannuzel nació en Brest en 1987 y desapareció a las 19 horas del 13 de noviembre del 2007. El joven había quedado con dos amigas con las que compartía un piso en Sants. Se mudaba a Sabadell y había cogido el tren para recoger unos objetos. Nunca llegó a Sants. En YouTube cuelgan muchos vídeos recordando su desaparición. En la narración, los medios de comunicación jugarán igualmente un papel importante. Esta desaparición real, sumada al hecho de que una joven rumana que ayudaba a la autora en las tareas domésticas, muy lista y a la que quería hacer estudiar una carrera, también desapareciera un día, “cuando unos familiares se la llevaron a su país tirándole de los pelos, así, literalmente”, impulsó a Riera a sentarse delante del ordenador.

Para documentarse en el ámbito policial contó con la ayuda del propio Andreu Martín, quien la llevó a conocer diferentes instalaciones y mandos de los Mossos d’Esquadra para poder ofrecer una mayor verosimilitud en las escenas relacionadas con autopsias o seguimientos policiales. Además, estas visitas le sirvieron para cambiar la visión que tenía de la policía de cuando fue detenida durante el franquismo en unas dependencias dela Via Laietana, que hoy califica de cutres, mientras que en los despachos de los Mossos todo es moderno y nuevo. A mitad de camino entre un informe policial y un folleto explicativo, la novela comienza con un mapa del campus dela Universitat Autònomade Barcelona seguido de una explicación de cómo es el campus, si bien ve adornada con algunos detalles personales poco comunes en una presentación formal. Ya en la primera página aparece la noticia de la desaparición de Constantinu Iliescu, de manera que con un estilo rápido involucra al lector en la tensión latente. Junto a la desesperación de quienes le buscan, el lector se topa con uno de los detalles de la sociedad contemporánea: el valor del dinero y la búsqueda de compensación económica por encima de todo. El lector se va así adentrando en un relato ameno y de fácil lectura que, como mandan los cánones del género negro, presenta los detalles más oscuros de la sociedad.

Según Pilar Beltran, editora del volumen, las escenas se desarrollan en un duro paisaje urbano donde la naturaleza ha sido sometida a la tiranía humana: el barrio de Gràcia, Vilanova, Bellaterra yLa Selva, donde tiene lugar una escena de persecución “propia del mejor James Bond”; un mundo a caballo entre los idealismos de tinte liberal de unos y los comentarios de tinte xenófobo de unos pocos que se alegran de que haya un inmigrante menos. Nos encontramos con una narración que, fiel a su género, presenta un contrapunto con cierta realidad: la emigración, las protestas por el plan Bolonia, los valores de la gente joven o la falta de entendimiento entre generaciones. Desde el principio, el lector se va formando un retrato mental de los estudiantes universitarios, especialmente de los que están de okupas anti Bolonia, quienes, para empezar, no sienten ningún empalago en comparar al equipo rectoral y decanal con Hitler y con Franco. En un alarde del apabullante desconocimiento de la Historia, tan común hoy en día, dichos jóvenes no se paran a pensar en que alguna de las personas a las que tachan de fascistas quizás han luchado y/o sufrido el franquismo o, por el contrario, se merecen realmente dicha adjetivación. La facilidad para la descalificación y el etiquetado simplificador encajan con la gran aceptación de la incultura y el acomodo con lo chabacano y lo morboso que se respira en parte de la sociedad y en los medios de comunicación actuales. Los estudiantes, poco dados a reconocer autoridad de ningún tipo, no quieren colaborar con la policía pese a tratarse de un compañero desparecido. Su actitud chulesca contrasta con las múltiples referencias a los métodos democráticos de la policía moderna. Carme Riera no ha escatimado ironías para hilar esta historia que esconde también una dura crítica a la sociedad que nos rodea, incluido el sistema educativo actual. Como ella misma comentó en una entrevista, “La situación es dramática, Bolonia es un desastre. Lo que contaba en el 76 en el instituto ahora no lo puedo contar en segundo de universidad”, y añade “Los nuevos grados no servirán de nada, sólo para ir a vender ropa al Zara”. Refleja, por tanto, una clara ruptura generacional entre profesores y alumnos, que tienen muy difícil sintonizar, especialmente por la falta de una cultura del esfuerzo, ya que a las nuevas generaciones ni enla ESOni en el bachillerato les han inculcado el valor del esfuerzo, quieren que todo les venga dado y es muy difícil hacerles ver que si no estudian, no saben. De ahí a que muestren en seguida un claro rechazo ante cualquier tipo de norma o de figura de autoridad no hay más que un paso.

La minuciosa descripción del mundillo universitario no sólo resulta novedosa por lo poco común del escenario en el género negro, sino por la detallada presentación del engranaje que mueve el mundo académico. Al igual que hiciera en novelas anteriores como Dins el darrer blau (En el último azul) y Cap al cel obert (Por el cielo y más allá), la escritora mallorquina desmenuza los mecanismos que mueven a la sociedad y a sus instituciones para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones. Todo presentado gracias a un narrador omnisciente que, intercalado por numerosos diálogos breves, agiliza la narración de esta novela coral. En un ambiente de creciente agitación por parte de los anti Bolonia, la narración va ganando rapidez para meter al lector en la piel de los distintos personajes, desde la profesora Rosa Casasaies y la decana Dolors Adrover, a la subinspectora Manuela Vázquez, claro guiño al creador de Pepe Carvalho, pasando por una serie de personajes menores.

Respecto a la deuda con Manuel Vázquez Montalbán, se nota, no obstante, que si bien hay un gesto de gratitud hacia el amigo fallecido, la autora se distancia en varios aspectos de la narración carvalhiana; empezando por el punto de vista de una voz narradora femenina, quien se queja de que, pese a ser minoría, los hombres siempre se empeñan en llevar la voz cantante (página 24). Pequeña, simpática, sin pelos en la lengua y movida por intuiciones no siempre acertadas, la subinspectora especializada en violencia de género es consciente de la similitud de su nombre con el del fallecido escritor catalán, incluso tiene en casa novelas de la serie Carvalho, si bien, puntualiza, éstas eran de su marido. Como su homónimo masculino, Manuela también juega al límite de la legalidad con tal de descubrir el misterio, aunque ella sí que pertenece al cuerpo de policía. Intuitiva y rápida de reflejos mentales, como el personaje de Vázquez Montalbán, se distancia de éste no sólo por su falta de interés por a la cuestión culinaria, tan del agrado masculino, sino especialmente por el lado maternal que muestra en repetidas ocasiones frente al desapego escéptico del que hacía gala Carvalho.

Ambos personajes comparten el estilo de investigación policial siguiendo los pasos de la víctima, en este caso un estudiante rumano, a quien vamos conociendo gracias a lo que otras voces dicen de éste, montando poco a poco el puzzle de su personalidad. Un puzzle que, como no podía ser de otra manera, lleva a la subinspectora a iniciar sus pesquisas por uno de los más duros paisajes urbanos de la ciudad, el Raval, sin duda una de las zonas más históricas y llenas de personalidad de la ciudad, con pequeños negocios, museos, galerías de arte, el MACBA y una gran diversidad multicultural que, pese a los esfuerzos de las autoridades, aún no resulta del todo segura en determinados momentos del día. Las investigaciones pronto conducen hacia una conferencia sobre arte de título homónimo, “Natura quasi morta”, que el profesor Bellpuig, uno de los protagonistas, había hecho para un ciclo del CaixaForum, mostrando así el metatexto de la narración. En clara alegoría de la vida en esos lugares conflictivos, los bodegones de Zurbarán y de Georg Flegel, un artista poco conocido del siglo XVII, sirven de pista para recomponer los pasos del desaparecido y de los sucesivos cadáveres que pueblan la narración, al tiempo que, entre la voz omnisciente y los diálogos, creamos unos cuadros de la sociedad contemporánea en la que la política, los favoritismos, la técnica de echar balones fuera y la falta de valores pesan como una losa sobre los ideales genuinos de querer mejorar las cosas de una profesora que, lógicamente, enseña una lengua muerta, como muchos de los valores tradicionales hoy.

Frente a la pérdida de valores tradicionales, nos encontramos con la omnipresencia de los medios de comunicación, especialmente la televisión e internet. Gracias a la primera podemos disfrutar de múltiples referencias a películas y series norteamericanas, así como a las noticias y a los lastimosos “reality shows”. La segunda, punto de referencia para los más jóvenes, nos muestra el mundo de los blogs donde, cuales colonos puritanos de Salem, los blogeros están más que dispuestos a mandar a más de uno a la hoguera. Cuanto más se enreda la trama y más denso se vuelve el ambiente, Riera nos proporciona, como hace en muchas de sus obras, una ruptura del ritmo casi cómica con la situación del labrador a mitad de la narración, provocando un alivio de la tensión narrativa para hacer más amena la lectura. Se trata, entre otras cosas, de mostrarnos que no solo la realidad no es del todo ni blanca ni negra, sino que tampoco lo son los personajes, prefiriendo la variedad de matices, como es el caso de Rosa Casasaies, a caballo entre los prejuicios sociales y la imagen liberal que de ella misma quería proyectar. La propia Riera escribía en la nota final de Cap al cel obert que acoger la diversidad es un don, y quizás el mejor ejemplo sea el personaje de Rosario Hurtado. Esta navarro catalana, hija de guardia civil y con una hermana que murió en el atentado de ETA contra el cuartel de Vic, es Mossa d’Esquadra y subcampeona de tiro olímpico que disfruta del flamenco y que, pese a todo, siempre siente que ha de dar el doble por ser mujer.

Carme Riera opina que los escritores se pasan la vida escribiendo el mismo libro con las mismas obsesiones, y Natura quasi morta no es menos. La incomunicación humana y los juegos con la mentira son algunos de los temas recurrentes de Riera, aunque lo que la estimula es marcarse nuevos retos técnicos. Al igual que en sus otras novelas, también en ésta los diferentes raseros con que se miden a hombres y mujeres en la sociedad actual siguen siendo piedra de toque. Rasgos como la dificultad de la comunicación, tan frecuente en Dins el darrer blau, los pasteles como motivo social, la disyuntiva tradicional de categorizar a la mujer como madre o puta, el papel del azar o las ansias de alcanzar la posteridad que poblaban Cap al cel obert, los volvemos a encontrar. Los guiños a Vázquez Montalbán, que no son pocos, van más allá de la simple imitación. Son, en realidad, una muestra de afecto debida a la amistad entre ambos autores. Riera es capaz de crear su estilo personal al tiempo que reconoce las numerosas aportaciones al género del gran escritor catalán. El hecho de que, además, refleje el mundo académico dela Autònoma de Barcelona, con las diferencias entre profesores, las luchas de poder interclaustrales, los abusos, los cargos políticos, la realidad de los becarios… y en catalán, hacen de esta novela una lectura, a mi juicio, muy recomendable. Si finalmente resulta cierto que no va a volver a escribir novela negra, pues prefiere volver a su estilo barroco y dejar de lado la escritura rápida y directa dirigida a la eficacia de la intriga, creo que merece la pena adentrarse en este mundo de la mano de la escritora mallorquina, aunque sea tan solo por una única vez. Según Riera, en su próxima obra volverá a su registro de siempre, al que usa en sus novelas mallorquinas, con el Deià de Robert Graves y la colonia extranjera que llegó allí atraída por su figura como escenario.

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