Corín Tellado

05/11/2012 | Antología editorial

Corín Tellado

Fragmento seleccionado del libro

 

Alicia G. ANDREU
La construcción editorial de Corín Tellado
2010, 162 pp. / 32,00 €
ISBN 978-84-96915-83-1

 

3. Epílogo: entrevista a Corín Tellado por Alicia  G. Andreu.

     Gijón, mayo de 2006

 

Alicia G. Andreu: A mí lo que me gustaría preguntarle es lo que significa para Ud. escribir para personas de diferentes generaciones y de diferentes culturas: españolas, latinoamericanas, etc. ¡Es muy amplio su público! ¿Qué significado tuvo esto para usted?

Corín Tellado: Dirá “tiene” porque yo sigo escribiendo. Yo sigo escribiendo para Vanidades.

Las novelas que escribo para Vanidades son inéditas, no están publicadas en ninguna parte. Las hago con mi nuera en el despacho de mi hijo. Yo los martes hago una novela para Vanidades entre la mañana y la tarde. Y, si Ud. me pregunta como lo acaba de hacer, lo que significó la escritura y significa para mí, es mi vida. Totalmente es mi vida.

Usted sabe que estoy sometida a diálisis, desde hace 14 años, va para 15. Es un sufrimiento absoluto, total, por la limitación que tiene. A mí me gustaba salir los fines de semana. Coger el avión o el tren. Marcharme. Siempre tuve una vida muy independiente. Hice lo que quise. Pero ahora no puedo escapar de la máquina. No puedo. Pero escribir, el día que escribo para mí es el día feliz de la semana. Para mí escribir es tan importante que no podría expresarle lo mucho que significa. Aunque estuviera toda la tarde hablando con usted, no podría explicarle lo que para mí significa el libro, el libro en sí mismo y yo haciendo la historia, una historia que puede ser de amor, dicen romántica, bueno, unas veces es romántica, otras veces no lo es. Son historias. Le puede ocurrir a una madre. Mire. La que voy a hacer la semana que viene se llama “La Valentía de Patti”—es una cosa muy moderna. De una mujer viuda que se le murió el marido, que no lo olvida. Que tiene dos hijos, que es médico, que no sabe qué hacer porque, usted sabe, la vida humana de hoy, la precipitación, todo la vuelve un poco loca. Y se encuentra con que no tiene servicio y un día pues una agencia le manda un hombre como empleado de hogar ¿Por qué un hombre no puede ser empleado de hogar? Siempre es la mujer. Pues, eso. Y ahí está la historia. Como comprenderá, eso no es tampoco ni amor, siquiera.

AA: ¿Y de dónde le provienen esas ideas? ¿De lo que lee? ¿De la TV?

CT: Ayer yo lo pasé todo el día en la cama, porque la diálisis me tumba, me puede. Estuve en la cama y estuve pensando eso que Ud. me pregunta: ¿por qué yo tengo esa facilidad para hurgar en el prójimo [...] hacer una historia de un ser humano que aparentemente no me dice nada, pero psicológicamente me lo está diciendo. Pues es eso. Y no lo sé. Yo sé que la historia me viene, yo tengo los cuadernos llenos de historias. Hago las anotaciones y luego voy escribiendo según aquéllas. Durante la semana hay días que pienso en la historia. Y cómo la voy a hacer. Pero bueno. Yo hurdo la historia porque me gusta muchísimo. Cuando lleva 60 años la experiencia camina sola.

AA: ¿Me podría hablar sobre su relación con Vanidades? ¿Ud. tiene un contrato con Vanidades para escribir una novela inédita cada dos semanas, no? ¿Y, es un contrato permanente, o sea que mientras Ud. escriba, ellos la van a publicar?

CT: Sí, seguramente que ya no tienen ni el contracto. Porque yo empecé a escribir cuando estaba en Cuba Guillermo Cabrera Infante; era el corrector de estilo. Me llamó para dar unas conferencias en Madrid y en El Escorial. El me llamó y me decía que le había gustado escribir precisamente por mis novelas. Entonces aquello era de Saralegui. Luego pasó para Capriles. Luego pasó para Armando Dearmas A lo mejor a esos personajes los     conoce Ud. Y ahora de Armando Dearmas pasó para Televisa Internacional.

Entonces hace 55 años a mí me piratearon. Y yo lo supe por una amiga. Y se lo dije a mi editor. Mi editor fue a Cuba. Habló con los Saralegui y los Saralegui le dijeron que sí, que sí, con contrato. Y ahí empezó Corín Tellado a escribir. Entonces Saralegui a mí me llamó un día después de eso y me dijo: “Mire usted, señora, de 16.000 ejemplares que vendía, con su novela pasé a 68.000”. Y no debieron de bajar mucho nunca porque yo sigo aquí y además, hace un mes, la editorial, con la editora que yo me trato muchísimo es con Maricarmen y luego la directora, que cambió ahora, es Jacqueline Blanco, y hace un mes que me demostraron que me querían y que estaban a gusto conmigo y que la novela funcionaba. Yo mientras viva escribiré para Vanidades mientras Vanidades quiera.

AA: Ahora aquí en España Ud. no escribe nada.

CT: No. Artículos si me lo piden, doy opiniones.

AA: La ven en la TV también.

CT: Poco, porque yo camino muy mal, tengo un ojo solo, aunque vea usted dos, yo solamente veo por uno. Yo no oigo muy bien. Este oído no funciona. Me dijo el doctor y también su esposa que también es médico, me hace las diálisis muchas veces, me dijo: “Se va a habituar usted, dado su carácter se va a habituar a la diálisis, pero el desgaste no lo va a poder evitar”. Camino mal, no oigo, no veo.

AA. Pero se le ve muy bien.

CT: Sentada y en la cama sí, se me ve muy bien, pero como dicen, estoy jodida.

AA. Entonces, ¿por qué no escribe para España?

CT. Pues porque ya no. No, no, no.

AA: Ud. escribió hasta los setenta para Bruguera?

CT: Mire. Yo escribí 40 años para Bruguera y la pena es que no viva Bruguera. Sí, murió. Todos ellos. Los importantes murieron. Murió Juan, que era el sobrino y muy joven. Murió Pantaleón. Murieron las mujeres. La última vez que hablé con ellas estaban solas, cuidadas por personas ajenas. Un desastre fue aquello. Yo no sé por qué pasó. Porque fue mal aconsejada. Bruguera fue un amigo mío. Porque eso que cuentan que yo tuve problemas, eso es mentira. Si no fuera por Bruguera dónde iba a llegar yo. Yo llegué porque Bruguera me ayudó. Tonterías. Además los abogados se enredaron entre ellos.

AA: Pero Ud. era una mujer muy fuerte. A pesar de que Bruguera la ayudó, usted salió adelante porque era fuerte.

CT: Sí, de carácter. También soy muy tierna, eh. Soy mucho cuento. Soy una persona humilde, soy sencilla. La gente me quiere…, porque soy la misma de antes…, la misma de siempre.

AA: Y aquí, en revistas españolas, tampoco le interesa seguir publicando sus novelas.

CT: No. Yo no le hago eso a Vanidades. Quisimos meter a Vanidades en España, pero no pudimos. No sé por qué razón. Porque es una revista preciosa. Yo creo que si ahora lo intentaran…, pero, a mí no me interesa tampoco. Yo tengo cantidades astronómicas del mundo entero menos de España. Usted no sabe que cuando viene Julio Iglesias a España todo son pegas. España es envidiosa, y lo siento mucho porque soy española. El deporte nacional español es la envidia.

AA: De eso se ha escrito, que la envidia es un defecto español.

CT: Sí. A mí, con no recordarse de mí. En cambio Asturias me pone por las nubes. Mi pueblo me dio. Soy hija predilecta de aquí. Tengo la Manzana de Oro: la llevo aquí. Del Centro Asturiano. Ahí tengo la medalla de Oro del Trabajo. Aquéllos todos son premios, reconocimientos. Yo no me quejo, no me quejo para nada. Aparte de que mi carácter es un poco independiente. A mí los premios no me interesan mucho. Yo publico en España, pero publico reimpresiones. Si hace cincuenta o sesenta años que las escribí, lógicamente nadie las conoce ya.

AA. Ud. tendrá cierta amargura, ciertos sentimientos de amargura con los españoles.

CT: Sí. Claro, y muero con esa pesadilla, moriré con esa pesadilla.

El porqué. Pero, como veo a otros. Porque, mire usted. La semana pasada estuvo aquí, el día que hice los 80 años, un periodista. Y, hablamos. Yo siempre me hago muy amiga de ellos. Porque soy coloquial. Porque soy cercana, por lo que sea. Ellos también lo son. Se portan bien. Hay alguno que me hizo la puñeta pura. Son canallas que vienen y te hacen una entrevista, y luego cambian los términos. Bueno, en fin, pero eso ya lo sabemos. Yo le dije, mira, chaval, vamos a hablar de una cosa. El periodismo es bueno pero cuando os da, os apetece levantar a uno, por muy inútil que sea., os encaramáis a las nubes. Pero si os da la gana de bajar a otro, que vale un montón, pues lo hacéis, y se quedó enterrado ahí y eso es ingratitud, eso es mala leche, es, qué se yo, es… Que no tenía que ser así. La gente tiene que ser, y cuando trabaja y cuando lucha y cuando gana la batalla, dejarle que la gane. No la tiréis al suelo. Yo soy positiva. ¿Usted sabe lo que pienso? Tengo una familia estupenda. Tengo una nuera que la quiero mucho. Tengo un yerno que es una maravilla. Y tengo seis nietos. Tres de mi hijo y tres de mi hija. Así es que más da lo de después, si vamos a ir todos al mismo sitio. Y qué más va. Venimos por el mismo sitio y nos vamos por el mismo sitio. Y aquí se queda todo.

AA: Pero usted hizo mucho por la literatura española con su obra.

CT: Pero mire usted. Eso lo dice usted. Pero ellos no lo dicen. Lo dice usted y otros muchos que me quieren. Pero usted no me conoce de nada. Y me lo dice usted. Pues eso a mí eso me complace que me lo diga usted. Como decía Cabrera Infante, la raíz de Corín hay que estudiarla. No dice cualquier cosa en sus libros. Pero claro. Y lo dice también Mario Vargas Llosa.

AA: Sí, eso mismo se lo iba a decir. Yo soy del Perú. Mario Vargas Llosa que es nuestro escritor más importante le tiene a Ud. muchísimo afecto y dice que usted es sólida, que es una base sólida de España, y por eso a mí me da mucha pena que no haya ese reconocimiento en su país.

CT: Pues, hala. Escriba usted eso y dígalo. Porque vamos, y mándeselos por las narices a los españoles. ¿Ud. cree que es razonable que le den a Corín Tellado la medalla del Trabajo, la medalla de Oro del Trabajo, que venga un ministro a ponérsela, y que ninguna revista se acuerde, ni la tele ni nada. Si la ponen a uno de por ahí [en otro país] sale en todas partes. ¿Eso qué quiere decir?

AA: ¿La envidia?

CT: El silencio. El silencio que es muy, muy, muy molesto. El silencio es muy molesto.

AA: ¿Usted nunca se ha quejado?

CT: Huy. Soy divorciada, yo. Mía y personal; más me da. Son muy pequeños. Los envidiosos son muy pequeños y no llegan a ninguna parte. Hay a lo mejor un tipo que se gasta 3.000 pesetas o 30.000 en inventarse un libro y por el hecho de que tiene el libro en el escaparate está como loco. Y mire, ésos son los que más palo dan a los que valen. Y se lo digo para que sepa cómo pienso.

AA: Y dígame, ahora con la mujer escritora española. ¿Cree Ud. que la mujer española escritora reconoce más su obra?

CT: No creo que haya diferencias entre los hombres y las mujeres en la escritura. Mire usted. En El Semanal que viene con 22 periódicos, que es donde voy a salir yo, el domingo a lo mejor. Yo escribí un año allí, pero yo no me metía mucho en política. Y machacaba mucho mi partido, a mi partido lo machacaba. Creyeron siempre que pertenecía a otro y no. Yo milito en un partido, pero sin hacer nada. Simplemente por simpatías y porque además considero que es verdadero. El que dice la verdad en España. Pero yo todo lo que hacía mal se lo pasaba el domingo por las narices. No me lo consintieron.

Quiero decirle esto: hay una chica peruana, o venezolana, que se llama Carmen Posadas, que estuvo casada, ya separada o viuda, con el presidente del Banco de España. Escribe cada quince días. Yo nunca dejo de leerla. Y es una mujer. Y es una mujer que se explica divinamente. También dijeron de ella verdaderas barbaridades. Pero como era la mujer del presidente del Banco de España y porque valía y porque no sé qué, ganó el premio Planeta. Entonces ya se encaramó. Ya no pudieron tumbarla. Pero no, no. Hay chicas, mujeres, que escriben muy bien en España. Está Rosa Emilia Castín, está Carmen Rigalt, está Carmen Posadas y hay muchas más. Es que yo no recuerdo. Hay tantas.

AA: Pero ellas no le ofrecen a Ud. un reconocimiento.

CT: Verá. Es que son amigas mías. Al menos dos de ellas pero, no, no. Y si a ellas por encaramarme a mí, las tiran a ellas; pues tienen miedo.

AA: En una entrevista que le hicieron a usted dijo que el estilo suyo en su escritura, en su novela, tuvo mucho que ver la censura. Porque la censura le tachaba a Ud. muchas cosas. Entonces, para que no la tacharan, Ud. Tenía que escribir con cierta sutileza.

CT: Ahora le explico yo. Mire. Durante doce años y pese a Franco y a todo lo que ello envolvía, a mí ni mú ni má. En doce años. No se enteraron los grandotes de que yo estaba manipulando entre las mujeres, de que yo estaba diciéndoles, “No, os están engañando. No es así. Es de esta otra manera. La libertad. Nacemos de otra manera, la libertad y hemos de morir con libertad. Y somos libres por razones naturales.”

Pues cuando a los 12 años alguien se chivó y dijo, “hay una autora por ahí que está diciendo lo que no debe, que nosotros no queremos que lo diga.” Entonces empezaron a censurarme. He derramado lágrimas por pocas cosas, que no soy llorona, pero por la censura sí las derramé. Pero aprendí. Porque verá. Yo soy una persona tenaz y lo que se llama un poco terca. Siempre escribí yo. Pero desde esos doce años yo le dije a una amiga mía, ¿me ayudas? Porque yo voy a corregir la novela y te la paso. Y tú, la vuelves a escribir. Tal como yo te la corrija. Porque ellos tienen la costumbre de… Tachaban con rayas rojas entonces yo aquello lo decía, pero sutilmente. De tal manera que era la misma cosa. Mi lectora iba a entenderlo y a lo mejor le hacía vibrar más. Porque yo no se lo decía claro y todos tenemos derecho a nuestra imaginación. Entonces, mi amiga me dijo, “tranquila. Yo ya la fiché”. Y, según venían las novelas, porque yo tenía que presentar cuatro al mes, yo se las pasaba a Eloína. Ella ya se las había corregido, aunque pasara la noche entera, pero yo las corregía con una pluma muy finita y ponía debajo, o encima, de la raya roja aquello que quería yo decir. Que decía igual, pero de otro modo.

Eran [los censores] tan burros. Porque yo sé quienes eran, pero no se lo voy a decir porque podría perjudicarme, pero esos censores eran muy mulos, y sabían muy poco de literatura, porque era la misma novela, y pasaba con otros títulos, con otros nombres, pero iba la misma. Y así fui yo, bandeando, que no me quedé ni con una. Esto se lo estoy explicando yo literalmente. Quiero decir, que no hay engaño. Esto es como yo se lo estoy explicando.

Espere. Hay una novela que ésa creo que no la pude publicar. Yo sé que ésa no era de rayas rojas, para nada. Yo creo que esa sí se me quedó, no recuerdo. Tal vez me la publicaría Vanidades. Pero había una novela que yo planteaba a unos terratenientes. Unos terratenientes que tenían colonos, y les regalaban para poder vivir con su propio trabajo, y para sí, y no de criados de los demás. Me la devolvieron entera y nunca… Yo creo que no publiqué ésa. No estoy segura.

AA: ¿Ud. sabe dónde están sus novelas originales antes de envíarselas a la censura, antes de que se las tacharan?

CT: No. Porque yo tengo una finca allá arriba. El jardinero quemaba todo. Ahora, estoy conservando yo cosas, por ejemplo, los esquemas, los apuntes. Todo eso yo lo conservo. A lo mejor mis hijos lo tiran, cuando yo muera. No, eso no lo sé, no sé dónde están los archivos de la censura. No tengo ni idea dónde están los archivos. Yo tenía un primo abogado y me dijo varias veces que hay un sitio…, pero creo que esto era particular. Porque ellos devolvían las novelas. En la revista Vanidades están enteras. Por lo menos las primeras.

AA: Ahora, si fuera posible, me gustaría que me hablara sobre su contrato con Bruguera.

CT: Mire usted. Yo le voy a explicar a usted lo de Bruguera, porque siempre se ha dicho que fui yo la que se saltara el contrato. Mentira. Yo fui a Barcelona con mi marido y hablé yo con Bruguera. Y entonces, Bruguera me dijo que nunca me había pedido la exclusiva, pero en ese momento me la pidió. Que fue cuando yo quedé realmente amarrada a Bruguera. Llevaba 20 años escribiendo para él. Pues entonces, Bruguera me dijo: “quiero la exclusiva Corín.” Le dije yo, “Bueno.” Pero le pedí una cantidad por ella. Venía en momentos que no había un duro. Quiero decirle que Bruguera me lo dio lo que le pedí. Y me entregó el contrato: era por 20 años. Era un contrato leonino. Pero bueno, tampoco era tan difícil. Yo ganaba medio millón de pesetas mensuales. Nada más, llegar a Guijón, iba a cumplirse el año y había una cláusula en el contrato donde decía, “si al cabo de los tres años este contrato no fuera del acuerdo de una de las partes, quedaría anulado.” Algo así. Bueno, no se hablaba de dinero. Entones, al cabo de esos 3 años, antes de cumplirse, Bruguera me mandó otro contrato, sin firmar, nada, contrato en serio, puesto con todos los detalles. Pero era tan sumamente leonino que no se podía firmar. Y ellos, mandándome telegramas, pidiéndomelos por teléfono. Escribiéndome cartas. Que yo tenía que firmar. Yo dije que no lo firmo. Y dije que no lo firmaba. Y el ultimo día, que se cumplían los tres años, me mandó un telegrama que, anulado aquel contrato y que siguiéramos como estábamos. Pero era demasiado tarde. Entonces vino aquí Armando Dermas y me dijo, “Corín, no puede saberlo Bruguera, pero vengo por orden de él porque me rogó que viniese a verla y que la convenciese para que Ud. siguiera en la revista.” Porque yo iba a seguir con la revista, con cualquier editor que tuviera. Me dijo que por favor la convenciera, “que es que había sido los abogados, que él no había tenido la culpa…” Yo dije, “Ya es tarde. Yo estoy con otro editor. Si a eso se le llama saltarse a la torera un contrato, pues sí, yo me lo salté porque tenía que seguir escribiendo y viviendo.” ¿Es que yo iba a quedarme presa de Bruguera? Si él me envió el contrato. Yo tengo el contrato. Conservo el contrato ese, pero claro, sin firmar. Que es papel mojado y yo le dije a Armando Dearmas, “No, yo estoy ya con Rollán. Si Ud. quiere la revista, bueno, vaya a verlo a Rollán y póngase de acuerdo con él.” Y efectivamente, eso fue lo que hizo. El se fue a Madrid, se puso de acuerdo con Rollán, nos pusimos de acuerdo los tres, pero Bruguera nos demandó a los tres: y como era en el momento, a mí me dijo el abogado cuando fui a Barcelona a verle me dijo, “Corín, no luche. Yo soy amigo de fulano, zutano, y mengano.” Todos estaban en el poder. Y yo perdí. Me embargaron en 365 millones de pesetas pero antes de eso, pues yo accedí y me quedé con la obra porque si yo no cedo de escribir de nuevo para él, me hubiese embargado la obra. Y eso a mí no me interesaba. Oiga: yo es que tengo la obra que es mía. La estoy vendiendo. O sea, yo cedo los derechos. Yo tengo asuntos muchos más gordos, con películas, con cosas que son mías, que yo pude hacer lo que me dé la gana, y de mis hijos que es lo que más me interesa. Yo ya estoy de más, pero mis hijos no. No.

AA: Corín, ¿cómo empezó a escribir?

CT: Bueno, eso lo acabo de decir en una entrevista que me hicieron el domingo para una revista. Primero, por divertirme. Segundo, por necesidad. Porque mi padre murió cuando yo empezaba. Yo le leía las novelas a mi padre. Lo que yo escribía, se lo leía. Entre que era muy inteligente y se lo leía dentro de una revista o un periódico. Entonces yo se lo preguntaba, “¿Qué tal papá?” y él me decía, “Sí, sí. Pues muy bien hijita. Yo ya me iba con mi satisfacción de saber que a papá le había gustado. Pero murió jovencísimo, a los 52 años. Y justo, justo, cuando yo hacía 16. Y luego, añado en la entrevista, “porque me dio la gana”.

AA: ¿Y usted siempre había querido escribir?

CT: No. Yo, es que mamá… y mi padre enfermó. Y mi madre se fue a Cádiz y entonces yo le escribía a mi madre, y mi madre era muy inteligente también. Y la asombraba que yo escribiese de aquel modo. Y se lo leía a una amiga. Y esa amiga le decía, tiene algo, “Esa niña tiene algo.” Como yo le pregunté a Bruguera. “¿Por qué publicó usted la primera novela si era un balbuceo?” El dijo, “ho, ahí había mucha madera”.

AA: Bueno, no quisiera molestarla más.

CT. No. Si se lleva Ud. mucho más explicación que nadie. Es que, de lo que lee, de lo que Ud. me ve a mí, mi personalidad, Ud. ya la captó y de lo que le dije, que le dije a Ud. más cosas que nunca dije a nadie. Es la pura verdad.

AA: No sabe cómo se lo agradezco, y cuando mi libro salga, que espero que salga pronto, le enviaré un ejemplar.

CT: Se lo manda usted a mi nuera, María José. Pero sepa Ud. que María José es muy discreta. Y nos dejó solas. Pero yo puedo asegurar que es una persona encantadora.

Y a mí me quiere mucho. Y yo trabajo con ella. He probado a trabajar con otras personas. Yo dicto. Pero no puedo, tiene que ser con ella. Además, yo sé que ella, al pasarlo, ella lo coge según yo lo escribo, y así es como ella se lo manda volando a la editorial. Es que a la par que ella lo corrige, ella va haciendo cositas. Es decir, es como una correctora de estilo a la vez. Que ella tiene una carácter seco, y parece, pero es, ya le digo, encantadora. Yo la quiero mucho. Yo adoro a mis hijos y lo que mis hijos generan, pues también, pero es que yo por nada del mundo entorpecería la vida de mi familia. A mí esta niña puede ponerme una zancadilla, pero yo nunca se lo diría a mi hijo. El otro día tuve con mi hija unas palabras, que la adoro, que me adora ella a mí, pero fue [...], y yo me alegré de tener esas palabras porque me di cuenta que después de 20 y muchos años sigue amando a su marido. Porque yo era la primera vez en mi vida que se me ocurrió decir algo en contra de él. Con una ironía. Yo soy muy sarcástica y tengo un sentido del humor que ellos no siempre entienden. Y a mi nieto yo siempre le digo, “Pero Julio, si te estoy tomando el pelo”. Mi nieto se enfada.

Comprar libro

Alicia G. ANDREU
La construcción editorial de Corín Tellado
2010, 162 pp. / 32,00 €
ISBN 978-84-96915-83-1

Los comentarios están cerrados.