El Príncipe de Maquiavelo

22/08/2013 | Crítica Bibliográphica

Nicolás MAQUIAVELO
El Príncipe.
Incluye los textos: Sobre la ambición, la fortuna, la ocasión y la ingratitud.
Traducción y prólogo de Emilio Blanco.
Barcelona, Ariel, 2013, 182 pp.
ISBN 978-84-344-0650-6

J. Ignacio DÍEZ
Universidad Complutense de Madrid

No suele distinguirse entre la alta divulgación o divulgación rigurosa y lo que podría considerarse una divulgación descuidada o simple. Y, sin embargo, es una diferencia esencial la que separa uno y otro mester. Quizá la pretensión de englobar la que para el supuestamente selecto mundo académico no es más que una despreciable “divulgación” en un mismo saco proceda de las inseguridades que despierta en España el término “investigación”. Como el tema daría para mucho más que una reseña, ahora sólo quiero constatar, divulgativamente, que los dos ámbitos, investigación y divulgación, están mucho más unidos de lo que algunos quisieran, por más que puedan y deban distinguirse con aguda claridad: la divulgación bien hecha entraña unas complejidades que la convierten en un ejercicio de gran interés, pues, entre otras cosas, un buen divulgador suele ser antes un buen investigador.

La nueva versión de El Príncipe de Maquiavelo parece pretender, con toda honradez, ofrecer un texto pulcro del conocido e influyente tratado del escritor florentino. Y lo hace como discreta celebración de los cinco siglos transcurridos desde la primera edición. Sin embargo, ya desde la portada, es evidente que su prologuista y traductor, Emilio Blanco, ha introducido un elemento nuevo en la consideración del texto, pues lo une, y muy acertadamente, con varios poemas que están escritos al mismo tiempo que el tratado y que abordan temas complementarios del mismo. Alguno de los cuatro capitoli que incluye la edición no había sido traducido nunca al castellano. De modo que un libro aparentemente destinado a una divulgación bien hecha supone al mismo tiempo una importante aportación a la lectura de El Príncipe: paradojas de la relación entre divulgación e investigación.

Es verdad que los lectores del ámbito académico solemos esperar prólogos extensos, bien documentados en bibliografías amplias y también recientes; solemos esperar un texto profusamente anotado, que no solo aclare los sentidos de un vocabulario inusual o polisémico, sino que ponga de relieve las deudas con los escritores clásicos, con los contemporáneos o con los imitadores; solemos esperar que la nueva edición contenga novedades, que aporte documentos desconocidos (y pertinentes) y que proponga nuevas lecturas. Pero también es verdad que en ese mismo ámbito muchas de estas esperanzas se ven frustradas pues lo que el lector encuentra a menudo es un prólogo farragoso y ayuno de novedades, una anotación carente de interés y, a veces, un texto no tan correctamente traducido o editado. No extrañará que este tipo de ediciones, tanto si son del primer tipo ideal como —en especial— si son del segundo tipo real, sean un foso insalvable para los lectores que quieren conocer un texto que es muy citado o supone uno de los milestones de eso que se llama canon.

La nueva versión de El Príncipe de Maquiavelo parece pretender, con toda honradez, ofrecer un texto pulcro del conocido e influyente tratado del escritor florentino…

Frente a las que podrían considerarse prácticas abusivas del dominio académico (o desconcertantes, o simplemente marrulleras) y también frente al necesario espesor de unas prácticas bien entendidas e imprescindibles en ese dominio, la alta divulgación pone al alcance de un lector curioso un texto bien editado que evita las notas a pie de página, un texto introducido por un prólogo breve y sugerente y con una bibliografía limitada pero muy pertinente. Es decir, ofrece un texto legible y ofrece unos materiales básicos para obtener de él gran parte de su provecho y de su placer. No extrañará, por ello, que la colección en la que aparece esta traducción de El Príncipe se llame “Quintaesencia” y se acoja a unas palabras de Baltasar Gracián difíciles de contradecir: “Más valen quintaesencias que fárragos”. Maquiavelo mismo considera que ha sintetizado o “comprimido en un pequeño librito” (p. 27) saberes adquiridos durante una larga vida, y no es extraño que esté orgulloso de ello.

Cualquiera que lea el estupendo prólogo de Emilio Blanco a El Príncipe de Maquiavelo notará que el puñado de bien escritas páginas supone una presentación no solo rigurosa y sugestiva, sino muy ajustada al género de los consejos de príncipes, con un trazado hábil y rápido de los orígenes de ese cauce literario-político. El lector sobre todo apreciará la mano sabia que le dirige con seguridad hacia la originalidad de Maquiavelo. A diferencia de otros muchos, más retóricos y deudores del acarreo de contenidos y ejemplos, Maquiavelo opta por una obra flexible, atenta a las circunstancias. Nueva. Y el lector lo entiende perfectamente bien.

Emilio Blanco recoge en la bibliografía un suficiente elenco de las traducciones anteriores…

Una traducción, compleja y sin notas, constituye un buen desafío. Emilio Blanco recoge en la bibliografía un suficiente elenco de las traducciones anteriores, y en la nota que precede al texto explica cuál de ellas es la mejor. Explica además, como es siempre obligado, qué texto ha seguido y qué alteraciones ha sufrido en castellano. En esta ocasión, con esa loable claridad que no esconde al lector qué tipo de texto va a leer, la traducción no ha sido adaptada al gusto moderno más que en la puntuación. El estilo abrupto y directo de Maquiavelo se mantiene, pero se modula simplemente con la segmentación de los párrafos. No hay amplificaciones, pues Blanco entiende que Maquiavelo huye de manera consciente de las florituras retóricas que caracterizan otros ejemplos del género. Advierte al lector de que algunos términos son polivalentes, como la famosa virtù, y que deberá buscarle ese mismo lector el sentido más conveniente. De modo que El Príncipe se presenta desnudo de aditamentos eruditos, pues confía en el lector. Se ofrecen, como viático, unas breves advertencias antes del breve e intenso recorrido, pues Maquiavelo “tan solo precisa lectores despiertos y atentos” (p. 19).

Presenta Maquiavelo su obra El Príncipe como un compendio, muy meditado y muy ajustadamente expresado. Sus dos fuentes, combinadas con mucha habilidad, son “una larga experiencia de las cosas actuales y una lectura continuada de las antiguas” (p. 27), como explica en la dedicatoria; es decir, saber y experiencia. En veintiséis capítulos Maquiavelo organiza los conocimientos más importantes para un príncipe, para alguien que gobierna un territorio, y se ocupa de diversos asuntos: desde el origen de ese poder, hasta las cualidades del dirigente, desde el tipo de ejército, hasta los límites que puede alcanzar la crueldad. El punto de vista que tanto ha escandalizado es muy pragmático y propone que el príncipe se ocupe de la guerra (“No debe, pues, el príncipe tener otro objeto, ni otro pensamiento, ni tomar otra arte por suya que no sea la guerra y las maneras y la disciplina de ella, porque esta es la única arte que incumbe al que manda”, p. 93), o que evite una liberalidad muy vistosa (“Sin embargo, la liberalidad, practicada de forma que seas tenido por tal, te perjudica [...] si se quiere mantener entre los hombres la fama de liberal, hace falta no olvidar ningún rasgo de suntuosidad, de forma que un príncipe así acostumbrado consumirá todas sus riquezas personales en este tipo de obras [...] El príncipe entonces, al no poder recurrir sin daño a esta virtud de la liberalidad de manera reconocida, debe, si es prudente, no tener miedo de la fama de miserable”, pp. 99-100). Se trata, pues, de que el príncipe ordene su comportamiento de acuerdo con los objetivos que quiere alcanzar: pocas cosas más modernas y eficaces.

Es un acierto haber incluido los cuatro capitoli tras la edición de El Príncipe…

En la presente edición es un acierto haber incluido los cuatro capitoli tras la edición de El Príncipe. En ellos parece revelarse una profunda preocupación por los valores o por la moral, presidida por una evidente herencia muy medieval en la pasión por las personificaciones (“Envidia, Ocio y Pereza van con ellas [...] / y al lado Crueldad, Soberbia, Engaño”, p. 174). Pero la lectura de las cuatro piezas (que tratan de la Fortuna, la Ingratitud, la Ambición y la Ocasión) revela también una preocupación muy maquiavélica, en el mejor sentido. Así, puesto que “no hay en el mundo ya cosas eternas”, lo mejor es adaptarse: “trabaja lo posible en cada hora / de acompasarte al variar de aquella” (p. 160). La naturalidad o el descuido que guían los intereses del escritor a la hora de elegir sus temas (“Y tal como los años vuelan vanos, / o tal como se siembra sobre el agua / tal será la materia de mis versos”, p. 166), no enmascaran que domina una percepción profunda de comportamientos y actitudes (“duda siempre el que tú has hecho príncipe / que no puedas quitarle lo que diste”, p. 172), donde no falta una inquieta valoración de los presentes males de Italia (“Y si alguien ya culpase a la natura / porque en Italia, afligida y cansada, / no nace gente tan feroz y dura, // digo que no es excusa para Italia, / pues suplir puede una instrucción buena / lo que naturaleza no ha provisto”, p. 177). El pragmatismo también se impone en los cuatro poemas, más allá de condenas o exaltaciones tradicionales o retóricas, como ocurre al tratar de la ambición: “dado que el hombre no puede encerrarla, / debe con juicio, con entendimiento / y con fiereza saber gobernarla” (p. 180).

Anteceden a las piezas comentadas y las continúan unas ilustraciones y “cuadros conceptuales” de Luciano Lozano. La fórmula de esta separación me parece feliz, pues permite al lector que lo prefiera memorizar las ideas básicas en una suerte de esquemas y volver sobre algunas citas consideradas con razón y con humor “(poco) ejemplares”. Hay, además, un útil “índice de personajes citados o aludidos”. Estas ampliaciones están en lo que podrían considerarse unas hojas de guarda, como un añadido pedagógico y lúdico que puede ser utilizado o no.

No es Maquiavelo un autor menor en la teoría política y lo es aún menos durante los siglos XVI y XVII, considerados como los Siglos de Oro de la literatura española. Los principios que invoca Maquiavelo lo convierten en innombrable para la tratadística española durante muchos años. Los prejuicios y los malentendidos parecen salpicar con saña a El Príncipe, que es una de esas piezas esenciales del pensamiento político-moral. La posibilidad de leer texto de tanto interés, junto con la opción de comparar el conocido texto con cuatro poemas que también salen de la pluma de Maquiavelo se ofrecen al lector curioso sin aditamentos pesados y a menudo inútiles, sin moralinas ni ideologías, incluso sin una comparación, pues Emilio Blanco ha pretendido que el lector sea el que disfrute de los textos y el que saque las conclusiones. ¿Se puede confiar en los lectores para celebrar los quinientos años de la publicación de El Príncipe? Se puede y se debe.

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