Félix Ovejero

18/09/2013 | Diálogos Académicos

Félix Ovejero

«Los economistas se ocupan de los mercados ineficientes,

en los que ganan los peores.

La política es uno de ellos»

 

Profesor de la Universidad de Barcelona
Doctor en Ciencias Económicas
Autor de varios libros

La economía era un excelente punto de partida para quien, para decirlo con palabras solemnes propias del joven que uno fue, amase la verdad y el bien. Lo primero porque, con sus debilidades, participa de una aspiración de claridad y razonamiento sólido, de buena ciencia, lo segundo porque constituye un buen punto de partida para encarar los problemas de la vida compartida. Hoy estoy más seguro de lo segundo que de lo primero.

Con el tiempo he ido ampliando el foco y mis intereses y trabajos se han dirigido hacia la teoría de las ciencias sociales y la filosofía política. Lo último, el libro recién terminado y por publicar, El compromiso del creador, aunque podría parecer un radical cambio de tercio, pues se ocupa de la ética en la estética, en realidad, se puede entender como una prolongación natural del camino recorrido, pero, por así decir, desde la perspectiva interna, desde la relación de uno con las ideas y de sus sentido práctico, y es que en él abordo la exigencia moral que hay detrás de todo quehacer intelectual que se tome en serio, que ame la verdad y el bien, que aspire a servir para entender y valorar el mundo.

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ENTREVISTA

Es usted profesor en la Universidad de Barcelona, en la Facultad de Economía y Empresa. ¿Qué opinión le merece el estado actual de la Universidad en España?

No es memorable, pero me resisto a apuntarme a la corriente general que parece describirnos como si estuviésemos en el Paleolítico. Hay buenos departamentos, excelentes investigadores y, también es cierto, muchas inercias, unas que vienen de la caspa del franquismo y otras de la arrogancia ignorante de la transición. Las primeras, por razones biológicas, tienen aliento corto; las otras, muy presentes en determinadas áreas de “las humanidades”, autocomplacidas en un relato resistencialista que todo lo disculpa, no tanto. En todo caso, si nos comparamos con antes de la crisis, el retroceso ha sido importante. Pero quizá debamos poner las luces largas y comparamos con cómo estábamos hace treinta años. Si lo hacemos, veremos que nos encontramos a años luz. Las inercias están ahí para quedarse, son irreversibles. Las nuevas generaciones están acostumbradas a salir fuera, a leer ―y publicar en― revistas internacionales. Y lo hacen, muchas veces, con cierto heroísmo, con biografías complicadas y siempre en el alambre económico. Otra cosa es el promedio de la población estudiantil que, si la tasamos con criterios culturales convencionales, no invita a la euforia. Hace un par de años mencioné en una clase El Padrino y nadie sabía de qué estaba hablando. Pero quizá hoy la información y la cultura discurran por otros cauces. En todo caso, cuando los comparo con los estudiantes erasmus, por ejemplo los que vienen de Francia, me entran ganas de llorar. Allí hay un Estado que se ha tomado en serio la educación. Y, casi como subproducto, eso quiere decir que hay calidad ciudadana.

Durante mucho tiempo, en la izquierda, se vio el Estado del Bienestar como una forma de apaciguar y escamotear los conflictos de clase, de preservar el sistema capitalista

 

En una entrevista en 2006 concedida a un medio de comunicación, afirmó que “La izquierda europea se ha quedado sin proyecto, más allá de una defensa avergonzada del Estado del bienestar”. ¿Sigue pensando hoy lo mismo?

Durante mucho tiempo, en la izquierda, se vio el Estado del Bienestar como una forma de apaciguar y escamotear los conflictos de clase, de preservar el sistema capitalista. Ahora parece la maravilla de las maravillas, al menos para la izquierda que aún conserva cierto instinto igualitario. De la otra, la que ha abrazado las mil versiones del comunitarismo y el nacionalismo, mejor no hablar, es premoderna. El caso es que se ha pasado de la descalificación incondicional al elogio incondicional. Y me temo que hay algo de clavo ardiendo, de apuesta desesperada en esa defensa. No es raro, por lo demás, ese hacer de la necesidad virtud, casi una costumbre de una tradición que nunca parece desprenderse del optimismo teleológico, del sentido cristiano de la historia. Al cabo, se ha desayunado con Hegel muchas mañanas. El estado del bienestar aparece como si fuera un acto planificado, como un objetivo anticipado. A mi parecer, quizá sea más sensato verlo como el resultado de una dinámica compleja, de procesos sin propósito, de conflictos y apaños de circunstancias, “del ruido y la furia” en una historia sin guionistas que ha propiciado importantes conquistas sociales. No es el resultado de un plan, de una anticipación intelectual como puede ser el puente que un ingeniero traza en un papel y acaba en el mundo. La consecuencia más grave es una incapacidad para valorarlo y, en su caso, de reivindicarlo en lo que se deba: se ignoran sus dificultades reales y se defienden cosas indefendibles. A la vez, ese encelamiento en lo que hay o ha habido incapacita para cambios radicales en la mirada, para contemplar otras posibilidades, como la renta básica, por citar una de las más conocidas.

En el siglo XV, Castilla, que incluía por cierto Galicia, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, tenía 4,5 millones de habitantes y la Corona de Aragón 850.000

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España parece tener un gravísimo problema con la educación intelectual de sus habitantes, posiblemente en todos los niveles, desde la enseñanza primaria hasta la universitaria. ¿Cuál es su opinión al respecto? ¿Ve alguna solución?

No tengo una opinión muy pensada. De nuevo creo que habría que abordar las cosas con luces largas. Hay que pensar que hasta bien entrado el siglo XX la mayor parte de la población es analfabeta. Eso, por cierto, deberían recordarlo nuestros nacionalistas cuando nos hablan de la imposición centralista y españolista. En este país no ha habido instrucción pública hasta hace dos días y, por tanto, ni siquiera cabía la posibilidad de la imposición cultural. La cultura ha ido a pie, incluida la extensión de castellano. Piense que en el siglo XV, Castilla, que incluía por cierto Galicia, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, tenía 4,5 millones de habitantes y la Corona de Aragón 850.000. En esas condiciones no resulta extraño que el castellano se extendiera y se mantuviera como lengua común, y que prácticamente desde el siglo XVI el 80% de los peninsulares la utilizaran. Eso no ha pasado en ningún otro país europeo, en donde las construcciones culturales son de hace dos días y, eso sí, con el Estado fuerte empeñado en ello. Cuando, muerto Franco, se dan las condiciones, económicas y mentales, aparecen las dudas sobre los contenidos, las mitologías patrióticas y la desconfianza en la idea misma de ley, de ciudadanía, con el paisaje de fondo de una cultura de dinero rápido, lo que, seguramente, no son los mejores mimbres para mejorar el promedio ciudadano. Y, no se olvide, son los años en donde señorean el campo los pedagogos, que no tienen nada serio que decir, pero lo dicen con muchos esquemas.

Siempre aparecerá un político dispuesto a vender quimeras a unos ciudadanos que ha dimitido de sus responsabilidades. En esos casos, los peores se imponen.

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¿Tecnocracia o democracia?

Democracia, por supuesto. Sin reservas y hasta el final, esto es, con las buenas razones de todos y todos tomándose en serio los intereses de todos. Está asociada al respeto a la dignidad que mutuamente nos debemos. Y, además, cuando está bien calibrada, acierta más que una tecnocracia que escamotea la voz de muchos, que suelen ser los de abajo, los que no rozan el poder. Otra cosa es que, tal y como están conformados nuestros ecosistemas sociales e institucionales, la democracia que conocemos se muestre miope para reconocer los problemas y abordar las soluciones. Resulta improbable ganar elecciones recordando los retos serios y las exigencias morales, los necesarios cambios en el comportamiento de las gentes, sobre todo porque siempre aparecerá un político dispuesto a vender quimeras a unos ciudadanos que ha dimitido de sus responsabilidades. En esos casos, los peores se imponen.

Cuando miro los escritos de Gustavo Bueno, siempre aprendo algo nuevo y reconozco originalidad en el juicio…

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Su obra crítica e investigadora se mueve al menos en una triple dimensión: economía, política y filosofía. ¿Qué valoración le merece la figura y la obra del filósofo española Gustavo Bueno?

Hace tiempo que no leo sus cosas. He de decir, eso sí, que, por lo general, cuando miro sus escritos, siempre aprendo algo nuevo y reconozco originalidad en el juicio. He apreciado siempre su coraje, aunque, a veces, daba la sensación de que, encerrado en su mundo intelectual, no tomaba exacta medida de que el valor y el sentido de lo que se dice no es independiente de las circunstancias en las que se dice. Por lo demás, hay que reconocer el titánico esfuerzo para trabajar en las circunstancias en las que lo hizo, en una España agreste y desinformada. A solas y con poco oxígeno. Claro que eso, al final, también tiene sus tributos, en problemas de información respecto a lo que se hace y en contraste de ideas, en tasación de propio quehacer. Es algo que sucedió a muchos filósofos e investigadores de su generación. Resultaría interesante una investigación al respecto, que repasara a los grandes nombres de aquellos días y les siguiera la pista a la luz de lo que hoy sabemos. Seguro que tendríamos interesantes sorpresas en más de un sentido.

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En uno de sus más recientes artículos publicados en El País se ha referido a los intelectuales como irresponsables ante numerosas circunstancias políticas. ¿Son realmente los intelectuales unos impostores? ¿Son los verdaderos sofistas de la posmodernidad?

Siempre he sido cauteloso con la etiqueta de intelectuales, hay mucha sabiduría sedimentada, y meditada, en las actividades prácticas, en los oficios comunes. En más de un sentido, un carpintero sabe muchas más cosas que yo. Una vez reconocida esa circunstancia, sí que podemos identificar a un conjunto de sujetos que tienen un trato cotidiano y profesional con las ideas o los símbolos. Y también aquí habría que deslindar, habría que distinguir, para empezar, entre quienes tienen sistemas de tasación precisos, como es el caso de las ciencias consolidadas, que toleran poco la charlatanería, y otras, en las que se incluyen muchas prácticas artísticas, en las que pueden pasar cosas como las que mostró el asunto Sokal, gente que hace trampas a sabiendas de que nadie les pedirá cuentas. En este último caso, sí que prolifera la inautenticidad, y sería bueno llevar el inventario de los despropósitos. Precisamente porque faltan los criterios externos para medir, adquiere mayor relevancia el trato decente con los que se hace y se dice, eso que algunos llaman las virtudes intelectuales. De eso se ocupa el libro del que le hablaba.

La dinámica de la competencia política, con una ciudadanía infantilizada por el propio diseño institucional, conduce al triunfo de la mediocridad.

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¿Son cobardes nuestros actuales políticos?

Es que si consiguen cuajar como políticos, no pueden ser valientes. El problema, no solo nuestro, español, es estructural, como se decía antes. Cuando los problemas se repiten y generalizan, hay que buscar las reglas de juego que producen malos resultados. La dinámica de la competencia política, con una ciudadanía infantilizada por el propio diseño institucional, conduce al triunfo de la mediocridad. En esos casos gana siempre el que escamotea los problemas o los aplaza a los que vendrán más tarde. Si a eso unimos la disposición psicológica a ignorar la información que nos incomoda o nos emplaza a tomar decisiones graves, común a todos, tenemos una mínima explicación de por qué las cosas son como son. Los economistas se ocupan de los mercados ineficientes, en los que ganan los peores. La política es uno de ellos.

Barcelona, desde cualquier sentido empírico, es infinitamente más afín a Madrid que a cualquier otra ciudad de Cataluña…

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Sus obras y artículos están llenos de citas de obras y autores literarios de referencia universal. ¿Qué le ha enseñado la literatura respecto a sus conocimientos en materia de ciencias políticas?

La literatura, si es buena, nos proporciona una ampliación del campo de experiencias, de las posibilidades de reflexión. A decir verdad, la posibilidad está asociada a algo previo, al hecho mismo del lenguaje, a su potencial, que se despliega más allá de la literatura. Este nos abre el universo de lo que no es, pero puede ser, para hablar de cosas inexistentes, diseñar mundos posibles, combinar y relacionar conceptos, construir mundos a partir de pedazos de realidades no relacionadas, hablar sobre lo que hablamos, contarnos la vida, explicar el mundo e intervenir para cambiarlo. También nos ayuda a pensarnos y corregirnos, a ordenar la experiencia de vivir. La literatura asoma por aquí. Permite afinar talentos empáticos (ahí están las neuronas espejo) y, al fin, pensar la vida con más claridad. Jon Elster, uno de los más agudos científicos sociales, en sus muchos trabajos sobre las emociones, ha justificado, y practicado, el uso de la literatura como fuente parcial de control de conjeturas y de criba de conceptos. La buena literatura, la mala puede resultar hasta tóxica. La simplificación, la perdida de matices, acaba en simpleza. El “frame” del sexista le puede venir de un mal bolero.

El nacionalismo se inventa la nación…

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¿Detrás de los nacionalismos hay una nación? ¿Qué hay realmente detrás de los nacionalismos?

El nacionalismo se inventa la nación. Un conjunto de individuos, los nacionalistas, nos dicen que otro conjunto (más numeroso) es una nación, y que ellos son sus portavoces. El error es aceptar su relato, que demos por bueno su punto de vista. Eso ya nos instala en una trampa, en un dentro y fuera, entre una comunidad de la que se apropian y en un escenario de conflicto, en donde la crítica se describe como agresión. Una pieza importante consiste en recrear “identidades colectivas”. Se necesita poco: un conocido experimento psicológico muestra que si en un grupo de personas pedimos que se identifiquen aquellos cuyo dni resulta impar, al rato, encuentran que se parecen entre sí, que son distintos a los pares. Por supuesto, hay comunidades culturales, pero, eso, si lo precisamos, sucede en comunidades aisladas, como las comunidades indígenas. O en tramas despegadas de unidad territorial, como en facebook. Lo del nacionalismo, y más el nuestro, es ficción. En el plano material, real, Barcelona, desde cualquier sentido empírico, es infinitamente más afín a Madrid que a cualquier otra ciudad de Cataluña. Me refiero a pautas de comportamiento, modelos de consumo, de reproducción, de transporte, deportivos, lo que constituye la vida. Y si nos ponemos originarios, identitarios, y apelamos a las raíces, pues también. Los veinte apellidos más comunes, que algo nos dicen de procedencias y tramas, son los mismos. Solo donde la gente no se mueve y no se renueva, o, simplemente, se va, se mantienen esas identidades culturales en las que el nacionalismo busca construir sus mitos. En España, por cierto, eso es lo que sucede en Lugo y Huesca, allí sí que hay identidad, siempre lo mismo. Los demás, todos mestizos. El nacionalismo, ante esa evidencia, opta por definiciones voluntaristas, y nos dice que hay una nación cuando un conjunto de gente cree que es una nación o quiere ser una nación. Pero, claro, eso no es una definición, porque incluye la palabra que definir en la definición. Y, además, lo hace de forma intelectualmente muy frágil, porque habría que decir que hace cinco años no había nación, puesto que nadie lo creía, y, desde luego, complica mucho el cuento de una nación de dos mil años.

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¿Cómo se imagina a Cataluña dentro de 100 años?

No soy muy partidario de los fantaseos fuera de la literatura, pero, puesto a jugar: con una población mestiza, con un alto componente norteafricano y latinoamericano y, este es el fantaseo mayor, con una sociedad radicalmente democrática, en la que la idea misma de levantar un frontera se considere un desatino comparable a querer reinstaurar el esclavismo. Y que si alguien habla de identidades colectivas nos suceda lo mismo que ahora con la palabra raza, que para todo el mundo quede claro que se trataba de un sinsentido que entretenía a los reaccionarios de otro tiempo ―y todo sea dicho, también al Department of Health and Human Services cuando solicitas un número de la seguridad social en Estados Unidos. Por supuesto, tengo el mismo sueño para España, Europa y lo que venga.

 

EL TEST DE LOS LECTORES

  • ¿Qué personaje histórico le habría gustado ser y por qué?

Cualquier padre de cualquier patria y, así, dejar escrito en un sobre lacrado “no se crean lo que digan de mí, yo solo pasaba por aquí”. Ahora, en serio, pues, Bertrand Russell, aunque no sé si se le puede llamar personaje histórico.

  • ¿Cuál ha sido el último libro que más le ha impactado en su lectura?

Leo, casi siempre con gusto, muchas cosas académicas, en las que la idea de “iluminación” tiene poco sentido, entre otras cosas, porque según se van acumulando las lecturas, se producen rendimientos decrecientes, hay menos novedades. Y, además, esos trabajos están asociados a géneros más que a autores. De modo que siempre hay un ciclo de fascinación que acaba en una mirada más cautelosa y prudente y, a veces, en desconfianza. Me ha pasado los últimos años con las ciencias cognitivas, la economía experimental y la psicología evolutiva. Pero, como le digo, eso son géneros, líneas de trabajo colectivas. Sí le nombraré un filósofo que releí hace poco y que siempre leo emocionado, el que produce estar ante una potente inteligencia que nunca hace trampas, ni al lector ni a él mismo: Gerald Cohen, un filósofo analítico de inspiración marxista. Algo parecido me sucedía con el historiador Hobsbaum.

  • ¿Cree Vd. en algún dios?

No. Carezco de oído para la religión, por utilizar la expresión de Max Weber. Por eso me aburre el cine que merodea el silencio de Dios: me sucede como si a un ciego le hablaran de colores. Eso sí, me fascina la literatura teológica, sobre todo la que dedican los filósofos analíticos a la Santísima Trinidad. Verdaderas filigranas o, en castizo, pajas mentales. Aunque al final me fatiga, por estéril. Con todo, nunca olvido el mandato que Platón atribuye a Sócrates en la República: “debemos seguir la argumentación donde la razón nos lleve”. Claro que entonces se esfuma la fe, la gracia y la religión. Si hay demostración, a la pizarrra y los laboratorios.

  • ¿Un sueño que le persigue y que aún espera realizar?

Que se acabe la pesadilla en la que andamos, que tanto recuerda a lo que sucedió en las horas más siniestras de Europa y hemos leído en los libros.

  • ¿Qué canción le trae recuerdos?

Carezco de oído musical, aunque, curiosamente, no lo tengo tan malo para la poesía. Deben estar en distintas áreas del cerebro. Le pasaba, si no estoy equivocado, a Borges y Nabokov. Supongo que eso, y los años de formación, explica que, salvo alguna pieza clásica, por lo general, siempre me acompañen cantautores que musican poetas o tienen algún talento versificador, como Amancio Prada, Serrat, Sabina, Cano, coplas, tangos, rancheras siempre que no se alejen de la dignidad de las palabras sencillas, o, como decía Biedma “palabras de familia gastadas tibiamente”.

  • ¿Qué significa ser de «izquierdas»?

Tomarse en serio el ideal de ciudadanía. Seguramente la formulación más sintética es la de Marx, cuando defendía una sociedad «en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos». En el fondo, la aspiración a extender al conjunto de la sociedad un ideal clásico, griego, de buena vida, entendida como el ejercicio de la actividad acorde con las excelencias humanas. Preciso que se trata de una definición estipulativa, no léxica, no describo lo que hay o lo que cuenta nuestra izquierda.

  • ¿Qué significa ser de «derechas»?

En apostar por el ideal de ciudadanía, pero no tan en serio. Si lo perfilamos con cierta jerarquía conceptual, creo que la derecha más ordenada intelectualmente apuesta por la idea de libertad negativa, según la cual uno es más libre cuantas menos interferencias tiene, incluidas las de la ley. Dicho esto, asumo como principio metódico del debate político que las gentes de derechas tienen un trato honesto con sus ideas, que creen sinceramente que su idea de buena sociedad es la mejor para ordenar la vida social. Creo que están equivocados, pero eso es otra cosa. Y, desde luego, como Camus, si creyera que la verdad es de derechas, “allí estaría”. La extendida “superioridad moral” de cierta izquierda, que cree que los demás son ladrones, niega la posibilidad misma del debate democrático, desprecia al otro, le niega dignidad, y, por eso mismo, es miseria moral.

  • ¿En qué lugar o ciudad del mundo se encuentra más a gusto?

En mis correos, al pie reza el lema: Ubi bene, ibi patria (“Allí donde estoy bien, allí está mi patria”).

  • ¿Para qué sirve el matrimonio en nuestro mundo contemporáneo?

Carezco de experiencia, pero, en términos lógicos, es una condición necesaria para el divorcio. También para el adulterio. Con seguridad puedo afirmar poco más, aunque, obviamente, cumple tareas de reproducción y socialización de la especie. Pero supongo que no estamos para repetir trivialidades sociológicas, esto es, trivialidades al cuadrado.

  • ¿De qué acontecimiento histórico le habría gustado ser testigo?

De las revoluciones democráticas, la americana y la francesa; eso sí que era ver avanzar la civilización en directo.

  • ¿Su poeta, su novelista, su dramaturgo o su escritor de cabecera?

Va a ratos, incluso de libros. El Quijote es libro de compañía, como Montaigne o algunos clásicos latinos, como Cicerón. Pero para hacer la lista mínimamente abarcable, mejor recordar a los más recientes. Siempre vuelvo a Andrés Trapiello, cuyos diarios releo como se relee a los clásicos, para quitarse la basurilla del día. En ese sentido me gustan los diaristas meditativos, o como los llamemos, por ejemplo, Torga, Rybeiro, Machado-Mairena o Pessoa. En poesía no hay tanto orden: el Carlos Marzal, de la vida en la frontera, sobre todo, Cernuda, Biedma, Borges, Kavafis, Pérez Olivares, Juan Ramón Jiménez, Martínez Mesanza. Como ve, bastante caótico. En la novela todavía peor, va a rachas y cada vez menos, por aquello de Pla, otro a incluir en la primera lista, de que con la edad se quitan las ganas. Entre los nuestros, pues Marsé, por supuesto. Al pronto te diría, Nabokov, Uhlman, Gracq o Mann. Me gusta, aunque reconozco que está en otra liga, menor, Green, como ejemplo de novela moralista, de dilemas y dudas. Y también aprendo y disfruto con cierto ensayismo que, sin ser de filósofos o académicos estrictos, muestra honestidad e inteligencia, Sánchez Ferlosio, Muñoz Molina, Azúa. Me ayudan a pensar y disfruto con la escritura.

  • ¿Una falta o «pecado» imperdonable?

La falta de limpieza mental, la inautenticidad intelectual, las trampas al solitario para congraciarse con la tribu. Y la falta de respeto a los demás, el descuidar la dignidad. Un corolario de eso, que reconozco bastante injustificado, en la frontera de la manía, es que molesta la impuntualidad. Mejor dicho: soy obsesivamente puntual por respeto. Digo que está injustificado porque tengo amigos admirables, con un sentido del respeto a los demás exagerado, incapaces de llegar a la hora.

  • ¿«Siempre se vuelve al primer amor»?

No, por Dios, que majadería. Somos una trama que se conforma en el tiempo y, en el mejor de los casos, nos vamos eligiendo, de a poquito y con criterio. Lo de la tiranía del origen, lo dejo para los nacionalismos, para quienes creen en esencias impermeables al tiempo en el fondo, es un racismo de baratillo: nosotros somos siempre los mejores. En todo caso, lo más normal es, volver al último, más vinculado al yo que todavía somos, al más reciente.

  • ¿Una persona para Vd. admirable?

La admiración es cosa muy seria. Yo he tenido la fortuna de tratar a algunas personas admirables, dignos de admiración, en un sentido fuerte, objetivo, que deben de ser admirados. Algunos, además, son amigos míos; otros, personas que he amado. Ellos lo saben y creo que para nombrarlos tendría que pedirles permiso. Como estoy seguro de que no me lo concederían, pues nos quedamos aquí.

  • ¿Qué es la política?

Es poder que se esconde detrás de razones. Sería mejor lo contrario. Y ya puestos en los ideales, en el debe ser, en la buena política, pues el intento de ordenar la vida compartida sobre bases racionales, de crear las condiciones para que las gentes puedan elegir sus vidas con plena autonomía y, todavía más, para que, si llegan a equivocarse, puedan cambiar sus nortes, no se cierren en veredas definitivas; en lo posible, claro, bajo las restricciones de la termodinámica. Pero, insisto, esta es una definición estipulativa, no descriptiva.

  • ¿Prefiere la bondad o la inteligencia?

La inteligencia en serio, la sabiduría es incompatible con la maldad. El malo ignora la dicha, es un infeliz, y un infeliz no sabe vivir. Eso, claro, mientras las condiciones materiales o las circunstancias vitales no sean muy perras.

  • ¿Qué no sería Vd. nunca?

Un siervo, tampoco un amo

  • ¿Qué haría por amor?

Bastantes cosas ya llevo hechas, como el Ángel González de artritis metafísica. En realidad, la pregunta que uno debería hacerse es qué no haría. Y, desde luego, lo que no haría es destruir una identidad que, mal que bien, uno ha tratado de construirse sin excesivas improvisaciones e intentando estar a la altura del mejor yo; eso sí, abierta a las buenas razones y las buenas gentes y lejos de la sinrazón y la mezquindad. Brines en la cerradura del amor merodea la disposición, aunque quizá no el concepto.

  • ¿Qué es para Vd. la felicidad?

Pues, poco más o menos lo de Aristóteles, la eudaimonia, el pleno desarrollo de mis capacidades humanas, eso que, aplicado a todos, le contaba antes al describirle el ideal de los socialistas, y que, por cierto, se recogía en el preámbulo de la declaración de independencia de EEUU y en algunas constituciones, como la de Cádiz. El problema, claro, es que no se puede perseguir por lo derecho, es más, que, cuando se persigue, se fracasa, como cuando uno se empeña el olvidarse de alguien o se esfuerza por dormirse. La felicidad es un subproducto que uno conquista, si la conquista, cuando está en otras cosas, fundamentalmente en el oficio de vivir, cuando se toma en serio lo que hace y eso que hace es lo que quiere hacer y lo hace correctamente. El que “imprime dirección y sentido” a su vida, que diría Cernuda.

  • ¿Un deseo que quiera conceder a alguien?

Mejor no. Si es colectivo, puedo parecer el papa, y si es personal, impúdico. Además, creo que ya me puesto demasiado solemne por hoy, incluso ñoño.

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Barcelona, 18 septiembre 2013

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