Fernando Aramburu, Viaje con Clara por Alemania

19/07/2011 | Neo-Crítica

Manuel Ángel Candelas Colodrón

Viaje con Clara por Alemania

Fernando Aramburu, Viaje con Clara por Alemania, Barcelona, Tusquets, 2009.

 

Tomo tres pasajes de Viaje con Clara por Alemania, la novela de Fernando Aramburu:

1. Narrador en primera persona: “No pienso privarme del gozo de evocar con abundancia de detalles las impresiones de aquella aventura estupenda, ya que hoy tengo bastante tiempo para llenar páginas” (p. 204).

2. Narrador en diálogo con Clara: “En lo que afecta a tu libro, no existe más espectáculo ni más realidad que tu destreza con el lenguaje y tu punto de vista. De ti depende transformar una señal de tráfico en motivo de unas líneas apasionantes” (p. 307).

3. Clara, en conversación con el narrador protagonista: “Sí, ratoncito, pero las dos cosas no pueden alcanzarse a la vez. O ensalzas o ridiculizas. Y da la casualidad de que hoy me he levantado con el pie poético, no con el cómico, que es el primero con el que pisas tú el suelo todas las mañanas. Se diría que no tienes otro” (p. 316).

4. Narrador, en plena acción metanarrativa: “No preví las consecuencias de revelarle a mi hermano que con el propósito de que no se me oxidara la lengua materna, puesto que no hay nadie a mi lado que la hable, llevo un tiempo evocando por escrito el viaje aquel que hice con mi mujer por el norte de Alemania, sobre el cual él recibió de mí en su día alguna información. Le entró curiosidad y yo no recelé. Total, que leídos los capítulos con pupila de editor, esta mañana me ha hecho saber que, aunque abunda en ellos la cháchara confidencial, los da por válidos. En líneas generales le han parecido divertidos, incluso se le ha soltado la carcajada en varias ocasiones durante la lectura, de donde deduzco yo que considera ridícula mi vida privada” (p. 369).

Empiezo por asumir plenamente las consideraciones del hermano del narrador sobre el texto que constituye la propia novela. Es hilarante muchas veces (hacía mucho tiempo que no lo hacía con una novela, casi desde los tiempos en que me caían las lágrimas de risa con La vida exagerada de Martín Romaña, con quien mantiene no pocas afinidades): es divertida en general, aunque con irregularidades muy notables: no se puede ser gracioso todo el tiempo sin resultar a veces demasiado predecible o repetitivo con los recursos; es, en efecto, una “cháchara confidencial”, capaz de hacer apasionante (en buena parte del libro, no siempre ni mucho menos) el encuentro con una simple señal de tráfico. Abundan las descripciones a mi juicio innecesarias, los entresijos algo impertinentes sobre alguna escena, sólo justificadas para la ocurrencia en ocasiones, en efecto, graciosa y descacharrante, o, en todo caso, para el ejercicio de re-creación de unos hechos con perspectiva sostenidamente irónica.

La consideración que tiene Clara, una escritora alemana de cierto éxito a la que le encargan una guía de viajes por Alemania, del carácter de su marido, el narrador en primera persona de la novela, explica la tonalidad del libro: el pie cómico, próximo en muchos casos al satírico y casi siempre burlesco, de las peripecias y de su propia vida. Somete todos los sucesos (que no llegan a tal categoría porque son case insignificantes) a una mirada ridiculizadora, hiperbólica, tanto en el retrato caricaturesco de ciertos personajes como en la complacencia autodegradatoria del propio protagonista narrador, construido a base de contrastes (a veces tópicos o deliberadamente tópicos para suscitar la risa) con la figura algo más severa, disciplinada y rigurosa de su mujer. Las menudencias de su intimidad (donde no falta la escatoloxía íntima: muy lograda la descripción de los olores corporales de su mujer a lo largo del día) añaden a esa pintura destructiva de las situaciones que vive la nota permanente de comicidad total, esa huella cómica sobre todo lo que mira. Todo ello casi siempre al límite de lo grotesco, como en el magnífico capítulo plenamente satírico dedicado a los amigos ecologistas o en el absurdo episodio que narra la particular relación con Kevin, el sobrino autista de Clara.

Las cosas que suceden son banales, insulsas, sin especial interés. Sin embargo, el narrador consigue elevarlas a la categoría poética por la vía del dominio constante de la ironía, ilustrada de forma parcial con una tendencia a la burla o del cuidado empleo del idioma, con un rico repertorio léxico y una sintaxis variada y en ocasiones especialmente culta, con participios absolutos, oraciones subordinadas complejas resueltas con admirable armonía o fórmulas algo arcaicas que siempre se agradecen. El relato carece además de un orden compositivo cerrado (no es ningún defecto, ojo) y camina, como toda estructura episódica, como suma de peripecias, casi todas anodinas. De este modo, la función del punto de vista del narrador es fundamental. En él recae toda la importancia del relato, en su capacidad de narrar lo que mira a su alrededor. La primera cita que incorporé a este texto es reveladora: pocas veces en una novela se explicita con tanta elocuencia el poder omnímodo del narrador para construir el relato. El narrador tiene tiempo suficiente para no privarse (ese gozo del narrador puro) de ir a los detalles (signifiquen o no algo), no con el propósito de contar una historia sino, lo que resulta aún más esencial, para llenar páginas.

Aceptada la posición libérrima de un narrador que no se autolimita, que se expande porque tiene tiempo, yo tomo también la libertad de rechazar lo que me parece insubstancial (que es bastante), de decepcionarme (mucho) con episodios desaprovechados (cómo lo de la caza de las vulvas en el capítulo 11), de esperar más de ciertas escenas que no merecen ser contadas (ya dice el propio narrador que como no tiene quien lea su texto se libra de ser tildado de pelma) o de otras que se ven resueltas, a pesar de la tensión buscada, desde demasiado lejos (como lo de la meada desde el acantilado), de apreciar la sutil batalla sexual y sentimental entre los protagonistas (indudablemente lo mejor del libro: extraordinaria), de entretenerme con sus torpes maneras de visitar un país o de partirme de risa en muchas páginas del libro cuando la marca permanentemente irónica del relato deja paso a la exageración y a la pintura gorda de los personajes.

Sólo por esas páginas de total carcajada merece la pena seguir la libre corriente de palabras del narrador de esta novela de Aramburu, una de las novelas destacadas en lengua española del año 2009. Como tarjeta de visita para mí no está nada mal. Seguiré leyendo sus novelas. Seguro.

 

 

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