Jaime Siles

30/12/2011 | Sin categoría

Jaime Siles

· Poeta y filólogo ·

«El traductor y el crítico textual

son los mejores lectores de una obra»

 

· Sergio Arlandis entrevista a Jaime Siles ·

 

1. ¿Dónde cree Jaime Siles que reside la modernidad de su obra? Sería, en todo caso, muy pertinente matizar que actualidad y modernidad no son sinónimos, pero, ¿en qué sentido cree que en su obra llegan a converger?

No sé si mi obra es moderna, cuestión ésta que nunca me ha preocupado, aunque sí ocupado. Más bien creo que mi obra, de ser algo, sería clásica, entendiendo por ello lo que Kermode y Barthes entienden por clásico, el primero, y por moderno, el segundo: esto es, un texto abierto y plurisignificante, por decirlo en y con los mismos términos que Judith Schlanger lo explica y expone.

Lo que sí conviene aclarar es qué sería lo clásico y lo moderno de mi obra. En este sentido creo que lo moderno de lo mío es lo clásico también, y no me refiero tanto a sus formas como a sus contenidos y, en concreto, a estos tres: la crisis de identidad, de sujeto y de lenguaje que hay en ella, y que actualizan una de las líneas de nuestra más moderna Tradición: la que se inicia en el Barroco, continúa en el Romanticismo, alcanza su mayoría de edad con Schopenhauer y Nietzsche, su madurez con Rimbaud, Mallarmé, Mauthner y Hoffmannsthal, y que tiene su máximo desarrollo en Wittgenstein y Celan.

Esa es la Tradición moderna en la que me he movido, pero debo precisar que con una clara y notoria diferencia: para mí, el yo es un producto del lenguaje y, si se me apura, una consecuencia de lo que la lingüística indoeuropea ha pensado sobre el politematismo y polimorfismo de los pronombres personales. Para Benveniste ―como casi también para Prisciano― yo es todo lo que dice yo, y nada más que eso. De ahí que, en mi conferencia titulada “Poesía y Filología”, me haya atrevido a proponer algo así como una cuarta persona gramatical que sería la instancia de discurso de la persona poemática, que no siempre ―y yo diría que casi nunca― coincide con la real.

 

2. ¿Recientemente se ha publicado en Cátedra una amplia antología de su obra. ¿Qué siente un poeta cuando tiene ante sí el cuerpo de su obra? ¿Es realmente una imagen en el espejo: en qué grado se ve reflejado existencialmente en sus versos? ¿Sigue teniendo la misma percepción de su propia obra tras esta lectura tan “fuera de sí”, hecha por otra persona?

Una antología nunca es la totalidad de una obra sino una parte significativa de ella que un lector o el mismo poeta han querido, por las razones que sea, elegir y polarizar. Una antología siempre se hace sobre lo ya hecho, lo factum, y no sobre lo facturum y lo faciendum, que es hacia donde todo creador se debe orientar. La obra siempre va por delante; una antología sólo puede mostrar lo anterior, aunque en ello también hay indicios claros de lo siguiente.

Mi obra anterior la veo como escrita por otro, que he sido pero que ya no soy yo: por eso, aunque lleve mi nombre, ni es mía ya ni me pertenece, y, en el caso de pertenecer a alguien, pertenecería sólo al lector, que es él, y no yo, quien la realiza. Cuando alguien hace una lectura profunda de una obra, la somete a un hondo análisis y a una rigurosa y metódica reflexión propone una fundada interpretación de ella que no siempre coincide con la del propio autor, pues ambos hacen de lo mismo lecturas por completo diferentes.

Nunca he impuesto nada a los estudiosos: he respondido a sus preguntas cuando me las han hecho, pero los he dejado por completo libres en su interpretación.

El autor tiene una percepción de su obra, hecha sobre la experiencia de su propio proceso y cuando estaba todavía en marcha, el antólogo y el estudioso, la ven en su ya realizada materialidad: por eso ven en ella también cosas diferentes. Es lícito que así sea y en ello reside el sentido y valor de la hermenéutica. Por eso en toda interpretación que los demás hacen de la obra o de un texto de uno hay percepciones nuevas para él: puntos de los que uno mismo no había sido consciente y que el estudioso explica mucho mejor que el propio creador. Ello se debe a que el estudioso tiene como objeto de estudio, sobre todo, lo denotativo de una obra y no lo connotativo, que es lo único que constituye en patrimonio del autor. André Martinet insistió en esto, y Georges Mounin lo siguió.

En mi caso nunca he impuesto nada a los estudiosos: he respondido a sus preguntas cuando me las han hecho, pero los he dejado por completo libres en su interpretación, porque no puede ni debe ser de otro modo: la interpretación es cosa suya, y yo la leo como me gustaría que me leyera a mí el lector ―intentando comprender su punto de vista. La crítica, cuando se impone la tarea de entenderlos, enriquece los textos; cuando no se toma la molestia, sino que opta por el prejuicio y el apriorismo, no devalúa los textos, sino a sí misma. Debo reconocer que he tenido la suerte de que mis textos hayan merecido la atención de muy valiosos estudiosos de quienes he aprendido muchas cosas sobre mi obra y sobre mí.

En cuanto a eso de “verme reflejado en mis versos” no es precisamente lo que he perseguido, sino la construcción de un sistema de pensamiento que fuera filosófico, lírico y verbal, y que me ayudara a vivir y seguir viviendo. Como Malraux, pienso que la herencia cultural no es el conjunto de obras que los seres humanos deben respetar, sino aquellas que pueden ayudarnos a vivir. A mí me ha ayudado la mía. Ojalá también ayude a vivir a otros.

 

3. ¿Por qué el título de Cenotafio? ¿Podríamos afirmar que toda su obra es, en sí, una gran metáfora de la identidad como problema del conocimiento humano a través del lenguaje?

He titulado esta antología Cenotafio para indicarle al lector que, aunque allí de algún modo estoy yo, no estoy yo del todo. Con ello aludo al carácter metonímico que toda antología tiene, y también al hecho de que, aunque toda obra es como una tumba, en ésta, que también lo es, no hay nadie enterrado. La vida no es la obra, aunque la obra sí puede ser la vida: a esa doble cuestión hace directa referencia el título de esta antología que resume en él una de las mayores angustias de su identidad –la de la frontera que separa realidad y lenguaje, palabra y cosa, yo e identidad.

Quien se mueve en el poema es el yo:
no es el tiempo.

 

4. En 1970, en la antología preparada por Enrique Martín Pardo, un joven Jaime Siles afirmaba que la constante “fluidez del espíritu” obligaba a replantearse la relación entre lenguaje y sujeto: nuestra expresión variaba porque nosotros lo hacíamos y sólo el mundo poético podía permanecer unitario y constante. En este sentido, los años matizan dicha apreciación, la reafirman o la rechazan? ¿Es el tiempo cauce de la expresión del sujeto o su enemigo velado, su gran amenaza?

Las palabras escritas en marzo de 1970 para la antología de Enrique Martín Pardo me parecen una profecía de todo lo que mi obra ha sido o iba a ser después: no era la inseguridad quien las dictaba, sino la consciencia del destino. Todas las poéticas mías posteriores no han hecho sino desarrollar lo dicho allí.

El Tiempo es la imagen móvil de la eternidad, como Platón lo definía; es cambio y movimiento; es ser y devenir a la vez; es Parménides y Heráclito unidos como en Heidegger. En mi juventud he tenido una concepción circular del tiempo similar a la descrita por el escudo de Aquiles en la Ilíada, a la definida por Platón en Tim. 38 y por Aristóteles en su Phys. 223 b . A ello me he referido en “El tiempo del poema” (VII Jornades Poètiques de l’ACEC, 30, Cuadernos de Estudio y Cultura, Octubre de 2008, pp.65-71) y no lo voy a intentar resumir ahora aquí. Me limitaré a decir que ni el tiempo de la narración ni el tiempo de la lírica son tiempo en sentido estricto, sino que tanto uno como otro suponen una variación: en la poesía narrativa –es decir, en la épica– el tiempo no es tiempo cronológico, sino representativo, plástico y mítico-mental; en la lírica, en cambio, el tiempo es otro como lo es también el yo de la persona poemática. Por eso, por analogía con lo que predica ésta, podría hablarse de un tiempo poemático distinto del empírico real. Lo que no quiere decir que carezca de realidad, sino que ésta ―su realidad― depende de su forma.

El tiempo del poema es ácrono ―un tiempo sin tiempo― que sólo en el poema se nos da y que el sujeto hablante percibe y, a través de la lengua del sujeto hablante, el lector también. Ese tiempo está fuera del tiempo y también más allá de él: es un tiempo distinto que, más que contenido en y por el tiempo, parece contenernos y contenerlo a él. Ese tiempo del poema se parece no poco a aquel tiempo platónico definido como “la imagen móvil de la eternidad”, pero con una diferencia: ese tiempo es, sobre todo, una imagen fija que corresponde al punto inmóvil intuido por Dante y por Eliot. Pero esa imagen fija se mueve y se renueva cada vez que alguien llega a ella o la logra intuir; esa imagen funciona como el pasado mítico que sólo en el rito se renueva.

El poema es el rito en que se actualiza el mito de lo que creemos ha sido, era o es nuestro yo. Por eso, más que conocimiento de algo, el poema es reconocimiento de una instancia discursiva de nosotros, en la que percibimos –o creamos– puntuales o durativas epifanías de nuestro móvil yo. Quien se mueve en el poema es el yo: no es el tiempo. Y nosotros, como el pretor romano con el edictum perpetuum, hacemos en el poema diferentes semiotizaciones de tal o cual imagen de nuestro yo, porque éste nunca es un todo, aunque el poema a veces nos lo presenta como tal, sino un algo o un alguien que percibimos sólo en y como partes.

El Tiempo del poema nos parece total porque ―porque esa es la sensación que nos produce― pero, como nosotros mismos, siempre es fragmentario. La totalidad del yo, que el tiempo del poema nos presenta, dura sólo lo que dura el poema, porque éste es el espacio en el que su epifanía se produce y no existe fuera de él, sino sólo en él y a partir de él. El poema, pues, es un espejo; y el tiempo, la imagen del yo que aparece reflejada en él. Pero el espacio de uno y otro –del tiempo y del yo, y tal vez también el del poema– no es otro que el de la memoria, que es donde está su propio discurrir.

El poema no inventa tiempo ni tiempos, sino que los recrea o los rescata del espacio inmóvil en que están. Ese espacio no es otro que la memoria, que funciona, casi más que el tiempo platónico, como imagen móvil de la eternidad. Pero lo que se mueve en el poema no es el tiempo –ni siquiera el tiempo de la memoria que a veces se confunde con la vivencia o sensación de lo real– sino la parte móvil de la memoria: esto es, los recuerdos, convertidos en fragmentos de nuestra propia identidad.

Esos fragmentos que el poema recoge del limbo en que los ha depositado la memoria son también los que permiten reconstruir en el poema nuestro yo. El poeta se comporta, pues, como un arqueólogo que no puede resucitar el tiempo de sí mismo, pero sí reconstruir –a partir de algunas teselas conservadas– el mosaico de lo que un día del pasado, del presente o del futuro ha sido, es o será nuestro propio yo.

El tiempo del poema es el tiempo de nosotros mismos: el único tiempo en que nuestro yo, sin dejar de ser una máscara de sí mismo, es a la vez movimiento y quietud, transcurso y eternidad. Por eso he dicho antes que el tiempo del poema se parece mucho –si es que no lo es– al tiempo mítico, porque es el mito del yo lo que el rito del poema actualiza.

Pero, volviendo a su pregunta, sobre el tiempo, le diré que, a partir de 1974, el concepto circula del tiempo que tenían los griegos lo fui sustituyendo por otro, más romano, que podríamos llamar “en espiral”, y éste, por otro, ya cristiano, que aparece tematizado en un poema de Alegoría, “Retablo de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo”. Sin embargo, a partir del 1987, el tiempo recibe en mi obra un tratamiento menos conceptual e intelectualizado: va haciéndose cada vez más existencial, y mi concepción de él es por completamente permeable: tanto puede ir hacia detrás como hacia adelante; puede ser amenazante y trágico y, a la vez, también salvador. Se vuelve polivalente, polisémico y polimorfo. Lo que importa en él es el paso, pero también su reflejo y su duración: es, en ocasiones, un tiempo rescatable, que la memoria aísla y el lenguaje lo hace rimar con instantes de hoy. Eso es lo que he querido definir con el término permeabilidad: la condición de un tiempo existencial y mental simultáneamente.

5. ¿Es todavía Alegoría un libro enigmático en el conjunto de su obra? No olvidemos que el propio libro resultaba bastante extrañoen la poesía de aquella época. ¿Lo fue también para Vd. mismo?

Alegoría es mi libro más difícil y, desde luego, uno de los míos más extraño: raro incluso para mí. Sin embargo, no lo consideraría ajeno, sino casi el centro de mi obra. Pero, en líneas generales, está aún por estudiar. Ángel Sierra de Cózar, Fernando Menéndez y José Manuel Blecua señalaron aspectos y rasgos distintivos del mismo, pero falta todavía un estudio de conjunto sobre él. Como a todo hijo pródigo, le tengo un gran afecto.

 

6. ¿Su poesía, en líneas generales, es producto de un claro proceso que va de la experiencia a la reflexión, de ésta a la musicalidad como expresión de esa manera de interiorizar la vida y, finalmente, a la palabra y sus posibilidades sintácticas y semánticas. ¿La madurez poética y existencial le ha invitado a variar ese orden en sus últimos libros publicados?

En mis últimos libros publicados no sé si ha variado el orden anterior, pero sí hay un orden nuevo: Himnos tardíos y Actos de habla se mueven, aunque con diferencias, en territorios semejantes. Y lo mismo podría decirse de Colección de tapices y Desnudos y acuarelas, en los que predomina la voluntad de investigación formal, pero también sentimental. Distinto es Pasos en la nieve, que es un catálogo de casi todos mis temas, formas y motivos reunidos en una especie de muestrario y silva de varia lección. Creo que soy un poeta, pese a su variedad, bastante unitario.

 

7. ¿No le sorprende que una ciudad como Valencia nunca haya acabado de calar en su obra, como sí ha ocurrido con otras ciudades como Tenerife, Salamanca, Turín, etc.? ¿Es posiblemente el marco de sus próximos poemas? En este sentido, su estancia en Valencia, ¿la considera un regreso tras la aventura existencial o un nuevo marco sobre el que el yo silesiano busca descubrir nuevos horizontes de la experiencia ya acumulada?

En Valencia he escrito numerosos poemas de mi primera etapa y de la última. Incluso el mar de mi memoria no es otro que el de El Saler y el Puerto de Sagunto, a los que se suma el Atlántico de Tenerife, pero sin borrar este Mediterráneo interior. Pero Valencia como ciudad es algo que no he poetizado nunca, salvo en algún poema de Canon y en otro de Pasos en la nieve, en los que su presencia venía motivada por ser elementos de referencia óptica o de contenido emocional.

Nunca me he considerado académico, sino un poeta doctus, una calificación que me define y a la que no puedo ni quiero renunciar.

 

8. ¿Por qué cree que su obra es una auténtica referencia en Francia: varias tesis sobre tu obra, homenajes, traducciones con éxito de lectores, etc.? ¿Siente que en España prima aún el Siles académico frente al Siles poeta?

Francia –es cierto– ha prestado una especial atención a mi obra: la ha traducido casi toda entera, y ha dedicado artículos, tesis y habilitaciones a explicarla. Imagino que porque han interesado allí algunas de las cuestiones que en mi poesía tematizo. En España también ha habido estudios sobre mi obra y no tengo la sensación de que pese más mi actividad filológica que la poética. Soy ambas cosas: poeta y filólogo, pero nunca me he considerado académico, sino un poeta doctus, una calificación que me define y a la que no puedo ni quiero renunciar.

 

9. Su labor como traductor resulta fundamental en muchos aspectos, pero, ¿qué autor le ha marcado más a la hora de traducir? ¿Cuál cree que le ha influido más y por qué?

El traductor y el crítico textual son los mejores lectores de una obra.

La traducción –sobre todo, la de poesía– es una práctica poética que acaba siendo considerada como propia producción. He teorizado sobre la traducción y he traducido de nueve lenguas. Pero las que más me han marcado son las que he hecho del griego y del latín. Del alemán, la que más próxima siento es la de algunos –no todos– los poemas de Celan que en distintos tiempos he vertido. Del inglés, las de Wordsworth y Coleridge; del francés, muchas inéditas que he hecho sólo para mí; del italiano, las de Saba, Quasimodo y Caproni; del catalán, las de Piera, Gimferrer y Marí; y del portugués, más que las que he hecho, las que ahora estoy haciendo también para mí mismo. En la traducción he encontrado un hábito y un modo de escribir reescribiendo, de crear recreando, y de tener la maquinaria verbal a punto para percibir; la traducción ha sido para mí una gimnasia, un método de mantenimiento, que me ha permitido acceder a obras escritas en otras lenguas y descubrir textos próximos a mí.

 

10. ¿Es el lenguaje un instrumento que ayuda al poeta o su principal obstáculo?

El lenguaje es ambas cosas a la vez: a veces es un medio y otras, un obstáculo. Por eso el poeta debe conocerlo como un obrero conoce sus herramientas. Y, por eso mismo, debe desconfiar de él. El lenguaje puede hacer trampas en las que es fácil caer: la ingenuidad aquí es un riesgo. Soy más partidario de Guillaume que de Saussure, y pienso que la lingüística ayuda a saber lo que es la palabra, como la filología ayuda a saber lo que es un texto. En poesía sólo está bien hecho lo que está bien dicho porque sólo en lo bien formulado la realidad alcanza su más exacta representación verbal. La representación verbal es oficio del poeta y ello exige un conocimiento y una responsabilidad. El lenguaje, debido a su uso, se ensucia cada día, y es obligación de la poesía limpiarlo y mantenerlo en estado de marcha, como si fuera un reloj. Hay generaciones que cuidan más el lenguaje que otras. La mía ha sido cuidadosa y cuidadora de él. En esto soy hijo de mi tiempo: pertenezco a la generación del lenguaje, término éste que me gusta más que el de novísimos, que sólo da cuenta de un aspecto puntual y anecdótico. Soy lo que Valéry llama un poeta consciente: conozco mi Tradición e intento mantenerme fiel a ella. Desconfío y creo en el lenguaje a la vez, porque no puede ser de otro modo. Y mis poemas reflejan esa dialéctica.

EL TEST DE LOS LECTORES

• ¿Qué personaje histórico le habría gustado ser y por qué?

Un ser humano es todos los personajes históricos y ninguno a la vez. De modo que me habría ser gustado algún instante de ellos, pero no su totalidad. Lo mismo me sucede con mi propia vida.

• ¿Cuál ha sido el último libro que más le ha impactado en su lectura?

La découverte de l’ombre de Roberto Casati por el gran número de puntos de vista que abre y la ingente información de datos convergentes que da.

• ¿Cree Vd. en algún dios?

No sabía que había “alguno”: creía que hay un solo Dios.

• ¿Un sueño que le persigue y que aún espera realizar?

Ser un poeta que sea también un filólogo y un filólogo que sea también y a la vez un poeta.

• ¿Qué canción le trae recuerdos?

Todas.

• ¿Qué significa ser de «izquierdas»?

Antes una postura progresista, fundada en la fe en el ser humano y en la perfección de éste mediante el cultivo de la inteligencia: una fusión, pues, de los ideales del Renacimiento con los fundamentos de la Ilustración. Hoy, una etiqueta desemantizada que algunos listillos utilizan como modo de seguir viviendo sin tener que pensar. Todo lo contrario, pues, de lo que significó en sus inicios.

• ¿Qué significa ser de «derechas»?

Otro modo de estar instalado en la vida, que, en mi época gozaba de muy poco prestigio, y que hoy parece que está empezándolo a tener no tanto por sí mismo como por desgaste sucesivo del otro ―de ese “ser de izquierdas”― que hoy ya no lo es. Personalmente no me siento cómodo en ninguna de esas dos posturas enfrentadas sino en aquella que procura regirse por la independencia de criterio, el rigor, la justicia y la razón. Pero debo decir que continuo siendo un ferviente defensor del pensamiento utópico porque, sin él, se inicia una peligrosa marcha atrás. Mi ideal en esto es Isaías Berlin.

• ¿En qué lugar o ciudad del mundo se encuentra más a gusto?

En la de Viena, donde se extinguió mi juventud y se inició mi madurez.

• ¿Para qué sirve el matrimonio en nuestro mundo contemporáneo?

Para que dos personas que se quieren sigan queriéndose, funden una familia y lleven una vida acorde con su proyecto en común.

• ¿De qué acontecimiento histórico le habría gustado ser testigo?

De la batalla de Maratón.

• ¿Su poeta, su novelista, su dramaturgo o su escritor de cabecera?

No tengo uno solo sino muchos que van continuamente cediendo el sitio a otros que a su vez les ceden el sitio a ellos y que acaban siendo los que eran, que son siempre los que son.

• ¿Una falta o «pecado» imperdonable?

Todos en mayor o menor grado y según la circunstancia y situación. Pero la falta de generosidad es una de las cosas que más me molestan.

• ¿«Siempre se vuelve al primer amor»?

No: siempre se vuelve al AMOR, que es siempre distinto.

• ¿Una persona para Vd. admirable?

Todas las que cumplen a conciencia su trabajo.

• ¿Qué es la política?

Un mal necesario en el que todos aquellos que quieran hacer algo por el bien del mundo nunca se debieran meter.

• ¿Prefiere la bondad o la inteligencia?

Como el estoicismo rodio medio, de ascendencia platónica, pensaban que eran una misma cosa. Pero si usted las considera diferentes, elegiría la bondad.

• ¿Qué no sería Vd. nunca?

Ni fanático ni nacionalista.

• ¿Qué haría por amor?

Todo lo que no causara daño ni al prójimo ni al amor.

• ¿Qué es para Vd. la felicidad?

La concordancia del yo con el sí mismo.

• ¿Un deseo que quiera conceder a alguien?

Hace años que he sustituido el deseo por la esperanza. La mía hoy es la de un mundo en paz.

Semblanza curricular

  • Jaime Siles (Valencia, 1951). Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca. Becado por la Fundación Juan March, amplió estudios en la Universidad de Tübingen bajo la dirección de Antonio Tovar. Posteriormente trabajó como investigador contratado en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Colonia, donde colaboró con Jürgen Untermann en la redacción de los Monumenta Linguarum Hispanicarum. De 1976 a 1980 fue profesor de Filología Latina en la Universidad de Salamanca; de 1980 a 1982, por oposición, en la de Alcalá de Henares.
  • En 1983 obtuvo la cátedra de Filología Latina de la Universidad de La Laguna (Tenerife). Ese mismo año fue nombrado Director del Instituto Español de Cultura en Viena y Agregado Cultural en la Embajada de España en Austria, donde cesó -a petición propia- en noviembre de 1990. Catedrático Honorario de la Universidad de Viena (1984-1986); Gastprofessor de la Universidad de Graz (1985); Gastprofessor de la Universidad de Salzburg (1986); Visiting Professor de la Universidad de Madison-Wisconsin (1989); Profesor Visitante de la Universidad de Bérgamo (1990); Profesor de la Universidad de Berna (1990 y 1991); Ordentlicher Professor de la Universidad de St. Gallen (1989-2002) de cuya Facultad de Ciencias de la Cultura ha sido decano (1997-1998); Profesor Visitante de la de Turín (1996); Profesor Visitante de la Universidad de Ginebra (2000-1). Actualmente es Catedrático de Filología Latina.
  • Ha sido secretario de redacción de la Revista de Occidente, y Asesor de Cultura en la Representación Permanente de España ante la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas.
  • En 1973 obtuvo el Premio Ocnos; en 1983, el Premio de la Crítica de País Valenciano y el Premio de la Crítica Nacional; en 1989, el Premio Internacional Loewe de Poesía; y, en 1998, el I Premio Internacional Generación del 27. En el año 2003 fue distinguido con el Premio Teresa de Ávila concedido al conjunto de su obra y, en 2004, con el Premio de las Letras Valencianas; en 2006 ha obtenido el Premio José María Pemán de artículos periodísticos. Una lista de premios a la que cabría añadirle, más recientemente, el XIX Premio Nacional de Poesía José Hierro (2008), el XIII Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja (2009) y el XXII Premio Tiflos de Poesía (2009).
  • Desde 1991 a 1998 ha sido crítico literario del periódico ABC y, desde 1993 hasta 1997, crítico teatral en la revista Blanco y Negro; luego lo fue en La Razón y en El Cultural de El Mundo, periódico del que sigue siendo columnista; desde marzo de 2005 es crítico literario de periódico ABC. Premio Extraordinario de Bachillerato (1967), Premio Extraordinario de Licenciatura (1973) y Premio Extraordinario de Doctorado (1976), ha sido distinguido con la Encomienda de la Orden del Mérito Civil (R. D. de 23 de junio de 1990) y la Gran Cruz de Honor por servicios prestados a la República de Austria (1991).
  • Académico de número de la Real Academia de Cultura Valenciana y Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y de la Real Academia de la Historia. Ha publicado los siguientes libros de poesía hasta la fecha: Génesis de la luz (1969), Biografía sola (1970), Canon (1969-1973), Alegoría (1973-1977), Música de Agua (1978-1981), Columnae (1982-1985), Poemas al revés (1986), El gliptodonte (1987), Semáforos, semáforos (1987-1990), Himnos tardíos (1999), Pasos en la nieve (2004), Colección de Tapices (2008), Actos de habla (2009) y Desnudos y acuarelas (2009).

Entrevista de Sergio Arlandis

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