La abolición del tormento

13/07/2019 | Crítica Bibliográphica

José Manuel Pereiro Otero,
La abolición del tormento.
El inédito Discurso sobre la injusticia del apremio judicial (c. 1795), de Pedro García del Cañuelo,
Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2018, 352 pp.

ISBN 978-146-964-75-00

 

Reseña de María Teresa Glez. Cortés

La abolición del tormento es una obra en la que se analizan las discusiones que en pleno siglo XVIII recorrieron muchos de los rincones de Europa continental a causa del procedimiento (o vía de apremio) de la tortura. José Manuel Pereiro Otero, autor de La abolición del tormento, muestra con rigor histórico los argumentos que proporcionaron los juristas, filósofos y políticos del Setecientos sobre los usos y abusos, en el marco judicial, de los castigos físicos. Y, haciendo además alarde de un perfecto conocimiento del Siglo de las Luces, Pereiro Otero sitúa en el centro mismo de esas controversias el Discurso sobre la injusticia del apremio judicial, del abogado andaluz Pedro García del Cañuelo. Lo cual tiene enorme valor, histórico e intelectual. “Histórico” porque Pereiro Otero tras descubrir el texto, nunca editado, del granadino García del Cañuelo ha conseguido rescatar, 223 años después, una pieza documental de gran alcance y, de paso, rendir homenaje a la obra (que se creía perdida) de Pedro García del Cañuelo. Valor “intelectual”, decimos, porque a través del Discurso sobre la injusticia del apremio judicial García del Cañuelo pudo formular su crítica y, por tanto, exhibir su oposición a las prácticas del suplicio penitenciario que, a juicio de este español radicado en Madrid, andaban lejos de los surcos del progreso, de la racionalidad y… de los derechos naturales, hoy denominados derechos humanos.

Aunque de la vida de García del Cañuelo se desconoce casi todo, incluso sus fechas de nacimiento y muerte, sin embargo, sabemos que su Discurso sobre la injusticia del apremio judicial fue terminado posiblemente en el año 1795, seis años más tarde del estallido de la Revolución francesa, subraya Pereiro Otero. Y pese a que García del Cañuelo mostró empeño por publicar su Discurso buscando la intermediación y hasta el amparo del todopoderoso Primer Ministro Manuel Godoy, su empresa no llegó a coronar la cima del éxito. Cuitas aparte, el citado Discurso constituye un referente con pleno derecho para estar ubicado en los ejes de la tradición ilustrada española. Y hoy conocemos de primera mano la obra de Pedro García del Cañuelo cuyo Discurso, hológrafo, se transcribe y reproduce en La abolición del tormento gracias al trabajo de investigación de Pereiro Otero.

El libro La abolición del tormento ha sido publicado por iniciativa del Departamento de Estudios Romances de la Universidad de Carolina del Norte (2018) y en sus 347 páginas, además de incluirse el manuscrito original de García del Cañuelo, figuran una valiosa introducción histórica, un índice de autores, amén de una bibliografía exhaustiva, dedicada mayoritariamente al siglo XVIII.

Feliz yo si mi voz os puede traer a todos a clamar por que se disipe el error que es el Apremio para que logremos un sin número de beneficios [31v]. (Pedro García del Cañuelo [c. 1795], Discurso sobre la injusticia del apremio judicial).

Para entender algunas de las claves presentes en la obra de García del Cañuelo, diremos que este jurista que a su vez fue hijo de abogado busca a través de los 31 folios que componen su Discurso denunciar que la práctica de la tortura “no está abandonada enteramente; [que en España] no hay una Orden Superior que la haya mandado abolir” [10r]. Al reparar en los perjuicios, arbitrariedades y errores judiciales que se producen en el proceso de obtener la confesión del delito por medios coactivos, García del Cañuelo habla como un hombre ilustrado que, por un lado, se implica en asuntos de Estado y, por otro, ofrece soluciones a problemas que afectan al mal funcionamiento del Estado. Y con el deber moral y la obligación social de animar y promover, estas son sus propias palabras, “el destierro de los males políticos” [3r], García del Cañuelo persigue el abolicionismo y, lo más importante, que “los Jueces y Magistrados no abusarán de sus leyes para oprimir” [8v].

El Discurso sobre la injusticia del apremio judicial comienza con una dedicatoria dirigida al político y aristócrata Manuel Godoy. Este tipo de homenajes era muy habitual entre escritores, abogados, filósofos, científicos y artistas de la Edad Moderna. Calvino, p. e., consagró su Educación de la Religión Cristiana al monarca Francisco I de Francia, Winstanley dedicaba La ley de la libertad a Cromwell, Fichte dedicaba su escrito El estado de comercio cerrado nada menos que al ministro von Struensee, etc. García del Cañuelo haría lo mismo al consagrar su manuscrito contra la tortura a Manuel Godoy y Álvarez de Faria, el favorito del monarca español Carlos IV.

Con el optimismo del Iluminismo a sus espaldas, y al igual que les sucedió a todos los ilustrados europeos, García del Cañuelo ansía que el trabajo de su Discurso pueda dar fin a las extralimitaciones judiciales y servir, expone, “para arrancar de raíz este mal mismo” [5r]. Desde luego, abriga un compromiso patriótico a la hora de querer mejorar la administración pública, sobre todo porque las violencias que acompañan al tormento penitenciario no diluyen, aumentan la deshonra de las injusticias, a ojos del autor.

A la dedicatoria al Ministro Godoy, el Discurso sobre la injusticia del apremio judicial le sigue una introducción. Y, tras el prólogo, la argumentación de García del Cañuelo se sucederá en cascada en cuatro partes diferenciadas. Sin entrar en detalle en las mismas, pues es obligada la lectura de La abolición del tormento de Pereiro Otero, García del Cañuelo afirmará desde el garantismo legal que “nunca puede ser justo causar un mal o un daño cierto por hallar un bien que es incierto su hallazgo” [25r], entre otras cosas porque el apremio de la tortura conlleva “una pena cierta a una culpa incierta” [26r], razón por la que, para García del Cañuelo, no tienen sentido los castigos corporales que logran, sin evidencias ni certezas y solo desde la suposición de culpabilidad, la confesión de delitos por parte de los reos, acusados de ser acusados.

Reclamando la dignidad e igualdad del ser humano, tanto o más cuanto que la tortura nunca se aplicaba sobre los miembros de los estamentos privilegiados, el abogado seglar García del Cañuelo busca la proscripción y fin del tormento judicial. Y aunque, nos informa de ello Pereiro Otero, las peticiones de aplicación del tormento se encontraban en franca regresión, la apelación a la humanidad que nos une e iguala junto al recurso legal de respetar, por inviolables, los derechos humanos hace proferir a García del Cañuelo que los presos, inclusive los malhechores son “nuestros propios hermanos iguales con nosotros por naturaleza” [9v].

En esto, evidentemente García del Cañuelo sigue la huella de pensadores-juristas como Vitoria, Suárez, Soto, Azpilcueta, Tomás de Mercado, Luis de Molina, Juan de Mariana y otros miembros de la Escuela de Salamanca, que tanta ascendencia tuvieron en las ideas iusnaturalistas del abogado Hugo Grocio, del jurista e historiador barón von Pufendorf, del filósofo John Locke, entre otros.

Inscrito en la longeva tradición legislativa del iusnaturalismo y siguiendo la estela de esta jurisprudencia, para el jurista Pedro García del Cañuelo cada hombre poseía unos derechos naturales inmutables que habían de asegurar a cualquier persona su aspiración a la felicidad. Pese a la tentación humana de pisotear tales derechos, cosa que se producía en la perspectiva de Pedro García del Cañuelo con la aplicación del tormento, dichos derechos comprendían la libertad natural y la igualdad natural de todos los hombres. De este modo, no sorprende la solidez del argumentario del autor cuando este asevera que “siendo todos los hombres iguales para no tener antes ni después de la sociedad civil derecho o libertad para causar otro perjuicio o injuria natural, la misma sociedad y la Potestad Suprema no puede tener ese derecho” [19r]. Lo que implica que el Estado no puede tener más ni menos derechos que cada uno de los individuos. Así lo manifiesta claramente en su Discurso.

Por otra parte, como hijo de su tiempo, García del Cañuelo se vale de la teoría política del Contrato Social, una teoría que tanto predicamento había tenido desde Fernando Vázquez de Menchaca (1512-1569), jurista y humanista español miembro de la Escuela de Salamanca, hasta el escritor y filósofo-icono de la Revolución francesa Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), eso sin olvidar los planteamientos de figuras carismáticas como Hobbes y Locke, y sus debates en torno al mantenimiento (Locke) o no (Hobbes) de los derechos naturales en el orden (no natural) de la política. Sabido esto y vinculando el pacto social al postulado de la legitimidad jurídica, García del Cañuelo propone que “en ningún otro caso tiene derecho el cuerpo civil para causar un daño a sus miembros estéril […] porque se destruiría la sociedad causando a un socio un daño irreparable y no redituándole un bien correspondiente e iguales ambos al bien y al que tuviesen los demás; que es como debe compensarse a todos los consocios de una compañía en la cual tienen todos iguales partes” [20r].

Al abolicionismo de la tortura se unía, pues, en García del Cañuelo la defensa de los ideales iluministas basados en la igualdad, libertad y felicidad. Por este y otros motivos, Pedro García del Cañuelo merece ser reconocido y ubicado en las corrientes intelectuales que preconizaban, de la mano de Montesquieu, de Beccaria, de von Sonnenfels, de Filangieri, de Verri, etc., el fin judicial de los castigos físicos. Por este y otros motivos, debe igualmente Pedro García del Cañuelo ser vinculado al empeño de otros críticos de la tortura penitenciaria como von Spee, Jovellanos, Cadalso, Feijoo, Lardizábal y Uribe, y un sinfín de ilustrados españoles que espléndidamente ha estudiado José Manuel Pereiro Otero en La abolición del tormento.

En suma, estamos ante un libro de obligada lectura. Y no solo para especialistas, sino para alumnos de derecho, de filosofía, de ciencias políticas… Y es que, como bien acierta Pereiro Otero, “cuando este libro se enfoca históricamente en un texto muy concreto y en un momento cronológico específico con unas circunstancias sociales, culturales y económicas muy determinadas, las lecciones que se pueden extraer de su lectura no tienen esta limitación. Como desgraciadamente bien se sabe, esta discusión debe ser continua puesto que la tortura existe potencialmente en todo ejercicio de poder desmesurado” (p. 13).

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