La civilización del espectáculo

13/10/2012 | Neo-Crítica

Mario Vargas Llosa

La civilización del espectáculo

Madrid, Alfaguara, 2012, 230 pp.

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Germán Gullón
Universidad de Ámsterdam

 

La oportunidad de leer las opiniones de un escritor que gusta de desempeñar la importante función de intelectual social, comprometido con la realidad de nuestro tiempo, supone un verdadero regalo para los lectores. Un acicate para indagar y contrarrestar pareceres. Sin embargo, este volumen me ha dejado un regusto otoñal, de queja (R. Hugues) por el reposicionamiento de la alta cultura al final de la era de la imprenta, en vez de convencerme de que la civilización del espectáculo nos conduce a su fin. “Es posible que la cultura ya no sea posible en nuestra época, pero no será por esa razón [la falta de conocimientos científicos, aducida por George Steiner], pues la sola idea de cultura no significó nunca cantidad de conocimientos, sino calidad y sensibilidad” (pág. 23). De ahí, el novelista peruano pasa a calificar la literatura que triunfa actualmente de  “light, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir” (pág. 36). Asimismo la  crítica literaria padece, según el laureado escritor, un exceso de especialismo y ha desaparecido de la prensa casi por completo (pág. 36). En fin, “la obra literaria y artística pasó a ser considerada un producto comercial” (pág. 38). El libro toca otros aspectos que vienen a apuntalar su tesis, como la desaparición del erotismo, la presencia de la iglesia, que dejo de lado, pues, si se me permite, me dirijo sólo a la mayor: las razones por las que debemos sentirnos alarmados ante la banalización de la cultura en el siglo XXI.

Mucho me temo que si asumimos las tesis de Vargas Llosa volveremos a perder el tren de la Historia en el área de las culturas hispánicas. La revolución cultural social y moral que está teniendo lugar en el mundo avanzado ha sido causada principalmente por un fenómeno negativo, la mercantilización del área cultural, y uno positivo, el nacimiento de la era digital. El primero resultó muy provechoso para los escritores literarios de primera línea, pues los convirtió en autores marca, lo que les hizo conseguir un estatus personal jamás soñado antes por un escritor. Mientras que la era digital tendió a reducir su valor comercial, por la facilidad con que se pueden copiar y difundir sus textos sin pagar los cánones debidos. Ahora bien, la digitalización supone un extraordinario logro democrático del tiempo presente, el acceso gratuito al arte y al conocimiento, satisfecho al ofrecer a la ciudadanía los libros existentes de manera gratuita. Precisamente, un admirable proyecto,  la Biblioteca de la Utopía, idea del historiador Robert Danton, ofrece esa posibilidad. ¿Puede haber algo más bello que permitir la lectura gratuita de los textos más significativos, y moralmente aleccionadores, de nuestra cultura como La Regenta o La ciudad y los perros?

Retomo el adjetivo utilizado arriba, democrático. Uno de los mayores desajustes de nuestra era es la creciente desigualdad económica, por ello el ofrecer sin coste para el lector los textos del conocimiento universal constituirá un evento en la evolución social humana equivalente al descubrimiento de América o a la Revolución francesa. Como en todo cambio de rumbo histórico, el precio que pagar suele resultar alto, y precisamente la labor de los intelectuales debe contribuir a que sea el menor posible. Por supuesto, las compensaciones económicas a los autores serán organizadas de manera que no desincentiven la creación, mediante un modelo de negocio distinto. A cambio, la difusión será inigualada por ningún momento histórico desde la invención de la imprenta.

Hace falta que los intelectuales del renombre e influencia social de Mario Vargas Llosa consigan saltar sobre su sombra, lo que les impide entender las limitaciones extraordinarias de la situación actual…

Para ello hace falta que los intelectuales del renombre e influencia social de Mario Vargas Llosa consigan saltar sobre su sombra, lo que les impide entender las limitaciones extraordinarias de la situación actual. Este libro constata precisamente una situación bastante común entre los escritores que dirigen la opinión de los medios de comunicación de masas tradicionales: que existen prisioneros en la cárcel de la cultura de papel, cuyos modos y maneras no se limitan a la lectura de libros excelentes, sino a unos rituales cuestionables en el tiempo presente. La misma presentación del libro constata el hecho que describí hace más de ocho años en mi libro Los mercaderes en el templo de la literatura (2004), que semejantes actos tienen un no sé qué de ritual de paraninfo (Leopoldo Alas Clarín, dixit), que encierra el mismo en una urna, en un lugar falto de oxígeno. La sede del Instituto Cervantes de Madrid, antiguo edificio de un banco, constituye un anacronismo en la era digital, y desde luego un gasto de espacio que recuerda los excesos del ladrillo. Y allí precisamente tuvo lugar la presentación. Durante el acto estuvo acompañado por el ensayista francés Gilles Lipovetsky, y pudo ser seguido a través de la web de Prisa, aunque por supuesto sin participación del público lector. Los invitados representantes de las instituciones del Estado fungen de decorado y de claque, no cuentan como público de verdad. El diario El país, Babelia, Alfaguara, entre otros, recogieron la noticia y numerosos reportajes sobre el libro, aprisionándolo en el  círculo del papel, de los negocios que viven del papel, por cierto tan difícil de obtener en tiempos de necesidad económica. Lo cual, no se me malentienda, es lo normal en España. Lo que sí empieza a resultar  también normal es abrir los actos al gran público, a los internautas, a las gentes calificadas en el libro de superficiales, permitiendo sus preguntas. Pues la manera tradicional supone una puesta de largo más que una oferta de diálogo social sobre una cuestión palpitante (E. Pardo Bazán), usando una expresión que recuerda momentos de encrucijada en nuestro pasado cultural

Además, el cambio que está teniendo lugar supone el paso del conocimiento basado en las fuerzas del individuo –bien simbolizado por el grito dado por Miguel de Unamuno, yo, yoo, yoo, en el brocal de pozo junto a la iglesia de San Esteban en Salamanca— a las comunales. Un paso absolutamente necesario para la ciencia, para la cultura, para la democracia, precisamente porque el Internet, la era digital, permite que lo sabido por una persona se sume instantáneamente a lo sabido por otras, lo que conforma el nosotros. En las ciencias esto es ya una situación corriente, y en las letras estamos llegando a ello. Cada día me sorprende la cantidad de información que recibo de otros, las diversas perspectivas desde las que puedo abordar un problema, un asunto. No es infrecuente que al final de una conferencia alguien se acerque y me brinde una información que desconocía.  Sobre esta cuestión creo que la era digital ayuda, nos hace otear un momento histórico distinto, donde la creatividad adquirirá otro carácter.

La comunicación de una sola dirección ha caducado…

Una de las características de la era del papel es la manera en que ha sabido crear una serie de rituales que acorralan a los que confeccionan el producto, desde el autor y el libro, el crítico, que entregan al lector interesado el producto ya cerrado, con el que resulta difícil discrepar. Lo mismo sucede con las emisoras de radio. Poco a poco, muchos oyentes hemos ido apartándonos de las que no permiten que se escuche la voz de la gente común. Algunas tienen tantos especialistas de referencia, que han cortado la comunicación con el hombre y la mujer de la calle, que en nuestra época de alfabetización universal tienen mucho que decir. La comunicación de una sola dirección ha caducado. Lo cual no quiere decir en absoluto que el gran escritor, el ensayista de calidad, los libros importantes, vayan a perder importancia. No, los que lo van a perder son quienes rehusen explicar, explicarse, validar su arte, su inteligencia, ante el ciudadano. Es posible que subir el nivel del lector común cueste tiempo, pero llegará ese momento. Los cortesanos, los críticos, los escritores de renombre sin nada que aportar, tienen los días contados en la edad digital, pues nadie les va a escuchar por el mero hecho de escribir en un periódico de papel. Nadie se lo  va comprar.

Los cortesanos, los críticos, los escritores de renombre sin nada que aportar, tienen los días contados en la edad digital…

Se dice que el cambio en la narrativa de Benito Pérez Galdós se debió a la lectura de Eugénie Grandet (1833), de Honoré de Balzac. Puede ser. Lo que sí sabemos es que la novela del francés ofrecía un modelo de ficción desconocido. El argumento en vez de seguir los cauces abstractos a que le había llevado el Romanticismo se fijaba en la gente común, en este caso en un tonelero hecho millonario, y todos los detalles de la vida cotidiana, de los negocios, de la vida sentimental, de la política, aparecieron en el texto. Lo mismo que haría Galdós en La desheredada (1883). Leer novela en Francia y en España cambió, y devino el podio cultural donde se debatían las ideas, las formas de vida, y duró así durante todo la edad de la literatura (1800-1989), pero en el presente, pasado el gran siglo del cine y la televisión, el XX, en el XXI, el Internet los está arrojando del centro del podio (G. Gullón, El sexto sentido. La lectura en la era digital).

La universidad, la crítica literaria, que en el camino hacia la santificación de la filología erudita perdió su capacidad de análisis…

¿Qué hacer? El campo cultural necesita reformas, como indica con su habitual claridad analítica Vargas Llosa. La universidad, la crítica literaria, que en el camino hacia la santificación de la filología erudita perdió su capacidad de análisis, y se ganó el desdén de los no especialistas, de quienes no han tenido la suerte de estudiar cinco años en una facultad de letras (P. Bourdieu). Las reseñas de prensa, monopolizadas por los corralitos de gentes pertenecientes a grupos de interés (G. Gullón, Una Venus mutilada: La critica literaria en la España actual). En general, la falta de fluidez dentro del mundo cultural español, donde el publicista ha desplazado al intelectual. Si metemos el dedo en esa llaga quizás podamos iniciar un nuevo camino, donde la literatura comparta su riqueza, inigualable, el mayor tesoro cultural de la humanidad. Su belleza, su legado, debe mantenerse a todo coste, como el de las catedrales (O. Paz) y nuestras iglesias, por cuanto arte contienen y dicen del pasado. Debemos en estas horas bajas de la cultura tener presencia en Internet, necesitamos nuevas estrategias, que permitan salvar ese legado, y, a la vez, aprovecharnos de él.

El publicista ha desplazado al intelectual

Solo un ejemplo, la cuestión del libro digital. Parece que muchos no comprenden las oportunidades que ofrece. Hago una breve lista: la posibilidad de publicar los libros no sancionados por las editoriales tradicionales, la de seguir corrigiendo el texto a lo largo de los años, es decir, no cerrarlo, pues las versiones online lo permiten, y, por citar otra importante, la riqueza que permitirá la recontextualización en la letras y en el arte, como hace Richard Prince con Picasso, que ha sido considerada como la futura cretividad (M. Perloff).

Compartimos la defensa hecha por Vargas Llosa de la gran literatura, aunque disentimos en cuanto a la posible marginación de la misma. Se trata simplemente de una posición distinta en el continuo del desarrollo democrático, que sigue necesitando de las mejores mentes para que progrese de manera natural y fluida.

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