La revista Renacimiento

27/08/2013 | Crítica Bibliográphica

Inmaculada RODRÍGUEZ MORANTA
La revista Renacimiento (1907).
Una contribución al programa ético y estético
del modernismo hispánico

Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2012, 242 pp.
ISBN 978-84-15175-42-1

Reseña de Teresa CASCUDO
Universidad de La Rioja

Inmaculada Rodríguez Moranta empieza su libro citando a Rafael Osuna, quien utiliza la dinámica imagen de la “estampida” para caracterizar el muy considerable crecimiento de los estudios sobre la prensa y las revistas literarias al que se ha venido asistiendo en los últimos años. A veces, se cae en la simplificación de pensar que el aumento exponencial de las fuentes digitalizadas actualmente disponibles en internet suprime la necesidad de traer a la luz este tipo de documentos. Sin embargo, como bien demuestra la autora de este libro, la mera recopilación de documentos y la evidente facilidad de acceso no suplantan el necesario trabajo crítico del historiador.

Sin refugiarse en complicados presupuestos teóricos, y, al mismo tiempo, evitando con elegancia la tentación de la paráfrasis, Rodríguez Moranta ofrece una visión sobre la revista Renacimiento, al tiempo que usa la publicación como atalaya desde la que se iluminan no pocos aspectos menos conocidos o, directamente, mal conocidos de la cultura hispana de 1900. No sólo describe detalladamente su fuente –su “biografía” (pp. 25-87)–, sino que analiza su política editorial y sus contenidos, situándolos históricamente y contextualizándolos en la encrucijada de algunos de los debates intelectuales, estéticos e, incluso, políticos más importantes de la época.

Rodríguez-Moranta, en la “biografía” de la revista, proporciona, por un lado, toda la información relevante para entender el proceso de su génesis y para valorar el papel que jugaron en el mismo Juan Ramón Jiménez y Gregorio y María Martínez Sierra, así como los fundamentos de su línea editorial. Por otro lado, le da al lector la recopilación de las reseñas que salieron en la prensa española a raíz de su publicación. Mediante la lectura de este completo dossier de prensa, nos hacemos una idea del impacto que tuvo en su momento la publicación.

En esta primera parte, la autora relee fuentes primarias ya publicadas (como, por ejemplo, el epistolario entre Juan Ramón y los Martínez Sierra, editado por Ricardo Gullón en 1961), sacándoles partido para narrar, casi día a día, las fases por las que transcurrió el proyecto antes de que la revista llegase al público. Sobre todo, le queda claro al lector que se trató de una iniciativa bien pensada, cuya línea editorial se sintetiza en el título. Es particularmente interesante la discusión que, llegada a este punto, desarrolla la autora para interpretar las implicaciones de la elección de semejante título. Más allá de las explicaciones personalistas, apoyadas en el supuesto carácter optimista y asertivo de Gregorio Martínez Sierra, Renacimiento refleja un importante punto de articulación y de cierta conciencia generacional de los autores agrupados en este momento bajo la etiqueta del modernismo. Citando a Lily Litvak, Rodríguez Moranta la vincula con “la conciencia de los jóvenes escritores de estar viviendo una nueva época, un renacimiento primaveral que puede vincularse a una relativa confianza en el resurgir de los pueblos latinos” (p. 65). Como luego demuestra en las secciones siguientes, este modernismo tiene múltiples facetas.

La concepción del poeta “como privilegiado observador de la realidad”…

En la sección titulada “Credo ético y estético”, Rodríguez Moranta sitúa Renacimiento bajo la influencia de dos magisterios. Uno es internacional: se trata del ejercido por la transmisión de la obra de Thomas Carlyle (1795-1881). El segundo, aun siendo de origen internacional, tuvo una proyección inaudita en el entorno hispano: me refiero al krausismo. En mi opinión, en este libro queda mejor argumentada la primera influencia que la segunda. Por ejemplo, resulta muy ilustrativa la contraposición de una cita de la traducción española de Los héroes (1841) –que fue reeditada en 1907 y cuya recepción, por lo tanto, es estrictamente contemporánea de Renacimiento– con un fragmento de uno de sus editoriales. De esta forma, se evidencia esta influencia sobre todo en lo que se refiere a la concepción del poeta “como privilegiado observador de la realidad” (p. 97) y de su labor como una especie de “apostolado” (p. 100). En esta combinación y su carácter programático reside también parte del fundamento de la tesis de Rodríguez Moranta que se resiste a reducir el trabajo de los escritores asociados en torno a esta publicación al mero decorativismo. El esteticismo, como dice en otro punto, se considera “un instrumento moral aplicable a fines éticos” (p. 92).

La referencia al papel asumido por el “pensamiento krausista”

La autora apuntala el papel de esta influencia carlyliana con la referencia al papel asumido por el “pensamiento krausista” (p. 107). Sin embargo, aquí no va más allá de constatar la semejanza entre el programa pedagógico difundido en España desde la Institución Libre Enseñanza, entre otros, por el influyente Francisco Giner de los Ríos, y una cierta apología del poeta como pedagogo que se puede encontrar en las páginas de Renacimiento. Existe una proximidad, sin duda: Juan Ramón fue alumno de la Institución y María Martínez Sierra estudió en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, que formaba parte del mismo entorno. Sin embargo, esa influencia me parece demasiado general como para otorgarle la misma significación que a la del Carlyle. Así, por ejemplo, el proceso de sustitución del talento por el trabajo como valores positivos asociados al artista y a la obra de arte, atribuidos por la autora a la influencia del krausismo, forma parte de un contexto más amplio, del que no fue ajena la progresiva profesionalización de las actividades artísticas en todos los países occidentales. Esta especie de conciencia social de perfil moderado y psicologista se adecúa además perfectamente a la caracterización social burguesa de estos autores, un aspecto en el que Rodríguez Moranta no entra.

En la última parte de este volumen, titulada “Amplitud y eclecticismo cultural”, se caracteriza el modernismo plural y multifacetado que defendió Renacimiento. Es de destacar la meticulosidad con la que Rodríguez Moranta muestra aspectos que habitualmente son relegados a un plano secundario, silenciados por el efecto de discursos más autoritarios. Cuando la pluralidad se elige como línea maestra de actuación de una corriente o de un grupo, parece siempre más difícil definir su perfil y, en consecuencia, también resulta más difícil valorar su influencia. Incluso el término “eclecticismo”, usado por la autora, nos remite a un determinado imaginario discursivo caracterizado, precisamente, por el rechazo hacia actitudes menos “puras”. En términos de género, podríamos hablar de un discurso “feminizado”, cuyo tono conciliador se distancia de la beligerancia de numerosos manifiestos artísticos publicados en esta misma época.

Renacimiento también mantuvo las puertas abiertas a la literatura de toda América, la hispana y la anglosajona…

Por ejemplo, incluso hoy en día, saturados como estamos algunos por la propaganda vertida en los medios de comunicación, puede resultar sorprendente descubrir la actitud de vivo y sincero interés que la revista tuvo por las diferentes identidades culturales y lingüísticas que existen en España, en particular por la catalana. Ya entonces se trataba de una postura minoritaria, contra la que se manifestaban intereses comerciales y políticos más altos. Renacimiento también mantuvo las puertas abiertas a la literatura de toda América, la hispana y la anglosajona, proponiendo una alternativa al predominio francófilo en las letras españolas. Además de subrayar la importancia de estos intercambios culturales, Rodríguez Moranta también destaca y analiza con solvencia la pervivencia, entendida dentro del modernismo, del realismo y del lirismo intimista decimonónicos. Este “realismo sentimental” se confirma como una de las tendencias más marcadas en las páginas de la revista. Lo caracterizan el apego por los lugares próximos y cotidianos, la asumida subjetividad y la huida de cualquier retoricismo que muestran algunas de las obras publicadas entonces en primicia. ¿Podríamos hablar de un modernismo burgués? Resulta facilón y redundante utilizar esta expresión, que, sin embargo, sintetiza el programa de la revista y, por ende, de quienes, contra todas las dificultades, se empeñaron en que saliera en 1907.

Descubrir la consistencia programática de esta publicación es uno de los grandes méritos de este libro. En retrospectiva, no se puede dejar de apreciar su voluntad de asimilación de las transformaciones sociales y económicas traídas por la modernización y de corrientes literarias menos trilladas en Madrid. La corta vida de la revista también revela algo acerca de la indiferencia de su entorno. Todos los proyectos periodísticos de este estilo –bien pensados y actuales respecto a su época, aunque también fuesen efímeros y minoritarios– merecerían la misma atención que Inmaculada Rodríguez Moranta ha prestado a Renacimiento.

:

*     *     *

Los comentarios están cerrados.

© 2011 Academia Editorial del Hispanismo | Todos los derechos reservados