Manuel Á. Candelas Colodrón: Lectura sin aliento

24/06/2011 | Neo-Crítica

 

Manuel Ángel Candelas Colodrón

Lectura sin aliento

Ignacio Martínez de Pisón, El día de mañana, Barcelona, Seix Barral, 2011, 382 pp.

Compré el libro el viernes pasado. Lo dejé reposar un par de días con miedo a no ser capaz de tirar de él. Empecé a meterle el diente el sábado. Pero cuando vi la primera frase, la primera, supe que me iba a enganchar. Cuando llevaba unas veinte páginas comenzó una especie de tensión en la lectura que fue creciendo poco a poco. A veces conseguía un clímax extraordinario y dejaba reposar breves instantes el libro. Aprovechaba para cumplir con la naturaleza o para recoger la ropa o para preparar algo de cena, pero siempre apurado, temeroso de estar perdiendo algo. Regresaba a la página abandonada y proseguía con una agitación única, de esas que no puedes ni quieres evitar. Cuando llegué al ecuador del libro entendí que estaba muy cerca de una obra singular: sólo correspondía esperar por el resto del libro y mirar si se cumplían las expectativas.

Estas, de modo sistemático, iban cuajando definitivas, incluso ampliadas a cada paso que daba. Los personajes que contaban la historia de Justo Gil se alternaban para atarme, secuestrado, al ritmo completamente extraordinario de la narración. La Barcelona que tenía delante, la menestral, la comercial, la obrera, la funcionarial del franquismo, construida con retazos para mí tan familiares, probablemente con los mismos materiales o parecidos con los que Ignacio Martínez de Pisón construye este libro, cobraba un interés cada vez mayor, con constantes pequeños relatos de vidas enteras resumidas en apenas dos páginas. Nada de esa ciudad, que conozco a través de la imprescindible literatura de escritores/as barceloneses de postguerra, parecía escapar al espejo de esta narración. Para los que como yo leímos con devoción a Tusquets, a los dos Goytisolos (incluso a los tres), a Marsé, a Barral, a Gil de Biedma, a Vázquez Montalbán, a Mendoza, entre tantos otros (Luis Romero incluso), el libro de Pisón se convertía en una auténtica alegría.

Dejé por fatiga lectora doscientas páginas para hoy. El domingo el libro quedaba en plena efervescencia política de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Pero hoy la historia, con una frenética sucesión de episodios y de relatos densos, de innumerables detalles precisos, acabó por derrotarme por KO total. Con las últimas páginas ralenticé la lectura: demoré el tiempo, di alguna vuelta hacia atrás, consulté algunos mapas, algunas fechas, algún nombre relativamente conocido. Me di a mí mismo un poco de aliento. Pisón, además, como si hubiese reconocido el nervio alterado de la lectura, concedía terreno para el humor con la aparición de una familia palindrómica de la que no oso contar nada: esa técnica clásica del anticlímax, a pocos metros del final del relato, capaz de encender aún más al lector ya entregado. Así, las últimas palabras de esta fascinante novela fueron leídas con la mezcla apasionante de melancolía por el final de la historia y la intensidad mayúscula de quien asiste al final de una deliciosa obra maestra.

 

© Manuel Ángel Candelas Colodrón
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