Ramón Rubinat Parellada

07/06/2014 | Diálogos Académicos

Ramón Rubinat Parellada

«La filosofía de Gustavo Bueno tiene una vitalidad,

un empuje y una potencia crítica

que hacen que resulte tan contundente como atractiva»

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Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida
Escritor y corrector de textos

Autor galardonado con el V Premio Internacional
de Investigación Científica y Crítica «Academia del Hispanismo»
sobre Literatura Española 

 

Ramón Rubinat Parellada (Balaguer, 1970) es doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida y máster en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Antonio de Nebrija. Ha sido lector de lengua y literatura españolas en la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), en la Universidad de Provenza (Francia), en la Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros (Corea del Sur) y en la Universidad de la Guajira (Colombia). Ha publicado artículos de crítica literaria en la revista digital El Catoblepas y es autor del dietario satírico No son tontos, son gigantes (www.ramonrubinat.com).

Ramón RUBINAT PARELLADA
Crítica de la obra literaria de Javier Cercas.
Una execración razonada de la figura del intelectual

2014, 252 pp. / 39,00 €
ISBN 978-84-15175-87-2

 

 Entrevista

1. Su obra Crítica de la obra literaria de Javier Cercas. Una execración razonada de la figura del intelectual ha sido galardonada con el V Premio Internacional «Academia del Hispanismo» de Investigación Científica y Crítica sobre Literatura Española 2014 ¿Qué supone para Vd. esta concesión?

Me satisface enormemente: por el reconocimiento que me ha dispensado el jurado y porque el trabajo de tesis se ha publicado en Editorial Academia del Hispanismo, es decir, porque se ha valorado positivamente lo que he hecho y porque el libro está auspiciado por un sello editorial, especializado en Teoría de la Literatura y Crítica literaria, que ha conseguido un merecido prestigio.

 

2. ¿Por qué una «execración razonada contra la figura del intelectual»?

Porque execrar es «criticar severamente» y esto es lo que he hecho: una crítica —ya que establezco valores y contravalores— severa. Y para ello he aducido razones, porque razonar —tomo la definición de Jesús G. Maestro— «es relacionar de forma ordenada y lógica unos criterios que, comunes a todos, todo el mundo pueda comprender y utilizar». Y ello me ha servido para enfrentarme dialécticamente, es decir, científicamente, con la realidad que critico (porque entiendo la dialéctica como una figura gnoseológica y no como figura retórica). Y esta execración se dirige contra el intelectual, concretamente contra el intelectual «en sentido estricto» o «formato-1», según la clasificación que Gustavo Bueno hace de esta figura, ya que este perfil coincide, punto por punto, con la caracterización que Cercas hace de sí mismo. Y critico la condición de intelectual de Javier Cercas porque, a partir del estudio de sus obras literarias y su Teoría de la Literatura, he conocido las ideas que Cercas maneja sobre asuntos de lo más diverso y he advertido que su condición de intelectual influye en su literatura y la perjudica, puesto que muchas de las ideas y conceptos que Cercas objetiva en ella presentan una inviabilidad de orden lógico causada por el conocimiento doxográfico que maneja el autor.

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3. ¿Y por qué precisamente Javier Cercas?

A raíz de una polémica periodística provocada por un artículo del profesor Francisco Rico, Javier Cercas, para defender a su maestro, sostenía que en el Periodismo es lícito mentir. Él, concretamente, se refería a la mentira mediante la perífrasis: «contar una verdad emancipada de la tiranía de lo literal». Sucedió, entonces, que Arcadi Espada, tomándole la palabra, publicó un artículo en el que se hacía eco de una noticia, emancipada de la tiranía de los hechos, según la cual, Cercas había sido detenido en una redada contra el proxenetismo efectuada en un burdel de Arganzuela. A Cercas se le planteaban, entonces, dos opciones: aceptar la verdad emancipada de la tiranía de lo literal (admitir que lo detuvieron en el burdel) o enmendar su teoría (admitir que, en un periódico, no se puede mentir). Nuestro autor, de todos modos, escogió una tercera opción: interpretar aquello como un ataque personal.

En aquel momento yo estaba haciendo una sustitución en la universidad e impartía la asignatura de «Análisis de textos periodísticos», así que decidí tratar aquel asunto y, por tanto, di con otras teorías de Cercas acerca de la idea de verdad que, por su extravagancia y ridiculez, me produjeron la misma sorpresa que aquella verdad emancipada de lo literal. Poco tiempo antes, había descubierto la Teoría de la Literatura desarrollada por Jesús G. Maestro sobre la base del sistema filosófico de Gustavo Bueno y había quedado fascinado: Maestro había construido una teoría de naturaleza racionalista, científica, crítica y dialéctica que resultaba devastadora a la hora de triturar los sofismas que instruyen otras teorías. Decidí, pues, simultanear las dos lecturas: las obras de Cercas y la teoría de Maestro.

Un día, desayunando con un amigo, le conté lo que estaba haciendo y él me dijo que, si me servía de aquella teoría para criticar los ilogicismos de Cercas, el resultado de aquella operación podía constituir, perfectamente, un trabajo de tesis doctoral. Así me lo pareció y aquella misma tarde me puse a ello.

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Cercas se equivoca, efectivamente, porque no existe tal verdad de la literatura…

4. En determinado momento, escribe Vd. lo siguiente: «Dogmático, iluso, nihilista y caótico, Cercas pretende el esclarecimiento de una verdad literaria moral y universal. Y se equivoca. Y ningún especialista en narrativa cercasiana lo ha advertido». ¿Puede explicarnos el por qué de esta afirmación? ¿Por qué «se equivoca Cercas»? ¿Cree que la crítica literaria actual es endogámica, o simplemente ciega o incluso acrítica?

Parto de una observación de Jesús G. Maestro: «Pretender que la literatura sea una verificación del mundo, y que, cual ciencia categorial o libro sagrado, sea posible exigir o extraer de ella el contenido o la revelación de una verdad, moral, ideológica, teológica o de cualquier otro tipo, es una falacia gnoseológica que solo puede conducir al dogmatismo más irracional o a la ilusión más trascendente» y la contrasto con el objetivo gnoseológico que Cercas persigue con su literatura: «[La Literatura] no sirve para crear belleza, sino para decir la verdad». La idea de que la Literatura tiene como finalidad decir una verdad es la base sobre la que se edifica toda la teoría literaria cercasiana: «Me limito a hacer lo mejor posible mi trabajo, lo cual significa tratar de decir la verdad; en unos libros por una vía y en otros por otra. Esa, me parece, es la única tarea moral de un escritor».

Cercas se equivoca, efectivamente, porque no existe tal verdad de la literatura y, en la medida en que él se obstina en buscarla, amasarla, fundirla, asediarla, perseguirla, etc., y afirma que la Literatura sirve para decir la verdad y que esta es la única tarea moral del escritor, Cercas se desplaza, de la Teoría de la Literatura, a la Teología de la Literatura. Dogmático, por tanto. Cuando Cercas afirma, respecto del miliciano que no denunció a Sánchez Mazas, que «cuando alguien mira a los ojos a otra persona no la puede matar, es imposible. Porque ve a un hermano, a un tipo que es como él», se nos presenta abiertamente como un iluso. Y, en la medida en que todas estas confusiones se incrementan, debido a la asunción y reformulación acrítica que nuestro autor hace de la epistemología aristotélica en torno a las ideas de realidad y ficción, el embrollo resultante acostumbra a concretarse en una formulación nihilista (como afirmar que las historias o los lectores no existen) o en una formulación caótica (como afirmar que el pasado es una dimensión del presente; el presente, una dimensión del pasado, y que el futuro también puede ser una dimensión del presente). Por tanto: dogmático, iluso, nihilista y caótico.

Yo creo que hay muy pocos críticos, pues todos aquellos que critican acríticamente, al asumir fideístamente aquello que no entienden, pierden esta condición y devienen difusores literarios…

Toda crítica debería justificar su proceder, presentar al lector el origen y el desarrollo de cada operación. Esto, obviamente, no es lo habitual. Y no me estoy refiriendo al criterio estético. En una novela se objetivan ideas y conceptos y, por tanto, el crítico debería ocuparse competentemente de ellas y ellos. La pregunta, entonces, es: «¿Cómo se filosofa sin sistema?» Dicho de otro modo: o uno hace una crítica sistemática o está obligado a suplir la carencia del sistema mediante el auxiliador y versátil «acto de conciencia». Yo creo que hay muy pocos críticos, pues todos aquellos que critican acríticamente, al asumir fideístamente aquello que no entienden, pierden esta condición y devienen difusores literarios. Esto es lo que les sucede a muchos expertos en narrativa cercasiana; de hecho, en Crítica de la obra literaria de Javier Cercas he tratado de demostrar que gran parte de los trabajos que se presentan como críticas literarias, en realidad no son más que ejercicios retóricos, elucubraciones delicuescentes. Creo que la explicación de esta pobreza hay que atribuirla, por un lado, insisto en ello, a la carencia de un sistema filosófico (no se puede tratar doxográficamente la geometría de ideas de un texto) y, por otro lado, a interferencias de orden pragmático (miedo a represalias, sumisión al criterio editorial de una revista, ánimo de congraciarse con el autor, las perturbaciones psicológicas que nos generan la amistad y la admiración, etc.)

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La filosofía de Gustavo Bueno tiene una vitalidad, un empuje y una potencia crítica que hacen que resulte tan contundente como atractiva

5. En su obra, las referencias al sistema de pensamiento construido por Gustavo Bueno, el Materialismo Filosófico, son constantes. ¿Tiene futuro el Materialismo Filosófico en sus relaciones con la literatura y crítica de la literatura?

El trabajo de Gustavo Bueno, a pesar de no tener el reconocimiento que se merece, tiene asegurada la pervivencia gracias a las tres oleadas —si ya no son más— que se han dado en la evolución del Materialismo Filosófico. Tiene, esta filosofía, una vitalidad, un empuje y una potencia crítica que hacen que resulte tan contundente como atractiva.

Yo creo que también hay que reconocer el ingente trabajo realizado por Jesús G. Maestro al construir la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico. Con la obra de Maestro sucede exactamente lo mismo que con la filosofía de Bueno: su potencia crítica no tiene igual y es inmensa la distancia que la separa de tantas teorías literarias construidas a partir de sofismas, doxografía y retórica. El problema, en este caso, es que a muchos literatos les parece que la Literatura es el ámbito de la libertad y que la Literatura nos dice cosas que uno debe sentir e interpretar a partir de su sensibilidad y su biografía (porque, cuando interpretamos a partir de la razón, precisamos de un sistema). Súmese a lo anterior el hecho de que al autor literario y, concretamente, al poeta, se le sigue considerando una especie de iluminado que, a través de sus metáforas, es capaz de balbucear lo inefable, atisbar esencias, hollar lo profundo o rozar misterios. La obra de Maestro interesa poco por dos motivos: porque su aprendizaje requiere un esfuerzo (a Maestro, como a Bueno, no hay que leerlos, sino estudiarlos) y porque la aplicación de esta Teoría de la Literatura mostraría la indigencia de muchos autores, la condición falaz de las ideas que manejan y la necesidad que tienen de buscar el socorro de la retórica para sostener sus discursos.

No sé el futuro que le espera a la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico, pero sí está claro que este futuro estará estrechamente vinculado a la necesidad que tengan los literatos (las personas «versadas en literatura») de enfrentarse críticamente a los textos. Si son diligentes, aquí tendrán el utillaje necesario para desarrollar competentemente su actividad; si no lo son, es normal que quieran seguir con lo suyo.

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O se tiene un sistema de pensamiento o se improvisa…

6. Su obra es resultado de una tesis doctoral que, en cierto modo, inaugura un nuevo «horizonte de expectativas» en este género de trabajos de investigación: la crítica a la obra literaria de un intelectual contemporáneo. ¿Qué ocurriría si más investigadores siguieran su ejemplo, y se dedicaran a criticar, de forma tan sistemática, desde esta nueva teoría literaria, basada en el Materialismo Filosófico, la obra de muchos de nuestros actuales escritores?

Hay una escena que siempre que se produce me genera mucha rabia, pero que, en cuanto la pienso un solo instante, no puedo más que aceptarla como normalísima. La situación es la siguiente: unos días antes del inicio de Semana Santa, el Director General de Tráfico aparece en la tele y asegura que van a aumentar los controles de velocidad y viene a decirnos que nos van a cazar como moscas. Es un anuncio que no afecta en absoluto a aquellos conductores que cumplen las normas de circulación y, en cambio, previene a aquellos que se las saltan; se trata, por tanto, de una advertencia positiva. Si aplicásemos la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico a las obras de nuestros actuales escritores ocurriría lo que tiene que ocurrir, lo normal, lo más lógico y conveniente, lo que siempre debería ser: veríamos que hay autores (intuyo que no muchos) que cumplen las normas (y que, cuando las subvierten con sus autologismos, los textos siguen preservando su inteligibilidad, pues los autores restauran normativamente la symploké que ellos mismos han violentado), es decir, que objetivan en sus obras una serie de ideas consistentes, bien concatenadas, transgresoras, etc., y permiten que las entendamos, y también veríamos que hay muchos otros que acuden a la retórica para suplir la carencia de un pensamiento mínimamente articulado y comprensible.

Los autores que remiten la significación del signo lingüístico a su particular psicología se están cargando el proceso de comunicación literaria…

El problema es que no pueden darse más opciones: o se tiene un sistema de pensamiento o se improvisa. ¿Cómo se pueden objetivar en una obra, como hace Cercas, las ideas de heroicidad, identidad, santidad, traición, lealtad, salvación, redención, verdad, mentira o realidad, sin haberlas pensado antes? ¿Y cómo las podemos pensar sin disponer de un sistema que nos impida conducirnos a la aporía? La respuesta es que no podemos. Y esto es lo que Cercas hace, conducirse a la aporía, y por eso lo hemos criticado. Los autores que, al tratar contenidos lógicos, remiten la significación del signo lingüístico a su particular psicología se están cargando el proceso de comunicación literaria. Y esto, un crítico, debería decirlo. El problema es que, para que el crítico pueda decirlo, primero tiene que haberlo advertido. Y volvemos a lo mismo: si el crítico no dispone de un sistema de pensamiento será incapaz de detectar estos ilogicismos. Por eso, los índices de siniestralidad literaria entre los actuales escritores y críticos son tan elevados.

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7. Entonces, intelectuales…, ¿para qué?, ¿para quién?

Para satisfacer la necesidad de sus clientes. Los fieles de una ideología que son incapaces de estudiar o leer críticamente y que, no obstante, quieren disponer de una opinión respecto de los asuntos que la prensa trata a diario, tienen, en la figura del intelectual (en «sentido estricto»), al transductor ideal, a uno de los suyos, al encargado —tomamos la expresión de Bueno— de «predigerir la papilla ideológica» que ha de alimentar su curiosidad. Entonces, después de haber recibido una píldora de conocimiento, es decir, el artículo periodístico o la aparición televisiva de su interventor, el creyente considera que domina el tema y ya puede dar rienda suelta a sus convicciones en la barra de un bar o en la barra de un chat. El proceso es el siguiente: me entero de una novedad, no sé qué pensar, acudo a mi intelectual, recibo una instrucción exprés y ya puedo enrocarme a gusto y defender una idea que es conforme a mis principios.

La función del intelectual es tanto informativa como terapéutica, por eso son tan necesarios. Su contrafigura, el experto, es difícil de aceptar, pues su discurso resulta ininteligible y aburrido para todos aquellos que no lo aprecian, lo cual supone un dramático descenso de la cuota de pantalla o una disminución en la venta de periódicos. La extinción del intelectual, o la reducción de su número, requiere un plan de ataque que debe iniciarse en la educación primaria y abarcar toda la vida del individuo. Uno no puede saber de todo, pero sí debemos aprender cómo se busca y dónde buscar y cómo enfrentarnos críticamente a lo que leemos.

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8. ¿Qué impresión ha causado su libro en el mundo académico, entre sus colegas? ¿Alguna reacción entre los intelectuales? ¿Le han dado algún consejo desalentador?

Todavía es muy pronto; de hecho, he recibido muy pocas respuestas de los lectores. Lo que sí he hecho ha sido explicar, en distintos foros, el trabajo que he llevado a cabo. La reacción de mis interlocutores acostumbra a ser de rechazo. Los principales argumentos que esgrimen es que hay que distinguir entre lo que dice el autor y lo que dicen los personajes, y que en la Literatura «todo vale», que la Literatura es el «ámbito de la libertad». Mi respuesta consiste en remitirles al libro, recomendarles que lean lo que está escrito en él (y no lo que ellos creen que he escrito) y que atiendan a la Ontología de la Literatura que allí se defiende, a la distinción entre los tres géneros de materialidad y, concretamente, a la distinción entre contenidos psicológicos (la fenomenología literaria) y los contenidos lógicos. Les digo que un autor puede escribir lo que le dé la gana pero que, cuando se trata de subvertir un contenido lógico, debe restaurarse inmediatamente la symploké entre las tres materialidades, que el autologismo que no se justifica normativamente será todo lo subversor que el autor quiera pero que, si este se reserva para sí la comprensión del mismo, estará destruyendo el proceso de comunicación literaria. Explico todo esto pero no cala, se me ve como un intolerante o censor, como alguien que coarta la libertad creadora, y esto les resulta inadmisible. Cuando les argumento que no hay mayor censura que la construcción de un texto impenetrable, que el solitario no es un juego de grupo, tampoco lo ven; creen que el lector llena huecos, ve oscuridades, completa sentidos, infiere caminos y demás eufemismos para referirse a que el lector, a partir de lo que no entiende, se inventa lo que no hay. Entonces les digo que figurarse lo que no está en el libro, no es un acto lector, sino un acto de construcción literaria, un acto de autor literario, pero no lo admiten. Y, claro, no nos entendemos. Alguno hay que sí ha aceptado mi trabajo, que entiende la Ontología de la que parto, el criterio que aplico, las aporías a las que me enfrento y, por tanto, las conclusiones a las que llego.

No me han dado consejos, solo me trasladan la reticencia ante lo que les parece un acto de censura o de restricción de la libertad creadora, y de ahí no hay quien los saque. Yo les emplazo a leer el libro pero, como no les gusta lo que les he dicho, dudo de que lo lean.

Y, a esto, hay quien lo llamará: «diálogo».

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El pastel universitario, al menos en el ámbito de Letras, que es el que más conozco, acostumbra a estar en manos de individuos que promueven el irracionalismo…

9. Entre las citas iniciales de Cercas que menciona en su libro, figura esta: «En la universidad puedes escribir cosas totalmente incomprensibles que reciben el aplauso general, porque en la academia, cuanto más incomprensible es una cosa, más gusta» ¿Qué opinión le merece actualmente la Universidad en España?

Daré, en efecto, mi opinión, pues desconozco estudios o exámenes que hayan tratado este asunto y, por tanto, poco sé, aunque algo he visto.

En las carreras de Letras se da el caso de que los alumnos que ingresan en la universidad tienen graves carencias, tanto en la expresión como en la compresión de textos escritos y orales. Se trata de individuos que, a pesar de estas carencias, se van a dedicar, principalmente, a la lectura e interpretación de textos y, además, van a tener que expresar y argumentar estas interpretaciones. Si estos alumnos, en lugar de recibir una instrucción que les ayude a superar estas carencias y progresar rápidamente (¡porque en la Universidad este progreso sí es posible!), se encuentran con un profesorado que, según Cercas, escribe «cosas totalmente incomprensibles que reciben el aplauso general, porque en la academia, cuanto más incomprensible es una cosa, más gusta», entonces no hay solución posible. Si, como afirma Cercas: «En la universidad es posible dar gato por liebre con una facilidad extraordinaria. Tú puedes decir “la analepsis propiléptica [sic] de tal y tatalcual…” y quedas muy bien […] nadie entiende nada, ni siquiera los propios universitarios», no hay nada que hacer. Si nos libramos al irracionalismo y damos gato por liebre, ¿qué esperamos?, ¿por qué nos quejamos?, ¿qué les podemos exigir a los alumnos?

La Universidad debería abandonar esta dejadez, prestigiarse y ser lo más elitista posible… Una cosa es que estudien los buenos y, otra, que estudien los ricos

Creo que la Universidad debería abandonar esta dejadez, prestigiarse y ser lo más elitista posible. Conste que digo elitista («minoría selecta» [y selecta quiere decir «que es o se reputa como mejor entre las cosas de su especie»]) y no clasista, que es algo muy distinto. Una cosa es que estudien los buenos y, otra, que estudien los ricos. Mi maestro de taekwondo, que formaba parte del equipo olímpico de Corea del Sur, pertenecía a una élite deportiva en la que ninguno de sus alumnos llegamos a ingresar, y a todos nos parecía lo más normal del mundo que aquel individuo fuese nuestro maestro y que formase parte del equipo olímpico. Este tipo de obviedades deberían darse, también, en la Universidad: de hecho, el elitismo, en la Universidad, debería ser una obviedad, un pleonasmo. El problema es que el pastel universitario, al menos en el ámbito de Letras, que es el que más conozco, acostumbra a estar en manos de individuos que promueven el irracionalismo o se dedican a dar gato por liebre o se pasan la vida enseñando notas al pie de la Historia de la Literatura. También los hay, por supuesto, que serían buenísimos vasallos, si oviessen buen señor; pero no solo no lo tienen, sino que se ven obligados a soportar el capricho de burócratas y mediocres, de auténticos profesionales del lastre que se ocupan, exclusivamente, de procurarse un provecho que jamás obtendrían en la vida civil.

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Las universidades de cada país están sometidas a muy distintos tipos de miseria

10. Vd. ha trabajado en universidades extranjeras…, ¿son realmente mejores que las nuestras, o se trata a veces de una falsa creencia?

Digo, con toda rotundidad, que es una falsa creencia. Es cierto que en todas partes hay buenos profesionales que hacen su trabajo a pesar de encontrarse en un entorno mediocre y, en ocasiones, a pesar de encontrarse inmersos en un sistema corrupto; pero no es menos cierto, y mi experiencia docente en el extranjero me ha permitido comprobarlo, que las universidades de cada país están sometidas a muy distintos tipos de miseria. Unas veces es la compraventa de títulos (el aprobado general); otras veces es la excesiva politización de las facultades o el sometimiento a unas rutinas anacrónicas; otras veces es el cumplimiento de un sistema de cuotas que sitúa determinadas cuestiones biológicas, sociológicas o biográficas por encima de la competencia académica del individuo, etc.

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Dudo mucho que aquellos —que son muchos— a los que he criticado atiendan a lo que he escrito…

11. ¿Cree que Javier Cercas responderá de alguna forma a su Crítica…?

No lo sé. De todos modos, y puesto que la controversia es filosófica, la confrontación debería producirse en los foros adecuados: arrieros somos y nuestro camino son las publicaciones científicas, las instituciones culturales y las aulas universitarias. Allí estaré, cuando sea preciso, y defenderé mi criterio ante quien sea, que sé muy bien lo que he hecho y por qué lo he hecho. Toda respuesta que no se dé en estos contextos, no me interesa. No obstante, poco espero. Supongo que el libro se silenciará y que, de obtener alguna respuesta, básicamente serán ataques personales por parte de los exégetas cercasianos. Dudo mucho que aquellos —que son muchos— a los que he criticado atiendan a lo que he escrito.

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EL TEST DE LOS LECTORES

  • ¿Qué personaje histórico le habría gustado ser y por qué?

Lope de Vega, porque supo de todo.

  • ¿Cuál ha sido el último libro que más le ha impactado en su lectura?

El libro sobre el que vuelvo una y otra vez es la Genealogía de la literatura, de Jesús G. Maestro, una obra que requiere toda la atención del lector, y no por la oscuridad de sus contenidos —pues no creo que puedan formularse de manera más clara—, sino por todo lo contrario: por la cantidad de ideas novedosas y las relaciones que el autor establece entre todas ellas, y por los ejemplos que presenta, y por la visión totalizadora que nos proporciona, según la cual, atendiendo a los modos y tipos de conocimiento desarrollados en cada obra, en la Literatura se dan «cuatro familias»: la Literatura Primitiva o dogmática, la Crítica o indicativa, la Programática o imperativa y la Sofisticada o reconstructivista. Léanlo, háganme caso, y advertirán que, si atendemos al tipo de razón desplegada en cada obra, nuestra actividad interpretativa adquiere una potencia y una claridad que desconocíamos.

Quiero destacar, también, las obras de María Teresa González Cortés. Lean Distopías de la utopía, El espejismo de Rousseau o Los monstruos políticos de la Modernidad, síganla por estos libros y, a pesar de las reticencias que les surjan, perseveren, que el desengaño no es un manjar agradable pero aprovecha de veras. Y, además, ¡qué bien escribe!

  • ¿Cree Vd. en algún dios?

No.

  • ¿Un sueño que le persigue y que aún espera realizar?

Enfrentarme a un auditorio que haya leído Crítica de la obra literaria de Javier Cercas, explicar qué he hecho en el libro (es decir, repetir aquello que el auditorio ya sabe) y que, en el turno de preguntas, todos los que me interpelen lo hagan para criticar el sistema que he utilizado o el modo en que lo he aplicado. Lo habitual es que individuos que no te han leído critiquen aquello que ellos creen que dices o, y esto todavía es más alucinante, aquello que ellos creen que piensas y no has dicho.

  • ¿Qué canción le trae recuerdos?

Son muchas… Pero sí recuerdo el primer día que escuché cantar a Silvia Pérez Cruz. Desde entonces estoy rendido al arte de esta mujer genial.

  • ¿Qué significa ser de «izquierdas»?

Según el uso vulgar del término, ser de izquierdas consiste en estar a favor de la emancipación de los sojuzgados y en contra de los opresores (las gentes de derechas). Este maniqueísmo hace que todo aquel que no se reconoce públicamente de izquierdas, es decir, todo aquel que no está públicamente a favor de la emancipación del sojuzgado, se convierta, automáticamente, en un opresor, es decir, en alguien de derechas. Este perfectísimo esquema hace que los tibios pasen a formar parte del bando opresor, pues su inhibición frente a la injusticia implica que la consienten. Y luego está, por supuesto, la enorme distancia que separa a aquellos que, asumiendo el esquema maniqueo, se dicen de izquierdas (los son formalmente) y viven como los ricos opresores (hacen materialmente lo que se supone que hacen las gentes de derechas). La inadecuación entre la forma de la etiqueta y la realidad material de sus vidas dice la condición sofística de estos individuos. No se puede ganar siempre, pero ellos lo procuran. Y no se trata de abandonar el lujo, sino de abandonar la necedad.

Otra cosa es haber leído El mito de la izquierda, de Gustavo Bueno, y, por tanto, conocer el origen del término (consecuencia de la Asamblea Constituyente francesa), el sentido metafísico-mítico que adquirió, la clasificación entre izquierda definida (y las 6 generaciones que comprende) y la izquierda indefinida (la extravagante, la divagante y la fundamentalista), y que entre ellas no se ha dado una convivencia, sino una constante dialéctica y, en muchas ocasiones, el conflicto directo, y que decirse «de izquierdas», sin más precisión, es algo tan vago que equivale a no decir nada.

  • ¿Qué significa ser de «derechas»?

Según el maniqueísmo al que hemos hecho referencia en la respuesta anterior, el uso habitual del término indica que las gentes de derechas son unos individuos dedicados a sojuzgar a los débiles. Todas estas mitologías, y otras por el estilo, se vienen abajo cuando uno, ¡volvemos a Bueno!, lee su ensayo El mito de la derecha. Allí aprendemos que la derecha se asocia históricamente al trono y al altar, a las estructuras de poder del Antiguo Régimen, y que, a partir de este punto y, de resultas del surgimiento de la izquierda (¡concepto topográfico!), aparece la derecha como concepto conjugado con el de izquierda. Bueno distingue tres modulaciones: la derecha primaria, la derecha liberal y la derecha socialista; y nos advierte de que el dualismo primero no era izquierda/derecha, que, por ejemplo, no lo había en las Cortes de Cádiz (donde sí se daba el dualismo Anticristo/Cristianismo), y que el maniqueísmo actual es resultado de la reinterpretación de la oposición realista/liberal. El problema, según Bueno, es que habitualmente nos regimos por un pensamiento deíctico: nos basta con apuntar con el dedo para indicar algo pero somos incapaces de definirlo, y entonces, para salir del aprieto, acudimos a definiciones míticas. Nosotros, siguiendo a Bueno, negamos la definición unívoca de «derecha» y consideramos que, frente a las definiciones metafísicas del concepto, es preferible clasificarlo pertinentemente y definirlo en cada una de sus modulaciones.

  • ¿En qué lugar o ciudad del mundo se encuentra más a gusto?

Por razones profesionales, he vivido tres años en Corea del Sur (lo cual me ha permitido viajar por distintos países de Asia) y también en Estados Unidos, Colombia, Francia, Croacia, Inglaterra… Viajar me ha vuelto eurocéntrico y bastante intransigente. Europa, por mucho que les pese a quienes jamás han salido de aquí y viven su comodidad como si fuese un tósigo insoportable, es donde mejor se vive, y lo es por una razón: porque este es uno de los pocos lugares en los que se reconoce la personalidad jurídica del individuo. En Europa, independientemente de todo lo que nos queda por avanzar, el individuo cuenta. Aquí es donde los grupos no hegemónicos viven mejor. No digo que vivan bien, digo que viven mejor que en otras partes, y viven mejor porque hay leyes que los reconocen como personas y los amparan.

  • ¿Para qué sirve el matrimonio en nuestro mundo contemporáneo?

El matrimonio por la Iglesia tiene un valor sacramental y, por tanto, para los creyentes es de una gran trascendencia. Por esta misma razón, no entiendo por qué la Iglesia casa a determinadas parejas: en muchas ocasiones, la distancia que hay entre las instrucciones que los sacerdotes dan a los contrayentes y las ideas y el modo de vida de estos es tan abultada que aquella grotesca inadecuación convierte la ceremonia en una farsa. ¿Por qué van? ¿Por qué les casan? El matrimonio civil es un sucedáneo pero cumple las funciones del rito. Sucede, no obstante, que la utilidad del matrimonio puede ser de lo más prosaico, como, por ejemplo: un requisito para poder ir a trabajar a otro país con tu pareja. Cuando el sucedáneo se desustancia todavía más y pasa a convertirse en trámite burocrático, es decir, en una condición de carácter instrumental impuesta desde fuera, el matrimonio sirve para lo mismo que nos sirve el pasaporte, la maleta o el billete de avión.

  • ¿De qué acontecimiento histórico le habría gustado ser testigo?

De la Era de los Descubrimientos. De la llegada de las naves de Colón a las «Indias occidentales». La circunnavegación de Juan Sebastián Elcano. El viaje de Vasco de Gama…

  • ¿Su poeta, su novelista, su dramaturgo o su escritor de cabecera?

Mi poeta de cabecera es Josep Maria Rodríguez y lo es, fundamentalmente, porque tiene una inusual habilidad para la metáfora. Aristóteles dejó escrito en la Poética que lo más importante para el poeta es «saber servirse de las metáforas, que, en verdad, esto solo no se puede aprender de otro». La habilidad para establecer asociaciones es lo único que no se aprende ni se puede plagiar; podemos ampliar nuestros conocimientos, leer, estudiar, etc., pero el establecimiento de las relaciones responde únicamente al genio del poeta. Digo aquí que pocos he conocido tan habilidosos como Josep Maria Rodríguez. Respecto a los autores teatrales, mi dramaturgo de cabecera es Federico García Lorca. Lorca es capaz de augurar lo trágico («Pisas, y al fondo de la calle relincha el caballo») o de explicarlo («Pero montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta») en un solo verso. Respecto a los novelistas, son tantos… Cervantes, por supuesto, o Flaubert, que es capaz de describir a la Bovary con una sola frase («Deseaba a la vez morir y residir en París»).

  • ¿Una falta o «pecado» imperdonable?

No estudiar al contrario. Esta dejadez grita nuestra soberbia, nuestra inseguridad o nuestra pereza.

  • ¿«Siempre se vuelve al primer amor»?

¡No! ¡Ni hablar! Entonces había mucha fiebre y ningún seso. No quiero desandar ni un milímetro. Estoy muy bien como estoy.

  • ¿Una persona para Vd. admirable?

Mi padre.

  • ¿Qué es la política?

Tomo la definición de Jesús G. Maestro, que la ha formulado de manera perfecta, tanto por lo que dice como por la brevedad del enunciado: «la política es la administración del poder, es decir, la administración de la libertad».

  • ¿Prefiere la bondad o la inteligencia?

La inteligencia.

  • ¿Qué no sería Vd. nunca?

Fiel a mis principios. Los hay que nacen y, apenas se yerguen, les cuelgan una mochila repleta de principios y ellos la pasean durante toda su vida, orgullosísimos del conocimiento heredado.

  • ¿Qué haría por amor?

Lo que hago a diario: quererla mucho.

  • ¿Qué es para Vd. la felicidad?

Estar en compañía de las personas a las que quiero y desparramar la conversación mucho más allá de lo que es preciso.

  • ¿Un deseo que quiera conceder a alguien?

Que todos los idealistas tenga la inmensa suerte de que jamás se cumplan sus ideales.

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Texto © Ramón Rubinat Parellada & Editorial Academia del Hispanismo
Fotografías © Betty Borrallo

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