Sobre la Leyenda Negra

06/07/2014 | Crítica Bibliográphica

Iván VÉLEZ,
Sobre la Leyenda Negra,

Madrid, Ediciones Encuentro, 2014, 328 pp.
Prólogo de Pedro Insua.
ISBN 978-84-9055-029-8

Reseña de Jesús G. Maestro
Universidad de Vigo

La historia de cada país, y España no es en absoluto una excepción, es siempre superior e irreductible a la mitología de las leyendas sobre su origen, evolución o actualidad. De hecho, la Historia suele comenzar precisamente cuando la interpretación mítica se convierte ―se hace legible e inteligible― en interpretación científica. Como es bien sabido, la escritura tiene mucho que ver con el nacimiento de la Historia y sus posibilidades de conocimiento científico. La escritura ―de sobrevivir― es siempre una reliquia de altísimo valor histórico[1]. Los dioses no escriben ―con frecuencia ni siquiera dan muestras de inteligencia, sino de violencia, habitualmente homicida―, escriben los seres humanos. No por casualidad Darwin (1859) instauró en la antesala de la Historia del ser humano una genealogía cuya biología evolucionista desterró científicamente toda fabulación creacionista y toda mitología religiosa. Desde entonces vivimos en la conciencia de la evolución. Por más que la evidencia de la razón trate de negarse, acaso hoy más que nunca, en nombre de una suerte de «nostalgia de la barbarie» (Bueno, 1971), y de retrotraerse a una especie de genealogía neomítica desprendida de la Historia de los Estados, para quienes saben leer la realidad en términos científicos y filosóficos no cabe aceptar semejantes leyendas.

El libro de Iván Vélez que acaba de publicar Ediciones Encuentro, con prólogo del filósofo Pedro Insua, examina precisamente, desde criterios científicos e ideas filosóficas, y siempre a partir de datos documentales muy bien probados, no solo la mitología que subyace a la leyenda negra antiespañola, sino algo mucho más importante: los procedimientos que las potencias enemigas de España, en particular de la España de los Siglos de Oro, y también de la Edad Contemporánea, llevaron a cabo en todos los ámbitos posibles ―industrial, financiero, científico, social, político, literario, mercantil, jurídico, religioso…― con la intención constante de destruir el Estado español y la imagen de España. Por desgracia, como demuestra el libro de Iván Vélez, estas tendencias persisten en la actualidad de nuestros días, en la posmodernidad hormonante de los nacionalismos contemporáneos, que en todos los casos suponen una retrogresión hacia formas neomíticas de sociedades humanas.

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La fuerza del irracionalismo

Uno de los aspectos que más llama la atención en la construcción y diseño de la Leyenda Negra, como destaca Pedro Insua en su prólogo, es que responde siempre a los mecanismos de “omisión” y “exageración” de datos y hechos. La peor mentira, suele decirse, es una verdad a medias. Y en la Historia, las “verdades a medias” operan como fundamentos de auténticas falacias. La concentración y deformación de hechos, datos e ideas, presentados y confitados desde ideologías al uso, han asegurado a la Leyenda Negra antiespañola una presencia aún vigente en nuestros días.

Pero lo que más llama la atención en toda esta mitología elaborada, articulada y subvencionada por las potencias históricamente enemigas de España es la fuerza sobresaliente del irracionalismo, capaz de imponerse a la realidad de los hechos y datos de la Historia documentada. Tomemos el ejemplo de la expulsión de los judíos, que menciona en su obra Iván Velez y también subraya Pedro Insua en su introducción. Todo el mundo sabe que en 1492 España decreta la expulsión de los judíos de su territorio estatal. Pero no todo el mundo sabe, ni quiere saberlo, que en 1290 Inglaterra expulsa a todos los hebreos de su geografía política (incluida Gascuña, entonces bajo dominio de Eduardo I). Francia destierra a los judíos en 1306. Hungría lo hace en 1349 y Austria en 1421. Lituania los expulsa en 1445. Portugal, en 1497. Asimismo, las diferentes ciudades-estado de las actuales Italia y Alemania echan a los hebreos de todos sus territorios durante los siglos XVI y XVII. Sin embargo, parece que solo España expulsó a los judíos. Es un ejemplo de los múltiples que pueden reconocerse documentalmente tras una interpretación científica y documentada de la Historia. ¿Por qué las nuevas ideologías que se vierten y se imponen, sobre todo desde la posmodernidad contemporánea, y en particular en los medios académicos y universitarios, se construyen y expanden desde la ocultación de estos datos y hechos? ¿Es esa la forma de hacer Historia del New Historicism?

Es una realidad muy grave, académicamente al menos, pues “es a través del prisma negrolegendario como gran parte de la sociedad española obtiene su visión de la Historia de España” (Vélez, 2014: 18). Resulta muy preocupante, desde el punto de vista científico, cómo la ideología y la psicología social han invadido el mundo académico para perpetrar en él interpretaciones abiertamente contrarias a la realidad de la ciencia y de la documentación históricas[2].

La renovación de los estudios de Historia, Filosofía y Filología, no vendrá de la obra escrita por historiadores, filósofos y filólogos contemporáneos (si se me permite este último oxímoron): vendrá, en todo caso, de científicos activos en otros campos categoriales, como la biogenética, la astronomía o la matemática, por ejemplo, ciencias no democráticas, esto es, no tan directamente inflamables por la cultura, la ideología o los prejuicios de la psicología imperante, según momentos, en las diferentes sociedades humanas. Muchas de las libertades de que gozaron los Humanistas de la Ilustración se debieron a los descubrimientos científicos de la Astronomía, la Matemática y la Física desarrolladas durante el Renacimiento. Los pomposos “hombres de Letras” han sido extraordinariamente parasitarios de los esfuerzos llevados a cabo, desde siempre, por quienes se han dedicado, en condiciones con frecuencia mucho más adversas, a la práctica de las Ciencias experimentales. Los libros son, con más frecuencia de lo que se creen quienes los escriben, refugio de cobardes más que laboratorio de valientes. Entre Erasmo de Róterdam y Galileo Galilei hay algo más que doscientos años de diferencias.

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Imperios generadores e Imperios depredadores

Una de las grandes aportaciones de este libro de Iván Vélez es la de basarse, a la hora de interpretar la mitología de la Leyenda Negra antiespañola, en la dialéctica que es necesario establecer entre imperios generadores e imperios depredadores. Esta interpretación se la debemos al filósofo Gustavo Bueno, artífice del Materialismo Filosófico como sistema de pensamiento. En particular, esta dialéctica está perfectamente expuesta en su libro ―libro clave― España frente a Europa (Bueno, 1999).

Siguiendo a Bueno y a Vélez, imperios generadores son aquellos que comparten con las sociedades humanas intervenidas las tecnologías ―políticas, lingüísticas, culturales, económicas, mercantiles, religiosas, etc.― de la sociedad humana invasora. Depredadores son aquellos imperios que no solo no comparten la tecnología propia, sino que la usan en exclusiva para exterminar la realidad que habita en el territorio intervenido. Un rasgo fundamental del imperio depredador es el de no mezclarse jamás biológicamente con la población aborigen del espacio ocupado, algo que ha caracterizado puritanamente al imperio inglés, que colonizó Norteamérica “en familia”, al viajar los colonos siempre con sus esposas, y mantener en reservas, recintos o guetos a la población nativa. Imperios depredadores han sido el inglés, el francés, el holandés y el portugués, entre otros varios (de sobra está mencionar el Nazismo [González Cortés, 2007]). Imperios generadores han sido el de Alejandro de Macedonia, el Imperio Romano, el de Carlomagno y el español, y en cierto modo también el de la Rusia soviética, sin cuyo potencial industrial muchos de los antiguos países satélites no habrían podido disponer, en su momento, de la expansión económica de que disfrutaron, si bien de forma fugaz.

El tema no es trivial, porque uno de los rasgos identificativos de todo imperio depredador es la prohibición de los denominados “matrimonios mixtos” (blanco / negro en los Estados Unidos proesclavistas; judío / ario en la Alemania nazi; colonizador / colonizado, etc…). No por casualidad el término bastardo, vocablo de ascendencia inglesa (bastard), penetra en el español a través del francés (bastart). Los vocablos genuinos españoles para designar a un descendiente natural o a un hijo o hija de español e indígena son, respectivamente, alnado y criollo. Por lo que respecta a España siempre se han silenciado estos hechos y estos datos. Léase a Iván Vélez. Nótese cómo obra el Protestantismo en la configuración negrolegendaria antiespañola:

Alemania y los Países Bajos recogerán el testigo italiano, intensificando y ampliando las acusaciones contra España, siendo en principio los viajeros y comerciantes que anduvieron por España quienes comenzaron a construir los primeros relatos en los que se irían fijando las cualidades que para los alemanes tenían los españoles. Tras este inicio en el que se señalaba a los españoles como astutos y codiciosos, fundamentalmente los ataques tendrían un trasfondo racial y religioso. La presencia de judíos y sarracenos en España espanta a estos cronistas germanos tanto como el hecho de que los españoles contrajeran matrimonio con indias o negras, circunstancia que obtuvo la cobertura legal cuando el día 14 de enero de 1514 se permite, por Real Cédula, el matrimonio entre españoles e indias. Este permiso se suma, en la línea proteccionista e igualitaria, a la prohibición, expresada el 20 de junio de 1500 por la reina Isabel, de traer indios a España o someterlos a servidumbre. El mestizaje hispano ya lo habría impulsado oficialmente Isabel I en 1503, al ordenar al gobernador Nicolás Ovando ―agente introductorio del orden hispánico― que fomentara matrimonios mixtos, «que son legítimos y recomendables porque los indios son vasallos libres de la Corona española» (Vélez, 2014: 76-77).

Piénsese que si los colonizadores españoles del Siglo de Oro hubiesen querido anular el progreso de las sociedades indígenas del continente americano, jamás les habrían enseñado a leer y escribir en español. Les habrían preservado en el uso de sus lenguas indígenas. Y de haber hecho algo así, habrían evitado y retrasado durante acaso algunos siglos más toda posibilidad de emancipación: porque, entre otras cosas, a Voltaire, a Rousseau, a Montesquieu…, los traducían al español, pero no al náhuatl, ni al quéchua. Lo que tienen las lenguas del imperio es que, con frecuencia, liberan de vivir recluido en un “tercer mundo semántico”.

Adviértase que la Iglesia, a fin de mantener bien controlada a la población indígena, sí preservó las lenguas aborígenes[3]. Los curas hablaban latín, español y náhuatl, pero preferían que los aztecas solo hablaran náhuatl[4]. En palabras de Vélez:

Del polémico asunto de la lengua y de su implantación en las comunidades indígenas ―muchos clérigos, no sin la oposición regia, predicaron y preservaron las lenguas vernáculas― se ocupará el jurista Juan de Solórzano Pereira (1575-1655). El autor de Política indiana abogaba por obligar a los indios a aprender el español con un objetivo último: conseguir «hombres políticos», para lo cual debían ser atraídos a las ciudades e integrarse en instituciones hispanas de carácter civil y religioso. Los objetivos no eran nuevos, pues éstas eran las originarias indicaciones que se dieron con un objetivo: la construcción de un imperio generador, civilizador en suma (Vélez, 2014: 71).

A fin de demostrar la validez y coherencia de las tesis de Vélez en su monografía, léase esta cita del antropólogo Marvin Harris, quien demuestra bien a las claras las acciones de imperios depredadores como el portugués, el británico y el francés sobre el continente africano. Porque algo que no se dice habitualmente es que la Leyenda Negra que se vertió sobre España desde la Edad Moderna hasta hoy recayó desde la segunda mitad del siglo XX sobre la totalidad de los imperios depredadores europeos de la Edad Contemporánea ―los mismos que la diseñaron y promovieron contra España―, como bien ha sugerido Pascal Bruckner en su obra La tyrannie de la penitence. Essai sur le masochisme occidental (2006).

En el año 500 de nuestra era, los reinos feudales de África occidental (Ghana, Malí, Shanghay) se parecían mucho a los europeos, con la única diferencia de que el Sahara aislaba a los africanos de la herencia tecnológica que Roma había legado a Europa. posteriormente, el gran desierto impidió que se extendiesen hacia el sur las influencias árabes, que tan gran papel desempeñaron en la revitalización de la ciencia y el comercio europeo. Mientras que los ribereños de la cuenca mediterránea hacían en barco el comercio y la guerra, y se convertían en potencias marítimas, sus iguales de piel oscura que habitan al sur del Sahara tenían como principal preocupación cruzar el desierto y carecían de motivación para las aventuras marítimas. Por eso, cuando en el siglo XV los primeros barcos portugueses arribaron a las costas de Guinea, pudieron hacerse con el control de los puertos y marcar el destino de África durante los 500 años siguientes. Después de agotar las minas de oro, los africanos se pusieron a cazar esclavos para intercambiarlos por ropa y armas de fuego europeas. Esto ocasionó un incremento de la guerra y las rebeliones, así como la quiebra de los estados feudales autóctonos, con lo que se frustró prematuramente la trayectoria del desarrollo político africano y regiones enormes del interior se convirtieron en tierra de nadie cuyo producto principal era la cosecha humana que se exportaba a las plantaciones de azúcar, algodón y tabaco del otro lado del Atlántico.

Cuando terminó el comercio de esclavos, los europeos obligaron a los africanos a trabajar para ellos en los campos y en las minas. Entretanto, las autoridades coloniales hicieron todos los esfuerzos posibles para mantener a África subyugada y atrasada, fomentando las guerras tribales, limitando la educación de los africanos al nivel más rudimentario posible y, sobre todo, evitando que las colonias desarrollasen una infraestructura industrial que podría haberles permitido competir en el mercado mundial una vez que consiguiesen la independencia política (Harris, 1989/2008: 113-114).

He aquí la clave de todo imperio depredador: privar a la población de los territorios ocupados de la tecnología del colonizador.

Pero el racionalismo de la documentación histórica se combate desde la psicología social de las ideologías, con frecuencia de signo neohistoricista. Como ordalía del psicologismo antioccidental, la retórica de la culpa y la sofística del arrepentimiento son de origen y tradición francesas: nacen con Montaigne y llegan hasta Sartre, pasado decisivamente por individuos como Rousseau (González Cortés, 2012). Vertidas originariamente en formato negrolegendario contra el imperio español y la envidiada empresa de descubrimiento, conquista y colonización de América, que Francia, Holanda e Inglaterra hubieran deseado protagonizar —con un potencial exterminador del que habría estado excluida la alianza sanguínea con la población colonizada—, la misma retórica confeccionada parala Leyenda Negraalcanza en el siglo XX a la Alemania que sobrevive al Nazismo, a la Francia que no sabe qué hacer tras la guerra de Argelia, a la Inglaterra que es artífice contemporáneo de incontables conflictos poscoloniales (Palestina, Israel, Afganistán, Corea, Irán, Irak, etc…), por no hablar de los Estados Unidos de América… A Pascal Bruckner le impresiona, sin sorprenderle, “el talento con el que la clase de los filósofos recrea e inventa la culpabilidad” (2006/2008: 28). Bruckner está pensando en “la fusión entre la extrema izquierda atea y el radicalismo religioso” (29). ¿Por qué?, porque “si la ultraizquierda corteja con semejante constancia a esta teocracia totalitaria, tal vez sea menos por oportunismo que por afinidad real. Ella, que no ha hecho jamás el duelo por el comunismo, demuestra una vez más que su verdadera pasión no es la libertad, sino la servidumbre en nombre de la justicia” (Bruckner, 2006/2008: 30).

Bruckner critica insistentemente lo que califica la “contrición inextinguible” (33) de Europa, la rentabilidad de la autodenuncia, y el “orgullo singular de ser los peores” (37), a la vez que se silencia el hecho innegable de que si el Viejo continente “cometió las peores atrocidades”, también “habilitó los medios para erradicarlas” (33) a diferencia de lo que ha sucedido y sigue sucediendo en otros continentes. Europa, a diferencia de otros territorios, es consciente de su propia leyenda negra. Sin embargo, esta épica negrolegendaria proporciona posmodernamente un placer vanidoso, un narcisismo masoquista, que se objetiva en la supremacía de la expresión del odio hacia uno mismo, simulando de este modo una apariencia de virtud. Sin embargo, tras esta hipocresía de virtud se esconde el monopolio de la propia barbarie: Europa “sólo admite su propia barbarie, ésa es su arrogancia, pero se la niega a los demás, encuentra para ellos circunstancias atenuantes (lo cual sólo es una manera de negarlas toda responsabilidad)” (38). Y protagonismo en el crimen.

Son demasiados los países de África, de Oriente Próximo y de América Latina en los que se confunde la autocrítica con la búsqueda de un chivo expiatorio cómodo que explique sus desgracias. Nunca es culpa suya, siempre se atribuye a un tercero importante (Occidente, la globalización, el capitalismo) […]. Al negar a los pueblos de los trópicos o de ultramar toda responsabilidad en su situación, se los priva en consecuencia de toda libertad, se los devuelve a la situación de infantilismo que inspiró toda la colonización (Bruckner, 2006/2008: 43).

Señalo todos estos datos e ideas, porque su relación y pertinencia con las tesis de Iván Vélez es explícita en su coherencia y reconocimiento: la historiografía española ha tenido que soportar, políticamente, una falacia inadmisible desde todos los puntos de vista científicos. Y el propio Estado español ha hecho, históricamente, muy poco, como reconocía muy tempranamente el propio Quevedo ―uno de los primeros en hacerlo―, para contrarrestarla. España, en realidad, ha cuidado muy poco de sí misma. Y sigue sin hacerlo.

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Más datos documentados

Cada página de esta obra de Iván Vélez Sobre la leyenda negra está perfectamente documentada, desde criterios históricos, conceptos científicos e ideas filosóficas. No estamos ante una obra más sobre el tema, sino ante un libro actual y de referencia sobre este asunto histórica y actualmente de máxima importancia.

Las arqueas documentales de la Leyenda Negra antiespañola, sus gérmenes primigenios, se sitúan en la Italia del siglo XV, y alcanzarán una fuerte expresión a lo largo del Renacimiento europeo ―momento decisivo fue el saqueo de Roma, el 16 de mayo de 1527[5]―, cuyo arranque es un

sentimiento de desprecio con el que los italianos, quienes se tenían por los herederos de la Roma clásica, miraban a unos españoles que no solo eran unos ocupantes extranjeros, sino que también eran sospechosos de ser el fruto de la mezcla racial con pueblos infieles como el musulmán o el judío (Vélez, 2014: 32).

No por casualidad Antonio de Ferraris, en Il Galateo, en su escrito De educatione, como claro precedente de Masson de Movilliers, se pregunta qué han aprendido los italianos de los españoles. Apenas en el mismo siglo, Cervantes podría haberle respondido desde las páginas de su novela ejemplar La señora Cornelia (1613), en la que los caballeros españoles Juan de Gamboa y Antonio de Isunza enseñan a razonar a Lorenzo Bentibolli, hermano de la señora Cornelia, a fin de evitar una tragedia familiar. En la literatura cervantina, el racionalismo de los españoles se impone con frecuencia al escaso uso de la razón que hacen muchos otros personajes, con frecuencia no españoles, y casi siempre no pertenecientes al estamento nobiliario. No se olvide que el loco por antonomasia de la literatura cervantina es un noble venido a menos, el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Desde el Renacimiento europeo, la hispanofobia no hace más que crecer por todo el orbe, irradiándose desde Italia, pero de forma muy particular durante los Siglos de Oro por la geografía luterana, ansiosa de una expansión imperialista truncada por España. Toda la industria del Protestantismo se orientará febrilmente a combatir la monarquía católica hispana.

En 1567, el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada concluye la redacción de su obra El Antijovio, destinada a desautorizar el escrito de Jovio, obispo de Nocera, según el cual todo lo relativo a la conquista de América por parte de España se resumía en esquilmar el nuevo continente para subvencionar las guerras en Centroeuropa. El tópico no ha dejado de repetirse acríticamente desde entonces. Ocurrió que El Antijovio de Gonzalo Jiménez de Quesada resultó silenciado por la historia, y se publicó de forma extemporánea, por vez primera, en 1952, en Bogotá, en edición crítica de Manuel Ballesteros Gaibrois, y gracias al Instituto Caro y Cuervo. La refutación de la obra de Jovio vio la luz después de 385 años de haberse escrito. Pocos países como España han puesto tan escaso interés en defenderse documentalmente frente a sus enemigos. Durante siglos, la hispanofobia no encontró obstáculos a su paso.

Iván Vélez advierte cómo la más atractiva literatura, con frecuencia en lengua inglesa, no desaprovecha ninguna ocasión para confitar y enriquecer, con todo tipo y lujo de detalles, el teatro negrolegendario de la sociedad española. La resonancia que la inquisición española, la crueldad española, el catolicismo español, la monarquía española, la milicia española, y, en suma, todo español, adquiere de forma siempre negativa en innumerables obras literarias de las Edades Moderna y Contemporánea da para varias tesis de doctorado en materia de Letras. De Edgar A. Poe a Jorge Luis Borges, pasando por Los hermanos Karamazov (1880) de Dostoievski y alcanzando al mismísimo Don Juan de Torrente Ballester (1963), la sociedad española del Siglo de Oro, en particular la sociedad política, se ha presentado siempre ennegrecida por la Inquisición, como si esta institución fuera un invento patentado por España, y como si el luteranismo, inquisitorialmente hablando, no hubiera existido jamás[6]. Las páginas de una obra aparentemente tan inocente y popular como Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe no escatiman párrafos enteros a destacar la crueldad internacional y proverbial de los españoles, a quienes el protagonista teme incluso más a que los propios caníbales que pueden arribar a su isla procedentes de archipiélagos afines.

Paralelamente, como sugiere Vélez en su libro, las figuras y contrafiguras de la negrolegendaria mitología antiespañola se suceden poco a poco: a un “sádico Torquemada” se contrapone un liberal y tolerante Erasmo de Róterdam (hombre este último que con toda probabilidad no supo del mundo real más que lo que aprendió leyendo, desde el momento en que trató más con libros que con personas: no dudo de que este trato, diferido e intermediado, con la Humanidad sea muy fructífero, pero también sé que es muy irreal. Y muy lujoso. No todo el mundo puede permitírselo, y aún menos en los siglos XV y XVI).

El capítulo 3 de Sobre la Leyenda Negra está dedicado a la Inquisición española y a la cuestión de la expulsión hebrea. De los datos aducidos y contrastados por Vélez se desprende que las consecuencias de la expulsión se han magnificado en todos los terrenos: principalmente en el cultural y en el económico. Lo cierto es que las cosas no habrían sido históricamente muy diferentes en ambos ámbitos con la presencia de los judíos en España. Ni ellos eran la salvaguardia financiera del Imperio y ni en sus manos estaba la esencia del Hispanismo. Ningún grupo humano, de hecho, lo es ni lo fue, más allá de un moderado lapso de tiempo, de ningún imperio y de ninguna cultura. Léase a Vélez, en particular las páginas 44-64. Y no olvidemos esta cita:

En cuanto al control ideológico ejercido por la Inquisición en España, éste impidió, insistimos en el argumento, las grandes masacres y guerras de religión que asolaron Europa. A la cabeza de tan trágicos sucesos podemos situar la matanza del día de San Bartolomé del 24 de agosto de 1572, coincidiendo con el reinado en España de Felipe II, con París como escenario inicial, desde donde se extendieron conflictos religiosos por toda Francia. Sin embargo, la persecución a los calvinistas no cesaría con esta nocturna jornada, así, durante el reinado de Luis XIV y Luis XV continuó dicho hostigamiento. No existe en la historia española ningún suceso de carácter religioso que acarreara tal mortandad (Vélez, 2014: 80).

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Conciencia de la hispanofobia

Vélez señala con frecuencia que muy pocos han sido los españoles que tomaron conciencia crítica de la hispanofobia (Gonzalo Jiménez de Quesada, Francisco de Quevedo, Juan Valera, Parzo Bazán, Julián Juderías, etc…) Sobre todo si tenemos en cuenta la cantidad de españoles que han profesado ―y profesan― en sus filas (en las de la hispanofobia). Un ejemplo reciente es el de Rafael Sánchez Ferlosio, quien a propósito de las efemérides del V Centenario del Descubrimiento de América escribe un texto titulado Esas Yndias equivocadas y malditas. Comentarios a la historia, en el que condena sin paliativos todo lo hecho por España en América, sin sentido crítico de la Historia y sin comparación alguna con lo ejecutado por imperios como el inglés o el francés, sin ir más lejos. En palabras de Vélez sobre Ferlosio:

Así, pues, la actuación española en América vendría impulsada por la voluntad de poder. Ello explicaría, siempre desde su perspectiva [la de Ferlosio], la indisposición para el trabajo manual de los españoles, cuestión que le sirve para elogiar, por contraste, a los puritanos que llegaron a Norteamérica, esos cuyos descendientes, y esto lo decimos nosotros [no Ferlosio], redactaron las leyes de remoción de los indígenas. La afirmación, sin embargo, es falsa, pues existen documentos que demuestran que personajes de la talla de Cortés, Pizarro o Valdivia se mancharon las manos no solo con sangre, suciedad harto denunciada por Ferlosio, sino también con otras sustancias más telúricas. Ferlosio, ajeno a la distinción que venimos empleando entre imperios generadores y depredadores, trata con mucha mayor suavidad la actuación holandesa (Vélez, 2014: 66-67).

Y como Ferlosio, varios más. Seguramente en busca de público y aplausos posmodernos. Pero dejemos por el momento a los españoles hispanófobos para hacer referencia a una figura a la que debemos la invención ―muy seguramente― del mito del buen salvaje, que más tarde patentará Rousseau en obras como Emilio, o de la educación (1762). Me refiero a Michel de Montaigne[7], un autor cuya obra contiene el diseño asistemático de las lisérgicas esencias posmodernas. Montaigne se inspira en la obra del italiano Girolamo Benzoni, Historia del Nuevo Mundo (1572). De aquí brotan los primeros gérmenes de esa figura ―silvestre, idealizada y narcotizante― que más tarde crecerá formateado por Rousseau, hasta convertirse en un ideal destruido por la labor de los españoles en América. Léase a Vélez (2014: 71 y ss).

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Los escritos de Las Casas frente
a la jurisprudencia de Francisco de Vitoria

Cuando, a propósito de la leyenda negra antiespañola se habla de Las Casas, no se contrasta la obra de este clérigo con la de otros de sus contemporáneos, como Sepúlveda o Vitoria. Tampoco se contrasta con profundidad las causas y relaciones de su escrito, tan promocionado por la industria holandesa y protestante, acerca de su Brevísima (ultimada en Valencia en 1542 e impresa en Sevilla en 1552 por Jacome Cromberg como editor), traducida inmediatamente al holandés, al francés, al inglés y al italiano, con todo tipo de grabados e ilustraciones detalladas sobre el martirologio indígena llevado a cabo por los crudelísimos españoles.

Lo que Las Casas plantea, al igual que los difusores de su Brevísima, es una dialéctica simple y falsa, que enfrenta, sin más, a españoles depredadores contra nativos indefensos, y tras la cual se ocultan dialécticas más complejas: las poblaciones precolombinas no formaban sociedades compactas, solidarias y humanitarias. Mantenían entre sí feroces enfrentamientos, y estaban muy lejos de ser el ideal del buen salvaje inventado por Montaigne y confitado por Rouseeau ―y revitalizado por Foucault y los posmodernos contemporáneos bajo el mito del multiculturalismo (González Cortés, 2010)―. Pero esto es algo que los promotores de la Leyenda Negra antiespañola siempre han silenciado, como bien señala Iván Vélez en diferentes puntos de su libro. Y cito para corroborar esta argumentación al antropólogo Marvin Harris:

La religión precolombina de los aztecas constituye la gran excepción a la que aludí antes. A diferencia de otras deidades eclesiásticas, los dioses del Estado azteca tenían ansia de carne humana, sobre todo de corazones humanos frescos. Según la creencia azteca, no satisfacer este ansia podía acarrear la destrucción del mundo. Por esta razón, el sacrifico humano se convirtió en la función más importante de la casta sacerdotal azteca. La mayoría de los hombres sacrificados eran prisioneros llevados a Tenochtitlán, la capital azteca, por los comandantes militares. Se obligaba a la víctima a ascender las pirámides truncadas, que dominaban los recintos sagrados de la ciudad; allí la agarraban cuatro sacerdotes, uno por cada extremidad, y la colocaban boca arriba sobre un altar de piedra. A continuación, un quinto sacerdote abría el pecho de la víctima con un cuchillo de obsidiana, le extraía el corazón que aún latía y lo restregaba por la estatua de la divinidad que presidía la ciudad. Luego los ayudantes echaban a rodar el cuerpo peldaños abajo. Otros ayudantes cortaban la cabeza, la atravesaban de lado a lado con una vara de madera y la exponían en una gran estructura enrejada preparada al efecto, junto a los cráneos de las víctimas anteriores […].

 El banquete redistributivo antropofágico de los aztecas proporcionaba a los guerreros cantidades sustanciales de carne en recompensa de su éxito en el combate. Los miembros de la expedición de Cortés encontraron en el tzompantli principal, situado en la plaza mayor de Tenochtitlán, los cráneos de 136.000 víctimas. Sin embargo, no pudieron hacer el recuento de otro grupo de víctimas cuyas cabezas se habían amontonado en dos altas torres hechas enteramente de cráneos y mandíbulas, ni tampoco contaron los cráneos expuestos en dos estructuras más pequeñas erigidas en esa misma área central. Según uno de mis detractores, el tzompantli principal no podía contener más de 60.000 cráneos. Aún si estuviera más próxima a la realidad esta cifra más baja, la escala del sacrificio humano practicado en Tenochtitlán sigue sin tener parangón en la historia de la humanidad (Harris, 1989/2008: 390-392)[8].

La Brevísima de Las Casas no puede considerarse aisladamente. Ha de examinarse en relación dialéctica con la obra de Francisco de Vitoria, y en particular con su Relectio de Indis (1539). Mientras Las Casas diseñaba la mitología y la genealogía de la Leyenda Negra, Vitoria se devanaba los sesos para justificar, desde la Teología y el Derecho, las leyes que permitieran, en pleno siglo XVI, fundamentar lo que con el paso del tiempo se consideraría el Derecho Internacional. Kant aprendió mucha de su filosofía leyendo a Francisco de Vitoria. Al teólogo salmantino le mueve una idea absolutamente fundamental y práctica: “el deber de los españoles de proteger a los indios de su propio estado de atraso” (Vélez, 2014: 105). Y no menos interesante es la controversia entre Las Casas y Sepúlveda, cuidadosamente examinada por Vélez en páginas esenciales de su libro (vid. pp. 106 y ss)[9].

Dos nombres más han de citarse en oposición dialéctica a la Brevísima de Las Casas: Gonzalo Fernández de Oviedo, quien le replica desde México, y Francisco Álvarez de Toledo, quien lo hace desde Perú. De especial interés ―y objetividad― es la crítica del primero de ellos, pues al no formar parte del clero “ofrece otra perspectiva crítica solvente y ajena a las rivalidades existentes entre las órdenes religiosas” (Vélez, 2014: 112). Pero como advierte Vélez, la obra de Las Casas ha tenido una difusión extraordinariamente superior a la de sus críticos, un alcance promocionado por las potencias enemigas de España, particularmente por Holanda, Francia e Inglaterra, anhelantes por arruinar el imperio y la imagen de España. No es menor la responsabilidad española en este proceso, pues, como reconocía Menéndez Pidal en 1963, en su obra El Padre Las Casas. Su doble personalidad, los españoles tradicionalmente apenas se han enfrentado a sus críticos ni con argumentos ni con interés. Incluso a día de hoy se tolera abúlicamente la crítica ideológica contra España desde una irresponsabilidad increíble, seguramente porque todavía hoy día la gente teme ser calificada de “fascista” si lo hace. A veces han sido algunos hispanistas e historiadores extranjeros quienes han demostrado una claridad de ideas y de criterios, que no se hacen públicas en nuestro país, frente a la mitología negrolegendaria antiespañola:

Si el éxito de Las Casas ha sido rotundo en determinados ambientes, Vitoria comenzó a tener un reconocimiento universal de la mano de James Brown Scott (1866-1943), jurista norteamericano que se refirió a él como «padre y fundador del Derecho Internacional», anteponiéndolo al protestante Hugo Grocio (1583-1645), para proclamar el «origen español del Derecho Internacional» y la «concepción católica del Derecho Internacional». A la exaltación vitoriana se unió la rehabilitación del jesuita Francisco Suárez” (Vélez, 2014: 115).

Asimismo, uno de los capítulos más enriquecidos y originales del libro de Vélez es el dedicado a la construcción y diseño de las ciudades por parte de los colonizadores españoles de América. En contra de los contenidos de la Leyenda Negra, desde sus conocimientos universitarios y profesionales como arquitecto, Iván Vélez explica minuciosamente cómo la construcción de las ciudades de la América española no solo no obedece a los imperativos y exigencias de un imperio depredador ―como lo fueron el inglés, el francés y el portugués―, ubicando los emplazamientos en las zonas costeras para facilitar el esquilmado de los recursos coloniales, sino en lugares del interior, no siempre de fácil acceso para el tráfico marítimo[10]. El objetivo no era, pues, tanto la explotación cuanto la reproducción en el nuevo continente de los modelos urbanos de la España peninsular. En palabras de Vélez, de este y otros modos, “pudo construirse un Imperio cuyos restos, no solo arquitectónicos, sino también lingüísticos y filosóficos, persisten” (132). Las ciudades en los estados emancipados de España no brotan de las estructuras indígenas, sino del tejido conjuntivo, estructural, civilizador, desarrollado por los españoles.

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Hechos políticos

Señala Iván Vélez, y lo señala con explícitas razones, que con la llegada al trono de España de la dinastía de los Borbones, el imperio cambió de orientación. Entre estos cambios, cabe identificar dos constantes ―la segunda de ellas de sorprendente actualidad―: la centralización del poder político en la Corona y la intervención directa de esta última en las actividades financieras del Estado español. Es de lectura inexcusable el capítulo 14, sobre “El cambio dinástico y el mal gobierno” (pp. 155 y ss).

Pese a tal complejidad social, política y económica, las reformas borbónicas se pusieron en marcha afectando a la estructura imperial […]. Por otro lado, la monopolización por parte de la Corona de algunas industrias ―sobre todo la del tabaco, pero también la del té― supuso una mayor presencia de burócratas venidos casi siempre de la España peninsular. La Corona, consciente del poder que habían atesorado los grupos antes aludidos, trataba de introducir mayor control en tales negocios (Vélez, 2014: 157).

Pero la Leyenda Negra no deja indemnes a los Borbones. Carlos III “instará a la enseñanza en lengua española, al observarse que las comunidades indígenas que desconocían el idioma se habían estancado considerablemente” (Vélez, 2014: 157). Sin embargo, como hoy, se considerará “progresista” el aprendizaje de lenguas precolombinas. Algo así como si desde 2014 se impusiera en la llanura italiana del Po el estudio del oscoumbro, el ligur, el lepóntico, el venético, el mesapio, el rético o el falisco, por ejemplo, a fin de recuperar el patrimonio cultural de los pueblos que, hace siglos, hablaron allí aquellas lenguas, y fueron supuestamente exterminados por otros de ascendencia latina. ¿Tienen idea los nacionalistas y los indigenistas posmodernos de la cantidad, incontable, de lenguas desaparecidas a lo largo de la historia de la humanidad? Tratar de hacer sobrevivir artificialmente una lengua, supuestamente antiimperialista, con los recursos humanos y financieros del presunto imperio no es solo el mayor de los disparates: es también el mayor de los cinismos. Y seguramente también el mayor de los negocios.

Y en tales contextos, la expulsión de los jesuitas llevada a cabo en 1767 por Carlos III, lejos de interpretarse como un gesto de liberalismo ilustrado, se impregna nuevamente de Leyenda Negra, y eso a sabiendas de que los jesuitas habían sido anteriormente expulsados de Portugal en 1759 y de Francia en 1763. La misma expulsión ―como la de los judíos en las Edades Media y Moderna― se interpreta en Portugal y Francia como signo de progreso, frente al clero opresor, mientras que en España la misma orden clerical jesuítica se presenta como víctima de la opresión imperialista española, y se plantea el suyo como el exilio violento de seres humanos extraordinariamente capacitados, comparable a la de una sangría de intelectuales y sabios forzados a abandonar su labor sapiencial y científica, la cual dejaría a España poco menos que en la nesciencia.

Tampoco es casual que del reinado de Felipe V, que pasa posmodernamente a la historia presente como el gran triunfador sobre la Cataluña de 1714, por su vitoria en la Guerra de Sucesión, se silencia que bajo su gobierno “comiencen a proliferar los apellidos catalanes y valencianos en altos cargos del Nuevo Mundo” (Vélez, 2014: 161 ss).

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¿América Latina o Hispanoamérica?

A lo largo del siglo XIX, y bajo la estética, poética y retórica de un Romanticismo anglosajón y anglogermano, la Leyenda Negra antiespañola no deja de enriquecerse con tópicos extraordinariamente significativos y penetrantes. Pintura, literatura, ópera, teatro, música, periodismo…, sirven de cauce a tales propósitos. En este contexto surge el término América Latina, o Latinoamérica, en sustitución de Hispanoamérica, a fin de disolver, borrar o atenuar la presencia española en el nuevo continente. Iván Vélez señala que el origen de tal término puede identificarse en Venecia, el 26 de septiembre de 1856, en el poema «Las dos Américas», del escritor colombiano José María Torres Caicedo:

Mas aislados se encuentra, desunidos,
Esos pueblos nacidos para aliarse:
La unión es su deber, su ley amarse:
Igual origen tienen y misión;
La raza de la América Latina,
Al frente tiene la sajona raza,
Enemiga mortal que ya amenaza
Su libertad destruir y su pendón[11].

El más elemental cometario de texto constata en el poema la toma de conciencia de una alianza de Hispanidad frente a un depredador común y exterior. Sin embargo, el término latinidad pasará a disociarse del de Hispanidad, y significar algo parecido a indigenismo. Lo cierto es que los latinos eran los antiguos habitantes del Lacio ―Latio―, esa llanura que, al sur de la antigua Roma, se extendía hacia la costa, y cuyos habitantes hablaban latín, una lengua que penetra en la península itálica hacia el año 1000 antes de nuestra Era, lengua que, para más detalles, pertenece al grupo de lenguas indoeuropeas III B, junto con las lenguas occidentales de ese mismo grupo (germánicas, eslavas y célticas)[12].

La cuestión del indigenismo adquiere nueva intensidad al amparo de la posmodernidad, que se sirve de ella muy a su sabor, como “potente ideología disolvente de la Hispanidad” (Vélez, 2014: 308).

Rigoberta Menchú, a quien España galardona en 1998 con el Premio Príncipe de Asturias, pretende simbolizar el indigenismo posmoderno. Rigoberta Menchú fue autora de libros cuyos contenidos desmintió, en primer lugar, el antropólogo americano David Stoll, en su obra Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres, libro que no halló editor en España, hasta que lo publicó en 2002 Nódulo Materialista. Y en segundo lugar, la hispanista noruega Inger Enkvist desmintió también a Rigoberta Menchú en varias de sus publicaciones, entre ellas la titulada “Rigoberta Menchú Tum, un Premio Nobel de la paz que genera polémica” (2007). Ambos investigadores han desmitificado la imagen que Rigoberta Menchú ha dado de sí misma, como analfabeta o paria, que en realidad fue hija de terratenientes y recibió escolarización en colegio de monjas[13].

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Defensa crítica de la Hispanidad

Mucho antes de que en la Edad Contemporánea y posmoderna los intelectuales se convirtieran en productos comerciales[14], vendidos baratamente a las ideologías del mercado editorial y periodístico, no era infrecuente la presencia de escritores críticos con un determinado sistema de ideas, a cuyos poderes políticos incluso se enfrentaban en sus obras, con riesgo de su propia vida. Fue el caso de Quevedo. Por lo que se refiere a la Leyenda Negra antiespañola, el autor de El Buscón escribe convictamente su España defendida y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos (1609). Comienza a articularse de este modo un hispanismo crítico, dialéctico, y replicador, contra quienes vierten sobre la historia y la imagen de España una mitología negrolengedaria. En este contexto, y sin salir del Siglo de Oro, han de añadirse más títulos a esta lista, como señala Vélez en su obra: Cristóbal Suárez de Figueroa (España defendida. Poema heroico, 1612), Juan de Solórzano y Pereyra (Apologías y discursos de las conquistas occidentales y Política indiana), José Pellicer y Tovar (Defensa de España contra las calumnias de Francia, 1635)[15], etc…

Otro de los capítulos en los que más han invertido las potencias internacionales históricamente enemigas de España, al menos hasta el siglo XX, ha sido el mito de la supuesta incapacidad de los españoles para la ciencia. Y hasta tal punto esta insistencia ha sido obstinada, que algunos escritores llegaron a tomársela en serio, a sumirla, en particular tras el denominado desastre del 98. Baroja y Unamuno hablan respectivamente de la incapacidad de los españoles para la investigación científica (El árbol de la ciencia, 1911), o proclaman irracionalmente aquel absurdo de «¡Que inventen ellos!». Y Luis Martín Santos en Tiempo de silencio (1962), a fin de desacreditar la España franquista, vuelve a poner recreativamente en la picota a la ciencia española. Léase el capítulo 13 de este libro de Vélez, y enfréntese el lector a la realidad de hechos, documentos e ideas que desmontan tal mitología.

Entre los escritores que en el siglo XVIII reaccionan contra la Leyenda Negra antiespañola figura ―amén del sobresaliente Feijoo― José Cadalso, tanto en sus Cartas marruecas (1789) como en su explícita Defensa de la nación española contra la «Carta Persiana lxxviii» de Montesquieu. Cadalso lamenta el «vergonzoso silencio» de los españoles: «veo muchos españoles callar y, así, autoriza la calumnia con un tácito asentimiento» (apud Vélez, 2014: 168)[16].

Vélez dedica precisos análisis a la recepción del famoso ―por su perversidad― escrito de Masson de Morvilliers contra la imagen de España en la enciclopedia editada en París en 1782 por Panckoucke. El río de la Leyenda Negra antiespañola crecía caudaloso, al ritmo de las potencias competidoras contra España. Con la emancipación de las colonias americanas, entra en escena un nuevo imperialismo, el estadounidense. Así,

Durante las siguientes décadas del siglo XIX asistiremos en Estados Unidos a un auge de publicaciones negrolegendarias que acompasaron las ambiciones de los norteamericanos, ávidos de tutelar a las nuevas naciones independientes […]. La publicación en 1898 de una versión de la obra de Las Casas titulada Histórica y verdadera narración de la cruel masacre de 20.000.000 de personas en las Indicas Occidentales, por los Españoles puso el broche propagandístico en Nueva York con los ojos puestos en Cuba, unos ojos que ya había empleado Jefferson mucho antes (Vélez, 2014: 207-208).

De obligada referencia son los trabajos de Juan Valera «Sobre el concepto que hoy se forma de España», para la Historia general de España (1850-1867), que iniciara Modesto Lafuente. Y acaso más importante es el escrito, poco o nada políticamente correcto a día de hoy, de Emilia Pardo Bazán titulado «La España de ayer y la de hoy» (1899). Según Iván Vélez (2014: 224 y ss) es precisamente en esta conferencia de Pardo Bazán donde se usa por primera vez, en sentido político y en español, la expresión leyenda negra. Por muchas razones, las palabras de Pardo Bazán son las más inteligentes y críticas que he leído contra la mitología negrolegendaria antiespañola.

Hace tiempo que los bien informados se ríen de nuestra leyenda negra. El Padre Las Casas, si viese a los hambrientos de la India y a los infelices sioux, tendría que llorar para toda su vida. Cabritillos de leche fueron nuestros conquistadores al lado de lord Clive. Pero no se trata de eso, no se trata de humanidad colectiva cuando se sostiene y propugna la superioridad actual de los anglosajones (apud Vélez, 2014: 229).

Blasco Ibáñez es otro autor de referencia en la defensa de la Hispanidad, y en sus escritos “la caracterización del Imperio español como modelo político generador queda patente” (Vélez, 2014: 250). Cito a través de Vélez palabras de Blasco Ibáñez:

Representábamos una tendencia civilizadora, que tuvo que combatir contra todos. De ahí que el esfuerzo inicial no fuera todo lo fecundo que hubiera podido ser. Tendencia civilizadora he dicho y dicho bien. No veníamos a América a fundar factorías. Nuestros conquistadores fundaban pueblos, y en cada pueblo un ayuntamiento, un cabildo, donde se continuaban aquellas ansias de libertad que caracterizaron los municipios medioevales y que exteriorizaron los comuneros de Castilla (apud Vélez, 2014: 250).

No quiero dejar de subrayar que el capítulo 30, muy nutrido de referencias e interpretaciones sobre textos literarios (Larra, Machado, Orwell, Martín Santos…) es de una extraordinaria lucidez y calidad por parte de Vélez.

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La Leyenda Negra en el seno de España:
los nacionalismos posmodernos

Lo que desde sus orígenes renacentistas hasta prácticamente mediados del siglo XX fue solo una Leyenda Negra antiespañola es hoy material emporofóbico que, desde las ideologías posmodernas, sirve para combatir toda actividad imperialista, de forma muy particular contra Europa y Estados Unidos. Ni un solo país europeo se libra actualmente de su particular leyenda negra. Lo que en su tiempo fue un invento contra España es hoy una tiranía de penitencia también para sus propios promotores genuinos (Bruckner, 2006). Pero, ¿persiste aún la leyenda negra antiespañola? Sí, ¿dónde?, en la propia España, y en concreto en las ideologías destinadas a promover el negocio de los nacionalismos subestatales de nuestro tiempo. El nacionalismo sobrevive porque es, ante todo, un negocio. Nada más ―y nada menos― que un negocio. Su base ha sido siempre la oligarquía de una limitada geografía. Su ideología, la extrema derecha. El púlpito eclesiástico, una de sus principales cajas de resonancia. La prensa, en nuestros días, su mejor placenta. La prensa, en cierto modo, es la ramera imprescindible de toda democracia.

Esta es la razón también por la cual en España no prospera en estos momentos un partido político visible de extrema derecha, como puede suceder en Francia, con el Frente Nacional. Porque en la España actual, en la España desvertebrada por las autonomías, la extrema derecha son los nacionalismos, los cuales, ante la ignorancia colectiva, se disfrazan de mitología de izquierdas. Los únicos responsables actuales de la Leyenda Negra son los españoles que promueven la destrucción de su propio Estado. En palabras de Baruch Spinoza: “Es malo lo que introduce la discordia en el Estado” (Ética, 4, XI). Y en palabras de Vélez:

Se trata, en definitiva, de la aplicación de los componentes de la Leyenda Negra a partes formales y constitutivas de una España de la que se reniega, y de cuyo influjo, uno vez perdidos los restos del Imperio en los que tantos intereses tenía la burguesía catalana, se intenta escapar (Vélez, 2014: 246).

Unamuno, Ganivet, Altamira…, fueron algunos de los numerosos intelectuales que desde fines del siglo XIX observaron cómo la Leyenda Negra iba instalándose en las ideologías nacionalistas y separatistas. Entonces se hablaba de cantonalismo, de atomización, de federalismo ―ignorando que federar es establecer uniones y alianzas, es decir, que federar es unir, no separar, es agrupar, no desmembrar―[17].

Se hace inevitable reconocer que la segunda restauración borbónica, implantada políticamente en la Transición de 1978, y de raíces explícitamente franquistas, se basó, entre otras muchas cosas, en el negocio de los nacionalismos subestatales, ejecutado todo este vasto programa por una generación de españoles que, nacidos en torno a 1950, y procedentes en su mayor parte de las élites del régimen dictatorial y golpista, esquilmaron corporativa y solidariamente el país, dejando a las siguientes generaciones los restos consumados de su ambición y de sus prejuicios. Esa generación, que hoy frisa los 70 años de edad, y vive su estertor, nos ha legado sus ruinas. Es la generación que más poder y mayor ambición ha acumulado en la historia reciente de España. Su herencia, a la vista está: una Universidad corrompida y degenerada, inútil; una Justicia que es una prolongación de la Política del régimen actual; una economía basada en la especulación, que no en el trabajo; una seguridad social y un sistema de pensiones desintegrados; una izquierda indefinida e ideológicamente sin contenidos (Bueno, 2003); un sistema educativo especializado en la organización y promoción del analfabetismo colectivo; y un raquitismo explícito en el desarrollo intelectual de sus descendientes, quienes no tienen empacho en identificarse a sí mismos como la generación más preparada de la historia de su país, cuando ni siquiera son capaces de encontrar trabajo, ni fuera ni dentro de España. El trabajo prepara más y mejor que el estudio, porque el trabajo supone y exige un enfrentamiento con el entorno social, laboral y tecnológico del que el estudio nos mantiene muy preservados. Estudiar es como jugar a trabajar… No es posible madurar, ni hacerse adulto, sin enfrentarse al mundo laboral: quien no trabaja no madura. Envejece siendo niño o adolescente.

Y voy a poner un ejemplo concreto de cómo ha empleado su vida, su poder y su ambición esa generación del entorno de 1950. El 28 de junio de 2014 tuvo lugar en la emisora Radio Gramsci un programa sobre el tema Podemos y la Nación, en el que, entre otros interlocutores, intervenían Iván Vélez, autor del libro que reseño, y José Luis Villacañas Berlanga[18]. Solo destacaré algo que me parece capital: en un momento dado de las intervenciones José Luis Villacañas afirma que “España es una nación tardía”. Si esto es lo que declara, y he de suponer que lo que piensa, todo un profesor universitario, entonces ―permítaseme la franqueza, y la piedad―, el último que salga que apague la luz. Semejante afirmación pone los pelos de punta al más retrasado de los ignorantes. José Luis Villacañas Berlanga nació en 1955. ¿Qué debe España a esta generación?

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Bibliografía


Notas

[1] Sobre la idea y concepto de reliquia en la investigación histórica, vid. Bueno (1978c) y Moradiellos (2001).

[2] Se observa que hay una doble vara de medir, o ley del embudo, por hablar llanamente, a la hora de interpretar el papel desempeñado por diferentes imperios históricos: “Resulta interesante confrontar el Cerro Rico de Potosí con las minas auríferas de Las Médulas, en España. Si Potosí ha constituido todo un símbolo de la explotación hispana del indio, tan oprobiosa imagen no pende sobre Las Médulas, lugar donde los romanos emplearon mano de obra esclava. En efecto, cuando se habla de Roma se suelen exaltar su logros civilizatorios suavizando en ocasiones su sostén esclavista” (Vélez, 2014: 304).

[3] Adviértase que el imperio español mantuvo siempre una marcada independencia, cuando no una declarada oposición, frente al Vaticano y a la política papal, hechos estos que se silencian o se disfrazan ideológicamente, según tiempos, circunstancias e historiadores, a fin de dar una imagen de España completamente clerical y vaticanizada, cuando la realidad histórica fue en verdad muy diferente. Vid. al respecto la obra de Otto Carlos Stoetzer (1982).

[4] Sobre el tema, vid Suárez Roca (1992).

[5] Lo que nunca se suele mencionar cuando se habla del saqueo de Roma por parte de las tropas al servicio de Carlos I es que, en ese mismo ejército saqueador, estaban además los lansquenetes alemanes innumerables mercenarios italianos, que no desaprovecharon la ocasión para expoliar la capital de su propio país.

[6] Sobre la inquisición luterana, vid. Pfandl (1924). Y también Harris (1974/2006: 208 ss), particularmente en sus páginas sobre la Reforma luterana.

[7] Una crítica detenida al sobrevaloradísimo Montaigne puede verse en mi Genealogía de la Literatura (“La crítica de la literatura ilustrada: Feijoo frente a Montaigne, con una nota sobre Gracián”, 2012: 258-269), sobre todo cuando se contrastan los escritos del francés con los ensayos verdaderamente ilustrados de un Feijoo y su Teatro Crítico Universal (1726-1740). Más de un detractor se ha sentido muy molesto con esta comparación mía entre Feijoo y Montaigne, a la que ha calificado de “injusta”. Yo, por mi parte, confieso desconocer la existencia de un Tribunal Penal Internacional sobre Literatura Comparada. Mea culpa.

[8] En algunas de sus aberraciones, Las Casas llega a justificar este tipo de homicidios, protagonizados por los aborígenes, al sugerir que “la vida humana es lo máximo que se podía ofrecer a los dioses” (apud Vélez, 2014: 109).

[9] Altamente recomendable es en este sentido la obra del hispanista italiano Walter Ghia (2013), en relación con el pensamiento político de Juan Ginés de Sepúlveda, educado en Bolonia, y la obra de Nicolás Maquiavelo. Ghia examina las ideas de estos autores también en relación con la obra literaria de Miguel de Cervantes y el Derecho en la España de los Siglos de Oro.

[10] “Mientras, por ejemplo, Portugal establece factorías en las costas, España fundará ciudades en las que se asientan las principales instituciones imperiales ya en marcha en Castilla antes del Descubrimiento” (Vélez, 2014: 250).

[11] Apud Vélez (2014: 212).

[12] El griego pertenece al grupo de las lenguas indoeuropeas III A, junto con el indoiranio (Rodríguez Adrados, 2013: 307 ss).

[13] Para más datos sobre la cuestión del indigenismo desde la crítica del Materialismo Filosófico, vid. Bueno Sánchez (2002).

[14] Vid. a este respecto las obras de Arnscheidt (2005) y Rubinat (2014), respectivamente, sobre las figurasde Muñoz Molina y Javier Cercas.

[15] Este escrito fue respuesta al Manifiesto del Rey de Francia, fechado el 6 de junio de 1635, que supondría la declaración de una guerra concluida en 1659 con la denominada Paz de los Pirineos.

[16] La Defensa de Cadalso debe leerse íntegramente. Está disponible en internet, en el siguiente enlace.

[17] Federalismo es, pues, todo lo contrario de lo que creen promover los separatistas. Por eso sorprende que determinados partidos, como el PSOE, actualmente en estado tan crítico dada la vacuidad de su supuesta ideología y la indefinición de sus presuntos líderes, propugne la federación de naciones en España, algo que en sí es un absurdo superlativo: solo se puede federar, es decir, unir, algo que está separado, es decir, partes desunidas que, federadas, formarían un todo. Federar es un proceso de agrupamiento, no de desmembración. Quien identifica federar con organizar una separación demuestra no solo que ignora el significado de la palabra que usa, sino que además no sabe consultar ni leer un diccionario. Dicho de otro modo, ni siquiera es consciente de su propia ignorancia: no sabe que no sabe.

[18] Este programa puede oírse reproducido en el siguiente enlace de Radio Gramsci. La sorprendente afirmación de Villacañas tiene lugar en el minuto 24.

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